MARCO ANTONIO MADUEÑO, MARIO AMBROSIO MALPARTIDA

Por: Andrés Jara Maylle

Justo cuando parecía que la tradición vigorosa de la narrativa huanuqueña cedía peligrosamente a la cantidad antes que a la calidad, a excepción de los libros publicados por Víctor Rojas (El duende azul), Mirco Vilca (Melgarejo) y Elí Leyva (La esfera mágica), aparece el gran Mario Malpartida Besada para poner las cosas en su sitio.
Efectivamente, Mario Malpartida acaba de publicar El hombre que inventaba recuerdos (Amarilis Indiana Editores, 2016, 88págs.) volumen que reúne tres historias diferentes en la vida de un mismo personaje. Con dicho libro su autor (aunque eso no sea su principal objetivo) enseña a los jóvenes y no tan jóvenes narradores que una historia per se no necesariamente tiene que ser buena, sino que debe ser trabajado con la responsabilidad debida en base al empleo de unas estructuras coherentes, de unas técnicas convenientes y sutiles y, sobre todo, al manejo inteligente y exacto del lenguaje, principal material e insumo que un escritor debe conocer hasta en su semántica más recóndita.
El libro abre con Hotel Riviera, continúa con Clase de literatura y cierra con El hombre que inventaba recuerdos. En cada una de esas historias nos encontramos con Marco Antonio Madueño, personaje que muy bien puede funcionar como alter ego de Mario Ambrosio Malpartida. Y no únicamente porque comparten las iniciales de sus nombres y apellido sino porque si descubrimos las claves que el autor oculta sutil y sabiamente, encontraremos que personaje y autor poseen características comunes: Ambos son profesionales exitosos, con amplio bagaje cultural, amantes de la buena literatura, profesores de dicha materia en un centro superior, viven en un ostracismo voluntario (vale la reiteración), cultivan sus recuerdos, sobre todo los de su lejana adolescencia, con pasión e intensidad, salieron de sus querencias buscando la felicidad y un buen futuro y etc., etc.
Con El hombre que inventaba recuerdos, Mario Malpartida vuelve nuevamente a rescatar de su memoria esos temas que le obsesionan y que le sirvieron de insumo con los que luego hilvanó diestramente historias fascinantes que luego se publicaron en sus muchos libros.
Y aunque el primer relato del presente libro (Hotel Riviera) escapa al precepto del párrafo anterior, este encandila por la tensión que avanza y crece conforme se ahonda el misterio que envuelve toda la atmósfera del relato. Marco Antonio Madueño y su esposa, alojados en un hotel de algún país caribeño (da más para Cuba) buscan infructuosamente saber quién es Odette, la camarera que hace primores, en el mejor sentido de la palabra. Vida y muerte se fusionan ante el desasosiego y las ansias de no saber qué hacer ante el enigma en el que se encuentran envueltos.
Pero es en el segundo y tercer relatos (Clase de literatura y El hombre que inventaba recuerdos) donde Mario Malpartida despliega toda su destreza para forjar, en base a un lenguaje exacto como convincente, historias hurgadas en lo más profundo de su corazón y de su lejana vivencia.
En Clase de literatura, por ejemplo, Mario (o Marco Antonio Madueño) usa como pretexto la inesperada pregunta de un alumno para, en base a una regresión hacia su pasado, entregarnos las claves de una vida que pese al tiempo transcurrido añora apasionadamente. Con la pericia de un viejo y experimentado narrador, pasado y presente fluyen mientras el personaje elucubra mentalmente una respuesta a esa indiscreta pregunta lanzada al garete.
Pero si ello no fue suficiente hay que adentrarnos en los vaivenes de Marco Antonio Madueño (el hombre que inventaba recuerdos) en su loco afán por identificar, de entre sus evocaciones, las calles, los parques, algunos parajes, o los grandes y pequeños amores que marcaron con hierro ardiente la memoria de aquellos jóvenes ilusionados con lo que la vida los depararía.
El hombre que inventaba recuerdos es una historia circular perfecta, es una hechura prodigiosa de un narrador que se respeta y que, al mismo tiempo, respeta y quiere a sus lectores, que somos muchos. Gracias Mario.