LOS OTROS

Por Arlindo Luciano Guillermo

“Los otros” es un cuento de Ribeyro, incluido en Cuentos santacrucinos. Dice Ribeyro: “Me pregunto por un momento en qué tiempo vivo, si en esta tarde veraniega de 1980 o si cuarenta años atrás, cuando por esa vereda caminaban Martha, Paco, María, Ramiro. Presente y pasado parecen fundirse en mí, al punto que miro a mi alrededor turbado, como si de pronto fuesen a surgir de la sombra las sombra de los otros”. Escarbo la memoria y recuerdo a los que se fueron de esta vida: unos para la historia o el anonimato y otros sin pena ni gloria. En la novela histórica El general en su laberinto (1989) de García Márquez se reporta que Simón Bolívar, en su viaje por el río Magdalena “rumbo a Europa”, estuvo acompañado por su asistente fiel José Palacios -a la muerte del general se convierte en alcohólico con delirium tremens-, su sobrino, edecán y escribano Fernando, el general José María Carreño, el coronel irlandés Belford Hinton, capitán Andrés Ibarra y el coronel José de la Cruz Paredes. Bolívar fue un incorregible mujeriego, se casó, enviudó prematuramente, nunca tuvo segundas nupcias. La vida pública y militar de Bolívar, el Culo de Hierro, el Longanizo, ese fantasma que viajaba a duras penas, está ligada a Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador. Los otros: húsares y granaderos que conformaban su guardia de honor, Francisca Zubiaga de Gamarra, Manuelita Madroño, Anita Lenoit, Josefa Sagrario, Santander, Páez, Morillo, Laurencio Silva, José Antonio de Sucre, su caballo Palomo, su cocinera Fernanda Barriga. 

Para un cristiano el otro es el prójimo. Un seguidor de Cristo es consecuentemente con la lección del “El buen samaritano” o “El hijo pródigo”: evidencia de la plenitud ética de la solidaridad y el perdón, pilares fundamentales de la doctrina cristiana y la corrección. El otro merece respeto, consideración y tolerancia. Nadie es igual que otro; somos diferentes felizmente. La sociedad sería monótona, con banderas de un mismo color, un mismo ritmo para bailar y el mismo menú diario. La riqueza de la convivencia democrática radica en el respeto a la pluralidad. La conquista de la democracia y la libertad han costado “sangre, sudor y lágrimas” y arrebatadas en batallas y debates ideológicos a la barbarie y el autoritarismo. En democracia se resuelven los problemas y las diferencias con argumento y diálogo. El mayor triunfo es el imperio de la razón y la escucha activa. No actuar así es convertirse en un marginal, vivir en un gueto, anulado, condenado a ser un paria, un apátrida, el Alcestes de Moliere, quien, harto de las convenciones sociales, se aísla totalmente.

Cien años de soledad es el linaje enrevesado de la familia Buendía Iguarán, pero no vemos con interés a otros personajes, sin los cuales la existencia de los personajes principales es incompleta en la esfera personal, social e histórica. Macondo es testigo de siete generaciones cuyo tronco principal es José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán. La vida del coronel Aureliano Buendía, el que “promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos”, no tiene sentido ni trascendencia sin el corregidor Apolinar Moscote ni su hija Remedios Moscote. Hay otros personajes gravitantes: el pirata Francis Drake, el fantasma de Prudencio Aguilar, el afeminado Catarino quien sonríe cuando ve, sobre el mostrador, el miembro viril descomunal del primogénito José Arcadio Buendía, la cartomántica Pilar Ternera, los hermanos guajiros Visitación y Cataure, el músico popular Francisco el Hombre, el elegante y disforzado Pietro Crespi, Magnífico Visbal y Gerineldo Márquez. La presencia del gitano Melquíades, quien conoce los secretos de los pergaminos, es fundamental porque él concentra el destino de la familia Buendía Iguarán y de Macondo. Hay otros personajes en El amor en los tiempos del cólera, aparte de Juvenal Urbino, Fermina Daza y Florentino Ariza.  La vida social y económica de la familia Sartoris -en Sartoris, novela voluminosa escrita por William Faulkner-, en las plantaciones de Jefferson, sería imposible sin la presencia de los esclavos Simon, Isom, Caspey, Eunice, de la anciana Miss Jenny y Narcissa.

Durante el Covid-19, médicos y enfermeras combatieron en la línea de fuego. ¿Quién se encargaba de la limpieza de los hospitales, acopiaban los residuos quirúrgicos?, ¿quién conducía las ambulancias?, ¿quiénes vigilaban el ingreso y la salida de familiares y pacientes que habían vencido al virus o iban directo al ataúd?, ¿quiénes se encargaban de la alimentación? Los otros: el barredor, el cocinero, el chofer, el vigilante. Sin ellos el trabajo contra la pandemia hubiera sido un imposible.

Para los políticos, no existe el otro, solo ellos. En elecciones se dan cuenta, convenidamente, de ese otro porque tiene voto. Cuando llegan al poder surgen la amnesia y la ingratitud. Se olvidan del otro, del electorado, con cuyo voto han llegado a un cargo público. Dice Carmen Mc Evoy, en PERÚ: reflexiones sobre lo cotidiano y la historia (Peisa, 2019): “La democracia demanda reglas de convivencia claras -entre ellas el respeto a las minorías-, pero también, y eso es lo que usualmente se olvida, un lenguaje y una actitud civilizada hacia el otro. En un sistema autoritario el otro no existe y por ello su opinión, vida y dignidad carecen de valor”. (Pág. 30). En el Perú, agrega la historiadora y columnista de El Comercio, “hay pocas ideas y mucha farsa”. Hace unos años, el congresista fujimorista Bienvenido Ramírez, dijo que los que estudian y leen mucho, que incluye a los profesores, van a padecer la trágica enfermedad del Alzheimer. Fui tolerante con esa estupidez. Jamás pensé en renunciar a mi oficio de lector. Ciudadanos sin república (Alberto Vergara) y Perú: reflexiones sobre lo cotidiano y la historia (Carmen Mc Evoy) -uno es un lúcido y meticuloso politólogo; la otra, una historiadora de gran prestigio- son lecturas obligadas para conocer la incertidumbre social, la pérdida del norte democrático y los avatares de la política en el Perú. En las elecciones presidenciales del 2021 hice leer Hildebrandt en sus Trece a los estudiantes de quinto de secundaria, con la finalidad de motivar el análisis de la coyuntura y ejercer el pensamiento crítico. El coordinador me advirtió que un padre de familia me acusaba de proselitismo político. Le pidió que no leyeran el semanario independiente. Me disculpe telefónicamente. Esos adolescentes, el 2026 tendrán 22 años aproximadamente; van a elegir al próximo presidente de la república.   

Estoy seguro que no hay muerto imputable. Llueven por doquier elogios, reconocimientos y el largo lamento por la ausencia definitiva. Ahí acaba la tragicomedia.  Aparece en mi memoria Bécquer: “¿Vuelve el polvo al polvo? / ¿Vuela el alma al cielo? / ¿Todo es sin espíritu, / podredumbre y cieno?  No sé; pero hay algo / que explicar no puedo, / algo que repugna / aunque es fuerza hacerlo, / el dejar tan tristes, / tan solos los muertos”.  Sigo con mi diario trabajo de leer y escribir, pegado al libro como  rémora o sanguijuela; es mi destino irrenunciable.