LIKANTRO

 Escrito por: Irving M. Ramírez Flores

Profesor de Lengua y Literatura y corrector de textos

Corría el 2006, cuando en una reunión con los amigos del barrio, uno de ellos: Luis Matos Alva, un gran amigo que falleció hace algunos años, me preguntó si conocía a un tal Álex Ginés, amigo suyo que acababa de publicar un libro y que se lo había regalado firmado. A pesar de que busqué en mi mente ese nombre entre tantos otros de escritores de Huánuco, no pude rastrearlo. Entonces, rendido, tuve que decirle que no conocía a ese tal Ginés; pero que me gustaría leer su libro y que por favor me lo prestara.

Mi extinto amigo Luis, al poco tiempo, me lo prestó. Cuando retornaba caminando a mi casa sentí la extrañeza del libro en mis manos. Lo miré y pude leer el título La azul fisura; pero fue su forma, repito, que me extrañaba más: era un libro grueso hecho, aparentemente, con apuro y a mano, con dos caritas de perfil mirándose fija y tiernamente en su portada. Al llegar a casa, abrí sus páginas por el medio, me puse a leer y noté que el tal Ginés, el escritor misterioso, escribía versos que refulgían por su originalidad, ternura y rebeldía… Por buena temporada, el libro se me volvió inseparable. Siempre lo llevaba en la mochila y lo leía en las aulas universitarias, en mi casa, en la combi, siempre abriendo arbitrariamente cualquiera de sus páginas.

Un día, curioso de saber quién era, pregunté por él a algunos profes de la Unheval, pero me dijeron que tampoco lo conocían. Con los días, por ahí, alguien que no recuerdo me dio unas pistas: «Es un metalero que anda con otros pelucones chupando en los parques. Dicen que ve almas y habla con extraterrestres». Así me contó y me dejó perplejo; pero fue mi amigo Jorge Gabino que dio mejores luces: «Ese pata es un genio. Nunca conocí a alguien como él: escribe poesía, cuento, dibuja, talla, sabe muchísimo de rock y tragos. Atiende en El Trapiche».

Ante lo dicho por Gabino, le pedí que me lo presentara. «Claro. Te aviso. En el siguiente número de Letra Muerta lo publicaremos», prometió. Pero no fue Gabino, quien precisamente me lo presentó, sino Luis Matos, mi entrañable amigo que murió hace pocos años y dejó desconsolado a todo el barrio. Esa vez llegamos a El Trapiche para tomar unos buenos tragos y el aura misterioso de Ginés había desaparecido, curiosamente, de mi cerebro.

Cuando llevábamos ya un buen rato tomando, Luis me avisó: «Ahí está mi causa Álex Ginés, el escritor». Volteé y vi a un sujeto vestido de negro como metalero, con casaca y lentes oscuros. Al vernos, se acercó risueño a nuestra mesa a saludarnos. Fue así como lo conocí. Él se sentó con una jarra de trago y se quedó un buen rato a tomar con nosotros. Aproveché esa oportunidad para decirle que su libro me había gustado, y lo felicité. Agradeció y hablamos de cosas que no recuerdo bien, pero que daban mucha risa.

Con el tiempo, Álex Ginés se ganó una meritoria valoración de su obra y fue recién desde que se fundó la Asociación Escritores de Huánuco, en 2015, que pude tratarlo más y cultivar con él una gran amistad. Ahora, tiene más libros publicados, entre poesía y cuento, y sigue dibujando y tallando con notable calidad. Es un tragalocros sin remedio y amante y gran lector de variados libros; como tal, colecciona obras incunables, así también discos de vinilo, juguetes —que traje, para él, por maletas de EE. UU.—, tocadiscos, dijes, relojes caros, baratijas, antigüedades, amuletos, robots, gatos disecados, momias, etc. Tiene un bagaje musical exquisito y un tatuaje alienígena en la calva y suele ser víctima de amores contrariados, y cuando en broma le pregunto si habla con duendes, espíritus chocarreros y extraterrestres, solo sonríe y calla sospechosamente. 

Fundé con él, con Valentín, Tania y Jorge, Librería de Huánuco, un punto de cultura donde solían visitar los buenos amigos escritores y lectores compulsivos. Cada tarde se recibía a alguien. Siempre venían a platicar Hugo Arias, Samuel Cárdich, Fernando Carrasco, Andrés Jara, Miguel Rivera, Luis Mozombite, Mario A. Malpartida, Rossy Majino, Rosario Sánchez y tantos otros, como Andrés Cloud, que era el más asiduo y exigente con el horario de atención de la librería. Pasados diez o quince minutos después de las cuatro de la tarde, me llamaba para regañarme, porque aún no se atendía. Para salir del apuro y por fregar, culpaba a Ginés. «Hoy toca abrir a Álex Ginés, profe», y Cloud respondía con fugaz resquemor que «ese Ginés es buen escritor, pero es muy informal». Entonces, yo reía calladamente y me salvaba así de la furia del viejo culpando a Ginés.

Como escritor de mi generación, para mí, es el más talentoso, junto con Ángel Santillán, Rossy Majino y Valentín Sánchez Daza. Cada libro suyo no es más de lo mismo, sino una obra auténtica y nueva en su forma y contenido; pero lo que más valoro de él es su divertida y curiosa visión de las cosas, su traviesa ocurrencia y extravagancia, su vena artística, su desprendimiento, su amistad y su nobleza de espíritu.

Nadie como él para escribir así: «… y mis lágrimas han brotado como un silente tributo para alguien que cierra los ojos y hace suyo lo que no es de él». Nadie como él para escribir así. Nadie…  

 

Los Portales, 27 de marzo de 2021