Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo
La segunda novela de Mario Malpartida, Loma bendita (Editorial San Marcos, 2005. Págs. 104), es un cambio total de perspectiva, motivación y estilo. La primera edición apareció en 2003. La febril nostalgia, el obsesivo retorno y los recuerdos anclados en el pasado memorable son reemplazados por una visión social e histórica centrada en la construcción de la identidad cultural y visibilidad de una comarca rural ubicada en un valle de paisajes coloridos y gente honrada y laboriosa. El novelista se despoja de la nostalgia para apuntar el interés en personajes y contextos ajenos a la experiencia personal. El limeño Eduardo Arnao de El viejo mal de la melancolía anhela retornar, pero se queda porque echa raíces de residencia; los personajes limeños migran por poco tiempo y retornan a la tierra materna con aprendizajes útiles.
La historia tiene dos ejes complementarios, recíprocos y de simbiosis. No se podría comprender la historia de Loma Bendita sin la actuación pública y sentimental de Serafín Serapio Quinteros y Doris Peñaherrera, ambos asumen la conducción de los destinos de Loma Bendita. Serafín (“arder” por estar cerca a Dios, “espíritu bienaventurado”, de conocimiento y sabiduría, que ama con pureza y pasión las cosas divinas) es un lugareño decente, trabajador, dedicado a sus quehaceres cotidianos, sin familia, solitario; es, por decisión del pueblo, elegido alcalde para darle identidad a la comunidad. No lo hace solo, sino con el apoyo, en primera línea, de Doris, mujer cuarentona, esbelta, hermosa, intuitiva, seductora, sensual, que conserva la juventud bañándose en una fuente de agua entibiada por el sol andino y la mirada furtiva de niños y del propio Serafín. Ambos cumplen los encargos del pueblo y se unen en matrimonio en una fiesta popular, con asistencia de autoridades de la ciudad, que coincide con la celebración de la primera fecha cívica del calendario de Loma Bendita. En este pueblo no hubo elecciones ni actos políticos ni democráticos para elegir autoridades; sin embargo, tiene alcalde, teniente alcaldesa, asesores y un profesor que contribuyen desinteresadamente por el bienestar público, sin envanecimiento por el poder, interés personal, corrupción ni autoritarismo. El alcalde es el amigo del pueblo. La novela termina con Loma Bendita expedita para el registro en la historia oficial. Gestión pública y relación sentimental se juntan de modo equilibrado.
En la novela se advierte una gran simbología, destreza narrativa y humor prudente. Loma Bendita es un pueblo rural donde no hay autoridades, casi en el anonimato, sin identidad ni personalidad; no hay un local municipal, no hay instituciones del Estado, casi con una economía autárquica y autogobierno, que depende de la ciudad para las relaciones sociales y económicas; por ejemplo, el calendario es elaborado por un periodista y editor llamado Laos, el músico Miller viene de la ciudad para enseñar a ejecutar instrumentos para el desfile, el profesor Castinaldo ha leído un libro emblemático de historia regional. En Loma Bendita hay escuela, pequeños negocios, propiedades y bienes de escaso monto, una plazuela básica, casas dispersas, el “mixto” (vehículo de carga y pasajeros) es el único medio de transporte que conecta con la ciudad. La novela tiene 8 capítulos que se engarzan con una meta y el logro conseguido: primero se asigna un nombre, luego una bandera, un himno, fechas cívicas, personajes notables y un calendario. Los diálogos de los personajes, fluidos y breves, que orientan el contexto y el curso del relato, están incrustados en el material narrativo. Esta técnica permite darle inmediata continuidad al habla y la intención, al esclarecimiento o discusión de los actores de la novela.
El mirador loma bendita, dentro de la propiedad de Serafín Serapio, tiene una ubicación estratégica, cercado de arbustos, en la parte alta de la lagunilla donde Doris cumple el ritual de la eterna juventud. Los voyeristas llegan puntualmente a la escena sensual y erótica de la sirena o ninfa que se zambulle feliz, como si nadie la viera ni observara, cumpliendo el anuncio escuchado alguna vez. “Fue advertida por la gitana o el curandero, su mal no es de Dios, señora, y si quiere conservar la juventud y una estrecha cintura debe bañarse en las aguas de un río o lago serrano calentadas por el sol, también serrano”. A eso se había añadido “la mirada furtiva de los niños de la comarca cobijados detrás de las ramas” y del “dueño de loma bendita”. El desempeño del alcalde se ve afectado emocionalmente por la presencia, sensualidad y el lenguaje visual de Doris, quien, en secreto y complicidad de sus comadres, prepara el acontecimiento de su vida junto a Serafín. “La lagunilla formada por un caprichoso desvío del río enmarañado mostraba sus tranquilas aguas cuando emergió de pronto una sirena enteramente descubierta…”. Otro recurso de uso acertado es la descripción serena, observando el detalle y el tiempo para conformar un cuadro pictórico verbal.
Mario Malpartida es un creador de ficciones basado en hechos reales, insumos personales y culturales, creatividad y persuasión. Se despega del “mal de la melancolía”, la “fiebre de la nostalgia” y el deseo del retorno al “lar nativo” para incursionar firme y laborioso a un predio diferente donde el escenario, el tiempo, el ritmo de vida y los personajes están decididos a otorgarle identidad, una “vestimenta cultural e histórica”, a la comunidad rural, cerca de la ciudad, pero que necesita un cartel nominal de personalidad propia para visibilizarse y ser considerada en la realidad oficial. Eduardo Arnao llega a una comarca provinciana desde una metrópoli; Castinaldo González, profesor de Loma Bendita, se convierte en un eje referencial para darle al pueblo historia propia fundamentada en el conocimiento, la lectura, la integridad moral y la imaginación. Loma Bendita, para el novelista Mario Malpartida, representa una reafirmación de cambio de ruta literaria, con una visión que se aleja de la autobiografía, sin nostalgia ni melancolía, pero con el deseo de seguir construyendo historias literarias para deleite y fascinación de los lectores, el fin supremo de escribir literatura.




