¡Recuerda que morirás! Afortunadamente somos mortales, con fecha de caducidad en la vida. El papa Francisco -el “Cristo en la Tierra”- ha muerto. Mario Vargas Llosa falleció. Todo aquel que nace muere. Lo ideal es cumplir al pie de la letra el ciclo vital, pero, a veces, ocurre antes de tiempo. ¿Si existe el Infierno de Dante, qué círculo nos corresponde? ¿Si somos cristianos, gozaremos de la mirada misericordiosa de Dios? En la mitología griega, las Moiras son las diosas del destino, de ellas dependía si la vida continuaba o se interrumpía: Cloto (tejía la vida con una rueca y un huso), Laquesis (medía el hilo de la vida) y Atropos (cortaba el hilo de la vida con sus letales tijeras). Esta última es la muerte. Puede llegar la muerte cuando menos la esperamos. Llevo transitando por los caminos de la vida hace 59 años. Asumo las consecuencias de mis decisiones. Me he resistido a quebrar mis rodillas, a bajar la cabeza, a cerrar los ojos a la realidad, a ser derrotado, a ser un muerto en vida, convertirme en terracota de arcilla. Sigo leyendo y escribiendo; eso me mantiene vivo, despierto, con el pensamiento operativo, sonriendo, riendo, llorando. Sé que voy a morir, que tengo fecha de vencimiento.
No hay muertos malos; todos son buenos. En vida se le mezquinó al difunto elogios, reconocimiento y admiración. En el velorio y en el entierro se prenden juegos pirotécnicos y recitan elegías. El muerto no escucha, no ve ni siente el aroma de las rosas ni los artefactos florales. José Watanabe, en el poema“Responso ante el cadáver de mi madre”, incluido en el poemario Banderas detrás de la niebla, escribe: “A este cadáver le falta alegría (..) / Qué inútiles somos / ante un cadáver que se va tan desolado. / Ya no podemos enmendar nada”. Los muertos tienen rostro congelado, no existe posibilidad de gesticular. La tragedia Los siete contra Tebas de Esquilo representa una muestra de desprecio por la vida y la irreverencia contra la muerte, motivado por la sed de poder político. Edipo muere, el trono queda vacante. Eteocles y Polínices -hijos de Edipo y Yocasta y hermanos de Antígona e Ismena- luchan por ocuparlo. Es un fratricidioencarnizado y cruel. Eteocles será sepultado dignamente; Polínices quedará a merced de los buitres y carroñeros. Romeo y Julieta mueren por defender una pasión amorosa. Otros mueren por decisión propia. En una escena desgarradora y trágica de El Padrino III, Michael Corleone sobrevive a un atentado en Sicilia, pero su hija Mary recibe un balazo en el pecho y muere. Ante el cadáver, devorado por la fatalidad, el padre lanza un grito de fiera que no se escucha. El rostro de Michael revela dolor indescriptible.
En el cuarto mes del año, fallecieron relevantes personajes públicos, salvando las distancias y distinciones, por supuesto: Andrés Fernández Garrido (14 de abril),César Vallejo (15 de abril), Mario Vargas Llosa (13 de abril), el papa Francisco (21 de abril), Andrés Fernández Junior Encalada y José Watanabe (25 de abril). Estos ciudadanos tienen en común el haber dedicado su trabajo y su pasión al servicio de la comunidad, con gran esmero y responsabilidad. Supieron mantener en pie, hasta el postrero suspiro en la Tierra, su vocación: periodismo, evangelización y literatura. Padre Andrés e hijo Andrés Junior fueron periodistas; hubo continuidad en el oficio de la locución y la difusión de la música tradicional huanuqueña. Andrés Junior fue un locutor prestigioso y clásico de una generación forjada en la radiodifusión, la grabadora con casete y la voz engolada y grave. Lo apreciaban tirios y troyanos. Siempre se le veía rodeado de jóvenes periodistas que bebían ávidos de sus experiencias en radio, televisión y corresponsal de Caretas, Expreso y Panamericana Televisión. La década del 70 y 80 fue el tiempo de Andrés Fernández Junior; el medio masivo era la radio, los locutores brillaban como estrellas, Radio Huallaga y Huánuco se disputaban sintonía. En una estaba Lucio Zevallos Matos con Festival de Éxitos; en la otra, Andrés Fernández Junior con Exitograma Musical. Competían, pero primaba la fraternidad y la amistad. Dirigió El Club del Recuerdo, Expresiones Huanuqueñas y La Voz de la Actualidad.
“Yo sí moriría en la radio”, le dijo a Rubén Valdez. Días antes de ingresar a EsSalud estuvo en la cabina de Radio Huallaga, frente a un micrófono, transmitiendo su voz engolada y añeja a sus “amables oyentes”. Mientras Andrés Fernández Junior ingresaba a su última morada para siempre, Juan Figueroa, su amigo entrañable, dejó escuchar los acordes de guitarra de Morir un poco de Los Átomos, la cortina musical de El Club del Recuerdo, en Radio Huánuco. Mi amistad con el Chango era de pupilo y admirador, amigo y mentor periodístico en la década del 90. Compartimos interminables tertulias en bares y bodegas o donde se podía. Él y Pepe Reyes Viviano me decían poeta. En esos años, yo presumía de poeta, lector de poesía, escribía versos con letra ilegible en servilletas o en la etiqueta de botellas de Pilsen o Cristal. Otro compinche de extravíos era Roel Tarazona Padilla. Supe que era amigo de Eloy Jáuregui, el incomparable cronista y poeta de Hora Zero. Comíamos juntos en el restorán vegetariano Govinda. Los amigos en el velorio daban testimonio de su amistad y magisterio; Andrés tenía necesidades apremiantes. Caminaba dos cuadras hasta la Plaza de Armas, se sentaba en la banca, frente al municipio provincial. Se le veía triste, con ojos lánguidos, como un anciano desvalido, que solo esperaba una conversación, un abrazo. En su memoria lúcida, conservaba los años dorados de la locución, el elegante y donjuanesco espécimen de la Nueva Ola, la animación de espectáculos, el promotor exitoso de eventos musicales, el que había compartido escenario y cabina en Radio 11.60 con David Odría, el periodista de voz impostada. Se hartaba de nostalgia y soledad y regresaba a su casa, lentamente, con pasos cansinos, cuando oscurecía la ciudad. Era la realidad diaria de Andrés. Seguro que iba pensando en ese trayecto: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Lo demás es panegírico de ocasión y lisonja barata.
Unas semanas antes de su deceso, lo vi barriendo la vereda de su casa. Yo transitaba por ahí. Le dije: “Gracias, ilustre caballero, por limpiar el camino por donde voy a pasar”. Se rio. Nunca más lo volví a ver hasta el sábado 26 de abrilen el velatorio, dentro de su ataúd y escoltado de ofrendas florales, rodeado de familiares y amigos. Pensé lo que siempre creo: “Nadie nace para vivir eternamente”. Ahora que estás muerto y sepultado, te recuerdo con sinceridad, sin exceso ni incienso. Te fuiste tal como viviste: fiel a tus pasiones, tus hidalgas resiliencias, tu estoica manera de vivir en la estrechez sin quejarte. Siempre que te encontraba en la calle charlábamos de cualquier tema sin importancia, solo con el propósito de estar cerca y escuchar nuestras voces. “Ya no eres un chibolo, ya estás viejo”, me decías. Yo conocí a Andrés Fernández Junior cuando tenía 19 años.




