Liz Moya La Profesora De La Cultura
Liz Moya La Profesora De La Cultura

LIZ MOYA: LA PROFESORA DE LA CULTURA

En Huánuco llueve. Son las siete de la mañana, y ahí está Jorge, empapado y plantado en una esquina, como esperando un milagro. El milagro tiene nombre: Andrés Jara, quien debería estar al volante de su carro salvador. Pero no aparece. “Se quedó dormido”, concluimos Jorge y yo. Error. No era el sueño; era el tráfico infernal de la hora punta, ese espectáculo coreografiado por bocinazos y bajaj despistados.
Finalmente, Andrés llega y nos hace señales con las luces. Subimos al carro como si estuviéramos escapando de una persecución policial. Vamos a recoger a Lucho, nos espera firme, como estatua de plaza. El trayecto nos lleva por Conchumayo y el cruce a Pumacucho, pueblo donde un cuento de Samuel cobra vida.
Andrés maneja con la calma de un monje, mientras Jorge recuerda, con tono melancólico y risas nerviosas, sus viajes en moto por estos lares, impulsado por el amor. “Si no había moto, bicicleta. Y si no, caminando. Y si no, ¡en burro!” sentencia. Así es el amor, ese estado de demencia temporal que te vuelve medio wepla.
Llegamos a San Sebastián de Quera. Me imagino a Andrés Cloud, niño galasiqui, correteando por el valle y ya soñando con escribir su cuento: Por eso te queremos, San Nicodemos. Al bajar del carro, una explosión de cuetes nos recibe. Caminamos, giramos una esquina y ahí están: los alumnos, los profesores, el director, todos con una emoción que solo se explica por nuestra llegada. Nos saludan, nos dan flores y nos aplauden, como si hubiésemos ganado un premio Nobel.
Entonces aparece Liz Moya, la profesora estrella. Se acerca, nos saluda, me da un abrazo y lanza su dardo: “Por fin no me falló. A Obas nunca fue”. Sonrío, porque soy de los que prefiere llevarse sus secretos y decisiones hasta la tumba.
Entramos al colegio y la escolta desfila marcialmente. Después de saborear un caldo de gallina que reviviría a un muerto, nos llevan al auditorio, ese templo improvisado donde hablamos de lo único que sabemos: literatura. Andrés, siempre poeta, recita versos y párrafos que flotan en el aire. Luis, el académico, nos da una clase magistral sobre la literatura de Huánuco. Y Koko, con el alma de un juglar, nos transporta a las historias que le contaba su abuela. Yo les cuento sobre algunos temas de mis libros.
El auditorio escucha, pregunta, ríe, aplaude. Y ahí estamos nosotros, una banda de forasteros hablando de letras en un rincón donde las palabras vuelan más alto que los cuetes.
Luego vienen las preguntas, ese momento donde el público demuestra que tiene más curiosidad que los gatos. Entre risas y respuestas, un trío de mariachis aparece. No solo cantan, también nos hacen bailar. Y ahí está Lucho, sacando los pasos prohibidos como los hizo en Iquitos; demostrando, como siempre, que el talento para el baile no se compra ni se vende; se nace con él. Andrés, mientras tanto, se luce con unos pasos mientras shucapea la canción, es mejor que silbe, digo mentalmente, porque si canta, ahí sí la canción. Koko, con movimientos que desafían su esqueleto juvenil, parece transportarse a algún recuerdo feliz, mientras yo, sudo por mi cabeza pelada como si estuviera corriendo una maratón.
El espectáculo sigue con la sesión de autógrafos, donde descubrimos que nuestras firmas son más codiciadas que las de un futbolista en pleno mundial. También recibimos regalos. Entre ellos, un dibujo que, al llegar a casa, me hizo mirarme al espejo con detenimiento y preguntarme ¿Seré yo?, junto a todo eso una canasta repleta de frutas de la zona. Terminamos con un almuerzo digno de reyes.
Así es Quera: la tierra de Cloud, de generosidad infinita, y del colegio que celebra sus XXXV años de creación con actividades culturales que deberían ser un ejemplo para el mundo.
Al final, nos despedimos con abrazos y agradecimientos. El director y los profesores nos despiden con fuertes abrazos que reconforta hasta las almas más cansadas. Mientras subimos al carro, pienso: si hubiera una profesora Liz en cada colegio, no solo los aniversarios serían diferentes, sino que el mundo sería un lugar más emocionante, donde cada día se celebraría con bailes, libros y otras cosas más.
De regreso, Andrés maneja con un poco más de prisa, como quien huye de la nostalgia que dejó atrás. La garganta seca lo delata, al igual que a Koko. Ambos saben que las horas litro no esperan. La tarde cae mientras el carro avanza, dejando atrás un Quera lleno de risas, historias y momentos que ni el tiempo podrá borrar.
Y así termina nuestra aventura, con el corazón lleno, el espíritu ligero y una lección clara: a veces, la verdadera riqueza está en las personas que nos cruzamos en el camino.