LITERATURA Y ACTITUD POLÍTICA

LITERATURA Y ACTITUD POLÍTICA

Por Arlindo Luciano Guillermo

La democracia y la institucionalidad en el Perú están atravesando un período de aguda crisis, un callejón sin salida, de ingobernabilidad, caos y violencia social que arrecia a diario. La calle dice renuncia, cierre del congreso y asamblea constituyente; Dina Boluarte responde no renunciaré. ¿Hacia dónde se dirige el Perú? ¿Cuál será el desenlace de este conflicto que pone los pelos de punta y amenaza la tranquilidad y seguridad ciudadanas? ¿En ese contexto existe un líder con suficiente solvencia moral y habilidad política para reunir a los actores en una misma mesa para dialogar, poner las cartas sobre el tapete y elegir las mejores opciones para el Perú? Es entonces cuando aparece la necesidad de la actitud política y la acción que revele de qué lado estamos, a qué bando beligerante apoyamos o qué pensamos de la coyuntura. Pero es más cómodo vivir en una zona de confort y opinar por conveniencia o lo que permite la hipoteca de ideas y de la libertad. No hay nada más detestable que un intelectual presumido y bravucón en una sociedad libre, serena y plural que esconde la cabeza como un avestruz en tiempos de crisis donde las papas calientes retan la inteligencia, la gestión emocional y la resolución de problemas. Un escritor tiene la obligación moral de mostrar una actitud política (no partidaria, si fuera así es su elección personal) que defina convicción y repudio contra el autoritarismo, la violencia venga de donde venga y la necesidad de comunicar cultura de paz, fraternidad, justicia y entendimiento. 

César Vallejo jamás se quedó en una sola vía de la creación poética. De “golpes como del odio de Dios” dio un salto notable a la revolución estética de Trilce, luego escribió Poemas humanos y España, aparte de mí este cáliz; en ambos poemarios Vallejo es el poeta de la solidaridad universal, el cuestionador de la desgracia y la injusticia. No se encerró dentro de una urna para mirar cómodamente, a través del cristal, cómo viven y padecen los ciudadanos y las ocurrencias de la sociedad. Un poeta no tiene nervios de acero ni corazón de iceberg. Vallejo es el vivo y vigente ejemplo de sintonía entre la creación literaria, el compromiso social y la actitud política. Solo con tolerancia y madurez emocional se puede entender la actitud impolítica o apolítica; es decir, el distanciamiento total del escritor del quehacer político, de la coyuntura tan caldeada como la del Perú de hoy, del apartamiento de todo lo que huela y revista de política. Un escritor es un creador de ficciones y lenguaje literario; pertenece a un contexto social de inevitable influencia en su actitud y personalidad íntima y social. Él escribe y vive en sociedad. Nadie escribe de la nada. Un escritor no vive en la estratósfera desde donde observa a la multitud que protesta de rabia, comete desmanes, incendia, saquea, reprime, mata, llora a sus muertos. En el poema “Epístola a los poetas que vendrán”, incluido en el poemario Las imprecaciones (1955), Manuel Scorza dice: “Matad a la tristeza, poetas. / mientras alguien padezca, / la rosa no podrá ser bella; / mientras alguien miré el pan con envidia, / el trigo no podrá dormir; / mientras los mendigos lloren de frío en la noche, / mi corazón no sonreirá”. Redoble por Rancas, Historia de Garabombo, el Invisible o Cantar de Agapito Robles son novelas de furibunda denuncia social y visibilidad del atroz abuso del poder político contra los campesinos. Scorza dice: “Hay cosas más altas / que llorar el amor de tardes perdidas; / el rumor de un pueblo que despierta, / eso es más bello que el rocío”. La literatura no es puramente ficción ni poesía; el escritor no es un orfebre del lenguaje secuestrado en una torre de marfil. La literatura no es la Vulgata de la revolución ni de la política.          

Es verdad de Perogrullo que el principal compromiso del escritor es con su arte de palabras, la ficción, la metáfora, la sutileza lingüística, su estética, su escritura; es decir, con la literatura, escribir bien. Eso no lo exonera de un compromiso social y político con su tiempo y la coyuntura. El escritor no puede quedarse mudo en siete idiomas ante la muerte de 50 peruanos durante las revueltas contra el gobierno de sucesión constitucional ni mantenerse inmutable, petrificado, como una estatua de sal, ante la degradación de la cultura democrática y el debilitamiento institucional. La creación literaria va más allá del deleite, el disfrute, el gusto por la estética. La literatura es un artificio social; el escritor, un creador que vive en la sociedad donde es afectado por la cultura, la anomia moral, la política, la libertad y el pensamiento crítico. La literatura revela vicios, vicisitudes, decadencia y posibilidades de la sociedad, sin propósito pedagógico ni proselitista. El escritor es un intérprete acucioso, no sociólogo ni historiador, de ciudadanos y actitudes. El arte es libertad, creación y plasticidad donde no cabe el fanatismo ni la intolerancia. Dice Scorza, en “Patria tristísima”: “No me traigan alondras ni manzanas. / No se puede apagar con saliva mi pueblo ardiendo, / no se puede pegar con palomas mi patria rota…”.    

No basta ser un escritor extraordinario de libros geniales y admirables. Es necesario también manifestar públicamente la actitud política, el compromiso social y así definir posiciones, exigir justicia y reafirmar que la vida y la libertad son valores cívicos supremos, antes que los regímenes dictatoriales, los intereses políticos de partidos y líderes venales e incoherentes que deciden de espaldas al pueblo que los eligió.  Ningún libro de literatura ha hecho posible una revolución social ni una transformación total donde se haya instaurado la justicia, la solidaridad, la igualdad de oportunidades ni la compasión por el prójimo. La Revolución rusa no se consumó con la poesía de Vladimir Mayakovski ni con las novelas de Dostoievski o Tolstoi. Un libro de literatura no es catecismo ideológico ni instructivo político. El escritor no es dirigente político ni un azuzador de protestas sociales, pero sí un intelectual de opiniones públicas. La coherencia está en escribir con genialidad y asumir un compromiso social. Si la renuncia de Dina Boluarte va a cesar el oleaje de violencia que renuncie mil veces. Que todos se vayan (congresistas y presidenta) no es una exigencia descabellada porque eso dicen las encuestas, lo demuestra la actitud irresponsable del Congreso y la ineptitud política del Ejecutivo. Sabemos, por experiencia, que la guerra se gana con astucia y movidas de ajedrez, la violencia genera más violencia, el matar al perro no elimina la rabia. No se puede apagar el incendio con más combustible, sino con diálogo sincero, sin dobleces ni embelecos, y escucha activa que prioricen voluntades compartidas e intereses colectivos. Se negocia con respeto, sin ningunear ni menospreciar. Es urgente un pacto de gobernabilidad y coherencia democrática. El fratricidio y la tragedia deben parar. El adelanto más pronto de elecciones puede calmar la turbulencia; eso es hoy el consenso.