Escrito por: Marcos Cancho Peña
Diego Maradona fue Dios en los estadios: sus goles eran milagros. También fue demonio fuera de ellos, acumulando pecados que ensuciaron su historial. No escribo esto para condenarlo; escribo esto para honrar al argentino que inspiró al mundo del fútbol, al pibe que formó una zurda prodigiosa practicando en un potrero de mala muerte. Le escribo al santo de las canchas. Hoy, mi pluma se limita al área que encierran las tribunas. El ícono se lo merece.
Podría jurar que Diego intentó regatear a la muerte aquel fatídico miércoles, como si se tratara de los cinco ingleses que dejó petrificados antes de anotar el gol del siglo en el Mundial México 1986. No lo logró, eso queda claro. Es que el ídolo perdió la técnica con el pasar de los años. Si la Parca lo hubiese encontrado en su punto más dulce, amistado con los botines y el talento, otra habría sido la historia. Amague y despiste, lujo y gol. Pero no fue así. Ahora el mundo del fútbol se lamenta bebiendo mate; ahora se discute sobre eliminar el dorsal “10” en honor al genio; ahora los hinchas del Boca Juniors y del River Plate lloran abrazados.
La leyenda mostró su habilidad con el balón desde que era un pibe. En sus inicios ya prometía: se coronó campeón de un Mundial Juvenil con diecinueve años. Así, en 1979, Maradona ya era una promesa del fútbol. Pero fue en el Mundial de México de 1986 que alcanzó el oro máximo, convirtiéndose en campeón del mundo por todo lo alto. Además, fue considerado el mejor futbolista de dicho campeonato, ganando así un Balón de Oro. Fue ahí cuando Diego se convirtió en el ejemplo de cada niño que soñaba con ser grande a pesar de haber nacido en los suburbios.
La inestable vida de Diego Maradona se asemeja al cuadro de “La Creación de Adán” de Miguel Ángel. En la pintura, Dios y Adán, plano divino y terrenal, están cerca de hacer conexión, pero a la vez muy lejos. Por poco, los índices de ambos personajes no rozan y se convierten en uno solo. Creador y criatura están a centímetros de la semejanza; sin embargo, no se concreta, siguen separados. Así fue la vida del “10”: caracterizada por la dualidad, por los polos opuestos. Diego conoció de goles y trofeos, de escándalos y excesos. Ese fue Maradona: tan divino en los estadios, tan terrenal fuera de ellos; tan humano, tan Dios.




