LOS NEGRITOS

Por: Jacobo Ramirez Mays 

Por la sangre de todo huanuqueño corre un poco del sonido de chin cata chi, cata chin. Creo que, desde el vientre materno, somos fanáticos de esta danza. Una vez escuché a una señora, que llevaba un mundo por delante, decir que, cuando su hijito se mueve, ella se emociona, porque cuando nazca y crezca será caporal, pampa, guiador, gorochano, turco o abanderado y ella, por supuesto, su gatillín.

Verlos una o dos veces es emocionante para mí. Observar sus vestidos multicolores, artísticamente bordados; sus máscaras, con las que cubren su identidad (especialmente los gorochanos, quienes las usan para hacer lo que nunca pudieron); mirar al turco con máscara femenina junto a una hermosa dama, como lo son la mayoría de las mujeres de este valle es, como dirían los jóvenes de mis tiempos, chévere, pajita, pulenta.

Existen cuadrillas casi en todos los pueblos de Huánuco, salvo en aquellos donde han sido adoctrinados para matar la cultura. En Las Pampas hay tres cuadrillas, y en Conchamarca, creo que dos. En una de ellas baila un amigo a quien conozco como Cucho y que, según creo, es el más grande bebedor que he conocido. Mis amigos son chancay de veinte a su lado. Cucho trabaja y también bebe casi todo el año. Lo poco que ahorra lo destina a bailar en una cuadrilla de Conchamarca, y su conversación, un mes antes de la fiesta, gira exclusivamente en torno a la danza. Me cuenta que tiene que comprarse tres pantalones de diferentes colores, cintas, camisas, corbata, pañuelos, y que alquila el cotón y las botas de primera, porque las de segunda huelen a sudor. Ese chiste le cuesta aproximadamente mil quinientos soles, y no sé cómo hace para conseguirlos, ya que, si no está pircando, está chacchando, fumando o, de lo contrario, tomando.

Le pregunto cuántas parejas tiene su cuadrilla, y me dice que este año saldrá con catorce. Como soy malo en matemáticas, saco mi calculadora y multiplico 1,500 por 28, llegando a la suma de 42,000 soles. Si a eso le sumo cinco gorochanos o corochanos, la dama, el turco y dos abanderados, el monto aproximado es de 52,000 soles que invierten, sin contar la banda, los cohetes, la comida, las arrinconadas que se dan algunos negritos con sus gatillinas, entre otras cosas.

No contento con ello, ingreso a la página del Ministerio Desconcentrado de Cultura de Huánuco, que, dicho sea de paso, también está tan desconcentrado como sus autoridades. Indago por la cantidad de cuadrillas registradas y encuentro 180. Entonces, nuevamente saco mi calculadora, multiplico y obtengo la suma de 9,360,000 soles.

Esa cifra representa el acumulativo de todos los danzarines amantes de esta danza, dinero que, en el mes que duran los recorridos, circula por los bolsillos de los bordadores, los dueños de las bandas, las casas de alquiler de botas, cotones y más. Es dinero cuyo origen desconozco, porque es sabido que en nuestra ciudad casi no hay empresas. Lo único que se mueve como loco no es solo el río Huallaga, como diría el autor de Autopsia de Huánuco, sino también los más de 50,000 vehículos entre bajaj, combis, estrones, autos, ticos y motos. Sentado, contemplando la pirca de piedras que está construyendo Cucho —que quedó a medias porque él está bailando—, pienso en ese dinero y reflexiono sobre por qué somos una de las regiones más pobres.

Yo nunca he bailado; no soporto estar metido dentro de una máscara y, además, me gusta el cambio, la rutina me aburre. Sin embargo, eso no significa que no disfrute de verlos. Me encanta la banda, y cuando escucho un huayno huanuqueño, los piques de mi pie comienzan a fastidiar y quiero bailar un par de piezas. Deseo meterme en la casa de los mayordomos a comer un buen locro de gallina vieja —porque encontrar gallinas tiernas es casi imposible— y, como despedida, bailar un poco con la dama. Pero, si lo hago, seguro tendría que comprarme cheracol o árnica para calmar el dolor muscular al día siguiente. Lo que sí estoy pensando seriamente es dedicarme a aprender a bordar, porque creo que ahí está el dinero. Y, si no puedo aprender eso, tocaré siquiera batería o tuba para darme la buena vida.

Las Pampas, 23 de enero del 2025