Por: Arlindo Luciano Guillermo
Es costumbre conmemorar el nacimiento o muerte de poetas peruanos en abril; Vallejo murió el 15 de abril de 1938. Sin embargo, marzo es también un mes de recordación literaria. Dos estrellas brillan en el firmamento de la literatura hispanoamericana y universal. César Vallejo nació el 16 de marzo de 1892; Mario Vargas Llosa, el 28 marzo de 1936. Ambos son figuras imprescindibles en la literatura. El poeta Vallejo es universal y vigente en todas las lenguas existentes en la Tierra; Mario Vargas Llosa, leído y reconocido; el Premio Nobel de Literatura en 2010 es una prueba fehaciente. Alguna vez hemos escuchado: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… / ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé!” Es Vallejo. Las vivencias cotidianas de los cadetes en un colegio militar es La ciudad y los perros; un larguísimo diálogo en un bar, entre el chofer Ambrosio y el periodista Santiago Zavala, sobre la dictadura de Odría, es Conversación en La Catedral; el primer matrimonio con Julia Urquidi y el oficio de periodista y escritor es La tía Julia y el escribidor. Estas tres novelas no son biografías, sino historias reales modificadas por la ficción. ¿Qué hubiera sido de la literatura sin Vallejo ni Vargas Llosa? No serían suficientes Eguren, Valdelomar, Martín Adán, César Moro, Blanca Valera. Las novelas de Miguel Gutiérrez, Ribeyro, Bryce Echenique u Oswaldo Reinoso no llegaron al aeropuerto Jorge Chávez de Lima para viajar a Estocolmo.
Vallejo escribió versos de hondura cosmopolita, humanos hasta el tuétano; Vargas Llosa es un fabricante de ficciones con raíces en la biografía personal y la realidad histórica. La celebridad de ambos escritores no les cayó del cielo. Se forjaron en contextos diferentes. Vallejo es un poeta de principios del siglo XX que bebió el magisterio de Rubén Darío y la Revolución rusa. Publicó Los heraldos negros en 1918. Trilce es la revolución estética y lingüística, aunque algunos temas y circunstancias proceden de Los heraldos negros. Mario Vargas Llosa dio saltos políticos significativos: de su militancia comunista en San Marcos, a Sartre, luego a Karl Popper y el liberalismo político y democrático que defiende con ardor y coherencia. Leyó con minuciosidad las novelas de Faulkner y Balzac. Flaubert fue una epifanía para su vocación literaria, su concepción de la creación novelística y dedicación exclusiva para escribir. Leyó con pasión y estudió la vida de Gustavo Flaubert y Madame Bovary. Vallejo murió sin comodidades ni confort. Vargas Llosa nunca tuvo aprietos económicos. Se dedicó a escribir novelas y periodismo de opinión. Vallejo no hubiera escrito sin sus dramas individuales. “A mi hermano Miguel” es una tierna elegía a su hermano Miguel; “Los pasos lejanos”, notable la figura del padre. En el poema XVIII de Trilce, está su experiencia carcelaria. En el LXV late el dolor por la muerte de su madre. La militancia y solidaridad de Vallejo con los milicianos españoles se refleja en España, aparta de mí este cáliz. La universalidad y humanización de la poesía de Vallejo se concentra en Poemas humanos. Algunas novelas de Mario Vargas Llosa no están ambientadas en el Perú o parcialmente en el Perú. La guerra del fin del mundo en Brasil, La fiesta del Chivo en República Dominicana, El sueño del celta en República del Congo. En estas tres novelas predomina el fanatismo religioso y la represión brutal del Estado contra ciudadanos. Es categórica y firme la posición de Vargas Llosa contra la dictadura feroz de Rafael Leónidas Trujillo Molina y el asesinato de este; la defensa de los derechos de los colonos en el antiguo Congo Belga durante el reinado de Jorge III, rey de Bélgica. En El paraíso en la otra esquina, dos historias van paralelas: la del pintor Paul Gauguin y de la feminista Flora Tristán. Recientemente se publicaron tres libros sobre Mario Vargas Llosa: El reverso de la utopía. América Latina y Medio Oriente. Obra periodística III (2024), compilación de Carlos Granés; Vargas Llosa. Su otra gran pasión (2024) de Pedro Cateriano, un registro de la biografía política de Vargas Llosa; y Mario Vargas Llosa. Palabras en el mundo (2024) de Alonso Cueto, un homenaje a la amistad y una valoración novelística. Dice Cueto en el Prefacio: “Las novelas de Mario Vargas Llosa han acompañado mi vida. He leído autores de todas las lenguas y épocas, pero cuando un libro suyo aparecía, siempre le daba la prioridad en mi tiempo de lector”. Yo dejo todo por leer a Vargas Llosa.
Leer poesía implica un esfuerzo intelectual, la exigencia de un léxico a la medida del poema. El lector de poesía disfruta del lenguaje, la metáfora o el enunciado conmovedor. Se lee poesía sintiendo afectación emocional; el sentimiento y los sentidos adquieren lenguaje artístico. “Levanto el vaso e invito a la luna: / con ella y con mi sombra seremos tres. / Pero la luna no acostumbra beber vino, / y mi perezosa sombra solo sabe seguirme. / Festejemos, con mi amiga luna y mi sombra esclava, mientras aún sea primavera”. Son versos del poeta Li Po. Leer novelas es otro cantar. El lector se centra en el narrador idóneo, los procedimientos técnicos (monólogo, diálogos telescópicos, dato escondido, saltos temporales y espaciales), la historia literaria, el poder persuasivo del relato y el lenguaje pertinente. “Alí Baba y los cuarenta ladrones” es un cuento de Las mil y una noches. Nadie que esté en su sano juicio creerá en “¡Sésamo, ábrete!” o “¡Sésamo, ciérrate!” Vallejo y Vargas Llosa son íconos literarios a quienes debemos leer apenas tengamos tiempo. La literatura atrapa, a través de las palabras, la realidad y la convierte en un símbolo preciso que condensa tiempo, historia y trascendencia. He leído a Vallejo y Vargas Llosa obsesivamente, sin medir tiempo ni necesidades biológicas.
Vallejo escribió: “Quiero escribir, pero me sale espuma, / quiero decir muchísimo y me atollo; / no hay cifra hablada que no sea suma, / no hay pirámide escrita, sin cogollo” (“Intensidad y altura”); Vargas Llosa: “Nuestra vocación ha hecho de nosotros, los escritores, los profesionales del descontento, los perturbadores conscientes o inconscientes de la sociedad, los rebeldes con causa, los insurrectos irredentos del mundo, los insoportables abogados del diablo” (La literatura es fuego). ¿Acaso se puede dudar de la valía estética y universal de La guerra del fin del mundo o La casa verde? César Vallejo siempre se mantuvo fiel a su ideología marxista y la revolución social; Vargas Llosa, luego de admirar a Cuba, ahora es un liberal. Vallejo y Vargas Llosa tienen mucho en común: escritores universales, ejercieron el periodismo, ensayo literario y político, compromiso social y dedicación exclusiva a la escritura literaria. Fueron leales al oficio de escritor; la literatura les exigía: todo o nada. Vallejo murió hace 87 años; Vargas Llosa está retirado de la ficción literaria y del periodismo cultural y político y vive, con reposo y serenidad, en sus cuarteles de invierno. Vallejo y Vargas Llosa -poeta y novelista, ensayista y periodista- son paradigmas de vocación literaria leal y escritura literaria inmortal.




