Escrito por: Marcos Cancho Peña
Ana Estrada recibió la peor noticia de su vida a los doce años. Siendo solo una niña, le diagnosticaron polimiositis, una enfermedad degenerativa que paraliza los músculos con el tiempo. Incurable. Sin sospecharlo, y sin elegirlo, la pequeña Ana se convirtió en una guerrera condenada a luchar hasta el último silencio.
Ana quiso morir en el 2015. Ese año, la polimiositis había empeorado, pues no solo le impedía mover sus brazos y piernas, sino que también había atacado sus músculos respiratorios. Fue necesario realizarle una traqueotomía para facilitar el paso del oxígeno a sus pulmones. Fue internada en UCI varias veces. Tuvo que acostumbrarse a vivir conectada a un respirador mecánico. Se deprimió. Alguna tarde, en cama, Ana les rogó a sus padres que la mataran. Negación y silencio. Pasaron las hojas en los calendarios y Ana mejoró. Un poco más estable, supo que aún le quedaba aguante. Estaba dispuesta a seguir luchando, como durante toda su vida, solo que ya no sería contra la enfermedad, sino contra la justicia peruana, que le negaba el derecho a elegir libremente cuando morir.
El último jueves, la Corte Superior de Justicia de Lima ordenó al Ministerio de Salud respetar la voluntad de Ana Estrada Ugarte de acabar con su vida a través de la eutanasia cuando ella lo decida. Los médicos que realicen el procedimiento quedarán eximidos de cargos. A los 44 años, Ana por fin pudo vencer. Ella siempre luchó por su libertad. Y el camino rumbo a su objetivo lo demuestra: se tatúo para convencerse de que su cuerpo seguía siendo suyo, aunque ya no pudiera darle movimiento. Su piel entendió el mensaje y aceptó el colibrí, la lavanda y las cantutas que adornan ahora su hombro izquierdo. También creó un blog en el que escribe su recorrido. Buscaba ser libre en cada párrafo y lo consiguió. Muchos de sus lectores la entendieron y se convirtieron en aliados de su lucha. Fueron 32 años, más largos para Ana que para cualquiera de nosotros.
Todos le tememos a la muerte cuando somos niños. Con el pasar de los años, la vida te da una lección: el deceso es inevitable y a la vez impredecible. Pero, así como hay muchos matices para un color, todas las muertes no son iguales. Tuve un amigo que murió mientras dormía, y el final fue a su encuentro tan rápido como una siesta en el bus. Sin embargo, a veces el pasillo que conduce a la última habitación es tan largo… Ana lo sabe. Millones lo saben.




