Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo
Si recordáramos los temas que aprendimos en el colegio, las preguntas que respondimos, la nota que merecimos, qué diríamos. Si sacamos 20, por ejemplo, en álgebra, lenguaje o historia éramos considerados un “estudiante aplicado, responsable, estudioso”; de lo contrario, descuidado, desconsiderado, “mal estudiante”. La libreta repleta de notas, que iban de 18 hasta 20, era el orgullo del estudiante, de los padres y del docente. El que mostraba rojos, como feriados en el almanaque, merecía la hoguera, el látigo, el castigo y las restricciones o, simplemente, criticado furiosamente (en contados casos, el diálogo es el modo de resolver la incompetencia académica). Hoy la sanción es privar a los hijos del celular, los videojuegos y las visitas al supermercado para comprar antojos. ¿Cuánto de lo que “aprendimos” en el colegio recordamos con lucidez y rapidez, tiene utilidad en la vida cotidiana y contribuye para resolver problemas? A veces ni el nombre del esforzado profesor se recuerda, pero sí, cada fiesta de aniversario del colegio, salen a relucir las vivencias extraacadémicas, las palomilladas, el plagio, las actitudes que hicieron la vida imposible al docente en clases, los apodos cándidos y perversos, el bullying a tal o cual compañero. Primera lección: no se recuerdan las clases magistrales, sino la vida estudiantil intensa y temeraria.
El tema de la clase, con el quinto año del colegio donde trabajo, es pensamiento crítico como insumo para lectura crítica. Sin un manejo claro del pensamiento crítico no es posible leer textos argumentativos ni científicos con efectividad y propósito. No atinaba a elegir el material audiovisual idóneo. Tenía 3 opciones en Youtube: un fragmento de la película La vida es bella, la celebérrima entrevista que le hizo, en el TV Perú, Marco Aurelio Denegri a César Hildebrandt y una conferencia de 16 minutos de Melina Furm, una maestra e investigadora educativa de Argentina. Opté por la última. En los 3 casos se advierte el pensamiento crítico, argumentación, propuesta factible, razones válidas y objetivas. Melina Furm, plantea categóricamente lo siguiente: “la escuela no les está enseñando a pensar a los estudiantes; es mucho peor: les está enseñando a no pensar”. Basa esta hipótesis en que las preguntas de las evaluaciones son para repetir la información o el conocimiento, registrar en el examen, oral o escrito, al pie de la letra. ¿Tiene sentido convertir a los estudiantes en cotorras o grabadoras que repiten con fidelidad (a veces distorsionado) el conocimiento? La reflexión, el pensamiento crítico, la renovación cognitiva y la toma de decisiones son herramientas que acompañarán, como una sombra leal, a los estudiantes toda su vida, incluso un segundo antes de morir. Lectura sin pensamiento crítico ni acción es inútil; conocimiento sin reflexión ni creatividad es un diamante en bruto, lejos del genio del orfebre. Dice Melina Furm que las preguntas fácticas se responden, apelando a la memoria, con un dato preciso. Eso es un elogio a la memoria; las preguntas abiertas y de reflexión recurren al juicio crítico, la opinión, la investigación, los saberes previos y los resultados de comprobación.
Hemos descuidado (y seguimos así de negligentes) con la educación de los estudiantes en EBR. Estos no son (como decía Paulo Freire en Pedagogía del oprimido) una entidad financiera para depositar periódicamente, sin murmurar, conocimientos, información, glosario técnico, fechas, datos, etc. Pareciera que esa concepción bancaria de la educación está vigente. El enfoque por competencias no resuelve el problema de la calidad educativa ni la trascendencia del aprendizaje.
¿Qué lugar ocupa la lectura en nuestras vidas? ¿Acaso no ha sido la lectura la compañera leal y fiel en esta pandemia? La lectura es el antídoto de un aprendizaje memorístico, cotorrero. Ninguna verdad es inexpugnable, estática e irrefutable en el tiempo. La ciencia se encarga de echar luces diarias a la enseñanza y el aprendizaje. Seguimos llenando la cabeza de los estudiantes de conocimientos para ser medidos de memoria. No hemos convertido la información en acción, en reflexión, en debate, en propuestas para resolver problemas de diversa índole, en pensamiento crítico para distinguir el argumento sólido y decente de la falacia, el sofisma y la demagogia. El día que se deje de votar por un táper, un kilo de arroz, una conserva de pescado, ollas para el centro comunal, habrá triunfado el pensamiento crítico, la responsabilidad política de los ciudadanos. Solo así una educación, basada en competencias, tendrá utilidad. El aporte de la inteligencia emocional, en esta perspectiva, juega un rol preponderante. De nada sirve un ciudadano dotado de opinión clara y juiciosa o un profesional de alto desempeño cuando no sabe manejar las emociones en situaciones de conflicto o de crisis. La educación no se centra solo en infraestructura, equipamiento y mobiliario modernos, sino también en competencias y habilidades para enfrentar la vida, el éxito y la derrota.




