MASCULLANDO UN VERSO

 Escrito por: IRVING M. Ramírez Flores

Uno de los docentes universitarios que más me impactó fue Luis Hernán Mozombite. Me enseñó Teoría Literaria, Literatura Peruana y Literatura Hispanoamericana. A veces cabizbajo, huidizo y solitario, con una extraña timidez en su forma, pero con un conocimiento absoluto, un silencio sensato y una lucidez extraordinaria; lamentablemente, pocas veces incomprendido por gente imprudente y sosa…

Su cátedra fue un convite a la crítica y a la valoración de tantos escritores y obras, a los cuales leía, y lee, a martillazos durante sus horas de herrero solitario. Lo conocí en la clase de Teoría Literaria: muy serio y tímido, con la mirada baja; pero atento a cualquier movimiento que pudiera alterar su ánimo tranquilo. Antes de conocerlo, yo sabía mucho de él; pues para los mejores alumnos de mi época, Lucho, así como Juan Giles y Andrés Jara, era una leyenda por su memoria envidiable y su bagaje oceánico.

No puedo negar que me sorprendió su personalidad, aparentemente inexpresiva que me provocó cierto nerviosismo, temor y recelo —sentimientos estos que se disiparon con el tiempo por supuesto… Aún así, yo siempre me sentaba adelante para escucharlo con atención y deleite, y hubo momentos en que pude constatar que disfrutaba enseñar, porque sonreía para sí mismo cuando contaba alguna anécdota graciosa de algún escritor o hecho. Él sonreía fugazmente y luego volvía a su estado serio y ceremonioso.

Lo grandioso de Mozombite es su análisis profundo de los laberintos de la teoría e historia literarias, su sapiencia plena y su léxico portentoso para explicar con claridad la especialidad y los libros que lee. A todo esto, agregó su profundo conocimiento sobre historia. Es muy cierto que, si no se lee historia, no se puede (ni se debe) enseñar literatura con eficiencia; esto lo afirmo, porque Mozombite lo que enseña sustenta con lecturas críticas y sobretodo con fuentes históricas. Muchas veces imaginaba graciosamente al profe enseñando historia en la universidad. Así que siempre me fascinó esa virtud suya que casi me indujo en algún momento a cambiar de especialidad: dejar Lengua y Literatura por Historia, Geografía y Ciencias Sociales.

Durante toda mi época universitaria solía visitar su oficina. Me aseguraba primero de que estuviera solo, para así, tartamudeando, abordarlo y consultarle por libros y autores que luego me decidía leer. Con el tiempo y gracias al buen trato pude conocerlo mejor —en un entorno amical, es un tipo alegre, de fino humor y de risa contagiante—, ganarme su amistad e incluso, sin tutearlo nunca, tomarme una cerveza y jugar sapo en compañía de los buenos amigos en la casa de Jacobo Ramírez.

Hasta ahora cuido de no incordiarlo y perder su confianza. Hace poco me llamó para conseguirle algo que hasta ahora no puedo… Me agradó su llamada y su voz. Estoy seguro de que la pandemia lo acercó más a los libros, porque es un bibliófilo y bibliómano consumado. Cómicamente puedo concebirlo sin comer ni bañarse, pero no sin leer…

Ahora que siempre pienso en él lo fabulo como un minotauro tirado en un diván dentro de un laberinto de libros y de flores, leyendo con voracidad o caminando pausado y mascullando un verso inspirado conmovedoramente en su libertad.

    

Los Portales, 12-3-2021