Escrito por: Ronald David Mondragón Linares
Julian Assange se ha constituido, casi silenciosamente, en el paladín de la libertad del nuevo milenio en curso. En los círculos mediáticos oficiales y oficiosos, el mutismo en torno a este asunto tiene una obvia explicación: es un tema en extremo sensible para EE.UU y los intereses de la primera potencia militar-guerrerista a nivel mundial no están, de ningún modo, en tela de juicio. Es llamativo, asimismo, el silencio de los intelectuales en general; no obstante, en los últimos meses, ha crecido de manera firme y sostenida la ola de apoyo a la causa de Julian Assange que, si bien la encarna individualmente, en realidad representa la lucha por la defensa de los derechos humanos, la libertad de prensa y la democracia. Por eso, políticos, diplomáticos, escritores-como el lingüista norteamericano Noam Chomsky y el filósofo Byung-chul han- y organizaciones como Amnistía Internacional han redoblado esfuerzos en los últimos días para manifestarse públicamente contra el intento de extradición a EE.UU del activista y periodista australiano, actualmente recluido en una cárcel de alta seguridad en Londres.
El calvario de Assange empezó hace más de diez años, cuando el portal digital WikiLeaks del cual es fundador, publicó información confidencial del estado norteamericano, en la cual salieron a la luz crímenes de lesa humanidad perpetrados por EE.UU, a través de sus fuerzas militares, en Irak y Afganistán; flagrantes violaciones a los derechos humanos en Guantánamo; así como cables diplomáticos que refrendaban dichas atrocidades. Por estas publicaciones, que desnudaban de manera insoslayable la política y el accionar sistemático criminal de los EE.UU, Julian Assange fue perseguido implacablemente, primero a través de una falsa acusación por delitos sexuales y luego, al desvirtuarse y archivarse esta, mediante una demanda por 18 delitos de espionaje y conspiración, penados hasta con 175 años de cárcel. En 2012, Assange tuvo que solicitar asilo político en la embajada del Ecuador, en Londres, donde permaneció hasta el 2019, año en que el gobierno de Lenin Moreno, en evidente colusión con las autoridades del Reino Unido, le negó el derecho de asilado y lo entregó a la justicia británica.
El pasado 7 de setiembre se reanudó la segunda etapa del juicio de extradición, postergada desde marzo a propósito de la pandemia. Temiendo por la vida del fundador de WikiLeaks si se consuma la extradición, el último 20 de setiembre numerosas personalidades, jefes de estado actuales, exgobernantes y diplomáticos de 27 países-entre ellos, el laborista británico Jeremy Corbyn, los expresidentes Ernesto Samper, Fernando Lugo y Dilma Roussef- suscribieron una declaración conjunta enviada al gobierno británico, en la cual expertos legales sostienen que el actual juicio de extradición viola la legislación nacional e internacional sobre derechos humanos y es una clara amenaza a la libertad de prensa y los principios democráticos.
Por considerarlo de interés público y como una forma de tener más luces sobre el tema, transcribo algunos fragmentos del artículo “La extradición de Julian Assange” escrito por Inázio Lula da Silva y publicado el 21 de setiembre pasado en The guardian:
“Esta es la primera vez en la historia de los Estados Unidos que un periodista ha sido acusado bajo la Ley de Espionaje por publicar información veraz. Sin embargo, el mundo sabe que Assange nunca espió a Estados Unidos(…)
Todos sabemos por qué el gobierno de EE.UU quiere vengarse de Assange. En alianza con New York Times, El País, Le Monde y Der Spiegel, Assange reveló las atrocidades y crímenes de guerra cometidos por Estados Unidos durante las invasiones de Irak y Afganistán, y la tortura a la que fueron sometidos los prisioneros en Guantánamo.
El mundo también recuerda el aterrador video publicado por Assange, grabado desde un helicóptero militar, que muestra a soldados estadounidenses bombardeando las calles de
Bagdad, aparentemente por puro placer, y matando a doce civiles desarmados, entre ellos dos periodistas de la agencia de noticias Reuters.
Además de todas estas razones, los brasileños tienen una deuda adicional con Assange. Los archivos publicados en su página de WikiLeaks revelaron conversaciones que tuvieron lugar en 2009 entre quienes luego estarían en la administración de Temer, que en 2016 depuso al gobierno de Dilma, y altos funcionarios del Departamento de Estado norteamericano sobre cuestiones relacionadas con la privatización del petróleo de aguas profundas de Brasil.
Fue a través de la lectura de los documentos revelados por Assange que los brasileños se enteraron de la relación entre el hombre que luego sería ministro de Relaciones Exteriores en la administración de Temer, José Serra, y ejecutivos de los gigantes petroleros norteamericanos ExxonMobile y Chevron.
El cargo levantado por la administración de Trump para justificar las acusaciones contra Assange(…) es peligroso y falso.
Es falso porque el único esfuerzo que hizo Asange fue tratar de proteger la identidad de su fuente, lo cual es un derecho y una obligación para todos los periodistas. Es peligroso porque asesorar a las fuentes sobre cómo evitar el arresto es algo que hace todo periodista de investigación ético. Criminalizar esto es poner en peligro a todos los periodistas de todas partes.
…Sabemos que las acusaciones contra Assange representan un asalto directo a los derechos de la primera enmienda garantizados por la constitución estadounidense, que garantiza la libertad de prensa y expresión. Sabemos que los tratados entre Estados Unidos y el Reino Unido prohíben la extradición de personas acusadas de delitos políticos.
Sin embargo, los riesgos de que Assange sea extraditado, son reales. Nadie que crea en la democracia puede permitir que alguien que brindó una contribución tan importante a la causa de la libertad sea castigado por hacerlo. Assange, repito, es un campeón de la democracia y debería ser liberado de inmediato.”




