Israel Tolentino
La amistad, ciertamente, desconoce las fronteras y es, entre tantos sucesos que ocurren en la vida, elecciones que uno asume. Una vez, conocí circunstancialmente, por contadas horas, un pintor sabio, más cercano y parecido a “Gandalf” de El Señor de los anillos, que ha un artista como imaginamos en el argot sencillo. Bueno, este hombre, artista de mundo me dijo: “bienvenidos todos los hombres de buena voluntad”. Enrico, es su nombre, con esta frase, borraba todas las fronteras en torno al hecho de tener apegos.
Con Yochanan J. Bravo, volvimos a encontrarnos luego de 17 años, a su pasión de artista se sumaba la de coleccionista, su vocación le había llevado por lejanos lugares del mundo. En las conversaciones de lo que más tratamos es sobre el arte de la pintura, ímpetu donde desvela parte de su tiempo, sin embargo ha vivido experiencias inigualables que comparto con sus palabras: “un viernes por la mañana, Rav Goldberg se encontraba en un supermercado de Jerusalén haciendo fila para comprar pan para Shabat. Uno de los clientes lo reconoció y, asombrado, le dijo: ¡Rav, usted no debería estar aquí parado en la cola, dígame y yo con gusto le consigo lo que necesite! El Rav le respondió con una sonrisa tranquila: ¿Y por qué yo habría de tener más derecho que tú a saltarme la fila? ¿Mi Shabat es más importante que el tuyo? Y permaneció esperando pacientemente su turno, con su bolsa de pan en la mano como cualquier persona común”.

Había terminado de leer un librito de cuentos judios y los relatos de Yochanan coexistían viva y cercanamente con lo leído. Me contó su encuentro con el Rabino HaRav Dovid Lau’ con la anécdota siguiente: “los ojos del Rabino (cuando tuve la oportunidad de conocerlo). La primera vez que crucé el umbral de la oficina del Gran Rabino Dovid Lau, tuve la impresión de estar frente a una estrella de cine. No por vanidad ni artificio, sino por esa luz que irradiaba serenidad y grandeza. Al levantar la vista, me recibió con amabilidad desarmante. Me tomó de la mano, me saludó con calor humano, y lo que siguió fue una reunión extensa, rica en palabras y silencios, en escucha y encuentro. Yo había viajado desde Perú, y él, consciente de ello, me brindó un espacio generoso, como si su agenda no existiera. Le entregué entonces un retrato pintado con dedicación. Lo observó con una sonrisa y me dijo: —“Sabes, está precioso… Pero mis ojos son celestes, y aquí aparecen pardos.” Yo le mostré la fotografía en la que me había basado. Entonces, el Rabino volvió a mirarme y respondió: —“Es verdad… Pero recuerda que en la halajá, la apariencia externa nunca define la esencia. Lo que importa es la verdad que se sostiene detrás de la forma. Así también en la vida: el color puede cambiar según la mirada, pero la luz interior debe permanecer pura y fiel a la halajá. En ese instante comprendí que sus palabras eran más que un comentario sobre un retrato: eran una enseñanza. Que incluso en los detalles más simples, el Rabino Lau encontraba una oportunidad para recordar que lo esencial no se pinta con pigmentos, sino con verdad, fidelidad y Torá”.

Finalmente, en nuestra última charla me compartió su encuentro en Bnei Brak (Israel) con el Rav Baruj Dov Povarsky שליט״א: “por recomendación de mi querido amigo R’ Dovid Jacobs, y con el acompañamiento del Rabino Strauss, tuve el mérito de dirigirme a la ciudad de Bnei Brak para visitar al Gaón Rosh Yeshivá, Rav Baruj Dov Povarsky שליט״א. Al llegar a su casa, muchas personas aguardaban para verlo. Ingresamos en la sala, donde el Rav, sentado a causa de su avanzada edad de más de noventa años, nos recibió con la serenidad de un patriarca. Nos dispusimos alrededor y comenzamos juntos a rezar. El ambiente se llenó de kedushá, como si cada palabra de la tefilá quedara suspendida en el aire.

Tras la tefilá, me acerqué a él. Le hablé brevemente de mis caminos: que soy médico, artista y Mohel. Con una sonrisa ligera y voz pausada me bendijo diciendo palabras que aún resuenan en mí: Yehi ratzon shetihié melejtjá retzuyá lifné haMakom — Que sea la voluntad del Creador que tu labor sea siempre aceptada ante el Cielo. Como médico, que tus manos sanen con compasión y verdad. Como artista, que tu obra despierte luz en los corazones. Y como Mohel, que tu servicio sea con pureza y continuidad de Israel. Shetizké lehamshij berajá verefuá, yofí vekedushá — que tengas el mérito de continuar trayendo bendición y curación, belleza y santidad al pueblo de Hashem.” Aquella bendición, salida de la boca de un tzadik nonagenario, fue más que palabras: fue un sello eterno, un recordatorio de que el camino de uno puede ser múltiple, pero siempre debe converger en la santidad.

Yochanan, como médico, en la pandemia se desveló por muchas personas. El arte dejar ver una fortuna intrínseca donde la tierra y el cielo pierden su distancia (Pozuzo, octubre 2025).
Yochanan J. Bravo con el Rabino Baruj Dov Povarsky (Fotografía: cotesía de Y. J. Bravo).
Yochanan J. Bravo con el rabino Zalman Nechemia Goldberg Z’tl (Fotografía: cortesía Y. J.Bravo).
Yochanan J. Bravo con el Rabino Baruj Dov Povarsky (Fotografía: cotesía de Y. J. Bravo).
Yochanan J. Bravo. Óleo sobre lienzo. Retrato del Rabino Baruj Dov Povarsky.




