La omnipresente exhibición de vidas perfectas en redes sociales, donde la estabilidad financiera se presenta como un requisito indispensable para la felicidad, contrasta fuertemente con la realidad económica que enfrentan muchos jóvenes. El anhelo de adquirir una vivienda, asegurar un futuro estable, construir un fondo de ahorros para emergencias o simplemente permitirse lujos como viajes y ropa de marca, se convierte en una fuente de presión constante al contrastar con la precariedad laboral, los sueldos estancados y las deudas crecientes. Datos recientes del INEI revelan que el 65% de los jóvenes peruanos menores de 30 años tienen empleos informales, lo que agrava la sensación de inseguridad económica.
Según la investigación publicada por El Comercio, esta discrepancia entre las aspiraciones promovidas en línea y la capacidad real de alcanzarlas, genera un malestar sutil pero persistente, que se manifiesta como estrés financiero. Este fenómeno, amplificado por la cultura del consumo y la constante comparación con los demás, afecta significativamente el bienestar emocional y la salud mental.
El reporte destaca la opinión de la psicóloga Madeli Santos, quien subraya que las redes sociales actúan como un catalizador de esta problemática, al presentar una versión distorsionada y embellecida de la realidad, donde el éxito se equipara con el lujo y el consumo desmedido. Este escenario irrealizable, según Santos, alimenta la comparación constante y la sensación de fracaso, generando una percepción de estar siempre “atrasado” en la consecución de metas económicas.
Andrés Uribe, director de finanzas de MAPFRE, añade una perspectiva generacional al señalar que los millennials enfrentan desafíos particulares debido a la combinación de mensajes que promueven el disfrute inmediato y la glorificación del éxito material. Muchos jóvenes profesionales, con salarios iniciales modestos y deudas universitarias, luchan por mantener un estilo de vida que se presenta como ideal, lo que agudiza la presión social y el estrés financiero. Un estudio de la Universidad del Pacífico muestra que el endeudamiento estudiantil se ha triplicado en la última década.
El estrés financiero se define como el malestar emocional y mental que surge ante la percepción de insuficiencia de recursos económicos para cubrir necesidades básicas, afrontar imprevistos o cumplir expectativas. La psicóloga Yajaira Baldoceda explica que este tipo de estrés no se limita al ámbito financiero, sino que se manifiesta también en el cuerpo y la mente, generando insomnio, ansiedad, irritabilidad y conductas impulsivas o evasivas. Aunque no es un tipo de estrés diferente, su impacto es significativo ya que compromete la estabilidad y seguridad económica de las personas.
La vergüenza y el estigma social asociados a las dificultades económicas dificultan el reconocimiento y la gestión del estrés financiero. La neuropsicóloga Patricia Cortijo destaca que hablar de dinero sigue siendo un tabú, lo que impide que las personas busquen ayuda o compartan sus preocupaciones. Esta falta de apertura perpetúa el impacto negativo del estrés financiero en la vida cotidiana, afectando las relaciones personales, la autoestima y la salud mental. Para dimensionar el problema, la Superintendencia de Banca y Seguros (SBS) reporta que la morosidad en créditos de consumo ha aumentado un 15% en el último año.




