MENSAJE VACÍO

La reciente presentación del mensaje a la nación por parte de la presidenta Dina Boluarte ha dejado un sabor agridulce en la boca de muchos peruanos. Lo que debería haber sido un momento de unidad y esperanza se convirtió en un maratón de cinco horas que, lejos de inspirar, pareció agotar tanto a los congresistas como a la ciudadanía en general.

El discurso, cargado de promesas grandilocuentes y proyectos ambiciosos, como la construcción de ferrocarriles modernos en varias regiones con una inversión millonaria, careció de la sustancia y el realismo que el país necesita en estos momentos críticos. La mención exclusiva de cifras en dólares, ignorando nuestra moneda nacional, el sol, refleja una desconexión preocupante con la realidad económica del peruano promedio.

Más allá de las promesas de megaproyectos, brillaron por su ausencia las soluciones concretas a problemas urgentes que aquejan a la nación. La pobreza, el estado precario de nuestras carreteras -especialmente la tan necesitada alternativa a la Carretera Central-, y las necesidades específicas de regiones como Huánuco, quedaron relegadas a un segundo plano, si es que fueron mencionadas en absoluto.

Esta aparente falta de empatía y comprensión de las prioridades nacionales se vio reflejada en la reacción de los congresistas, quienes, en un gesto sin precedentes, abandonaron el hemiciclo antes de que concluyera el discurso. Este acto, más que una simple muestra de desacuerdo político, simboliza la frustración de un pueblo que anhela acciones concretas y no solo palabras huecas.

Un mensaje presidencial efectivo debería ser un puente entre el gobierno y los ciudadanos, un momento para establecer una visión clara y alcanzable del futuro del país. Debió abordar las necesidades específicas de cada región, proponer soluciones realistas a los problemas más apremiantes y, sobre todo, demostrar un entendimiento profundo de la realidad que viven los peruanos día a día.

El Perú se encuentra en un momento crucial de su historia, enfrentando desafíos que requieren un liderazgo fuerte, empático y, sobre todo, conectado con las realidades del pueblo. Es momento de que nuestros líderes dejen de lado la retórica vacía y se comprometan con acciones concretas que mejoren la vida de todos los peruanos.

Como sociedad, debemos exigir una gobernanza más transparente y efectiva, pero también es nuestra responsabilidad participar activamente en la construcción del país que queremos.