LOS ABUELITOS DE COCHACHINCHE

Por: Jacobo Ramírez Mays

Cochachinche es un pueblo que se encuentra, aproximadamente, a 15 minutos de Huácar. En dicho lugar, el padre Oswaldo, cometiendo una más de sus locuras, ha construido (con el apoyo filantrópico de muchos huanuqueños y no huanuqueños) un módulo con diez cuartos para que algunos ancianos, que no tenían nada ni a nadie, vivan con dignidad y plenitud esa etapa de sus vidas.
La casa de reposo, que se llama “Mis abuelitos de Cochanchinche”, en la actualidad está siendo habitada por trece viejitos, quienes tienen en sus rostros las marcas que les ha dejado la vida; pero también podemos encontrar en sus caras chispas de satisfacción porque, como dicen ellos mismos, al menos ahora tienen un lugar donde desparramar sus lágrimas, por donde arrastrar sus pasos; una pared para hacer descansar sus cuerpos, una silla donde sentarse, una cama donde dormir a la hora que quieran y hasta la hora que deseen.
Ahí nos encontramos con Mario, quien siempre está con un libro en la mano (creo que ya se debe de haber leído siquiera tres veces la pequeña biblioteca que tienen). Está, seguramente como don Alonso Quijano (el Quijote de la Mancha), imaginando aventuras y pensando que los árboles son molinos de viento. Está esperándote para que, desde su silla de ruedas, te cante un bolero añejo o un tango, como diría mi abuelito, como Dios manda.
Están también dos pedros a quienes puedes ver arrastrando sus pasos y pensando en lo mucho que han caminado y en cuánto camino han hecho al andar. Te encuentras con Andrés, quien anda siempre con su gorra en su cabeza y constantemente está tejiendo o cargado unas ramas, que luego se usan como leña para que cocinen sus alimentos. Él, cuando te ve, corre y te abraza y, sin poder decirte una sola palabra, emite sonidos con los cuales estoy seguro de que te da la bienvenida y te agradece por tu visita.
Vicente es otro ancianito que siempre está sentado en una de las bancas, ya sea tomando el sol o cabeceando de rato en rato.
Simón es el hombre orquesta en esta casa de reposo. Quien gusta, ya sea sentado en la pashpa o en cualquier otro lugar, contarte sus aventuras y su deseo, al igual que Florentino Ariza, de vivir su último romance; y, en medio de su diálogo, cuando ve pasar alguna mujer, canta: Por esa calle derecha juran matarme / quieren quitarme la única flor de mi esperanza / por eso yo no quisiera una mujer con dueño / porque algún día tiene que ser pena para mi martirio. Escuchándole, nos damos cuenta de que su deseo de vivir la vida y de gozarla lo tendrá hasta el último minuto.
Y si vas a ese recinto, también puedes visitar a Domínguez, quien está recostado en una cama sufriendo los achaques propios de esa edad; y mientras te narra sus aventuras, puedes darte cuenta de que para él la vida ha sido grande y maravillosa.
Junto a ellos están las hermanas Christina y Marina, así como Charo, quien se queja porque ahora ya nadie le da dinero (ella se dedicaba a pedir plata en las calles de Huánuco) y Rosa y Victoria, esta última tiene un rostro dulce que propaga mucha bondad. Ella es la encargada de moler, en el batán, el ají que después degustan todos a la hora de ingerir sus alimentos. Todos ellos ahora viven un mundo a plenitud, disfrutan de su soledad, caminan en medio de los árboles y viven con la paz teniendo algo en los últimos años de su vida.
Por eso, amigos y amigas, pensando en ellos y ellas y teniendo en cuenta que hay más dicha en dar que en recibir, los invito a que participen este sábado 23 de la II Gran Cruzada de Solidaridad, ya que con el dinero recaudado podrán construir un nuevo módulo con once habitaciones donde podrán vivir más ancianos.
Les aseguro que su colaboración (ya sea en monedas, pero de preferencia en billetes) llegará a parar en buenas manos, y muchos ancianos serán felices los últimos días o años de sus vidas.
Las Pampas, 21 de julio de 2016