La tecnología, en su constante evolución, no solo ha transformado nuestra vida cotidiana, sino que también se ha convertido en una herramienta invaluable para preservar momentos y figuras que marcaron la historia. Desde los albores de la fotografía hasta la sofisticación de las filmadoras actuales, la capacidad de capturar y revivir el pasado se ha consolidado como un legado invaluable para las futuras generaciones. Inicialmente relegada al ámbito artístico con los retratos pictóricos, la evolución tecnológica del siglo XIX abrió camino a la fotografía, y posteriormente, a la cinematografía, revolucionando la forma en que interactuamos con la historia.
Según la investigación publicada por el diario El Comercio, el registro fílmico de León XIII representa un hito en la convergencia entre tecnología y preservación histórica.
Antes de que el cinematógrafo de los hermanos Lumière sentara las bases del cine moderno, existieron innovaciones como el Kinetoscopio de Thomas Alva Edison. Estos precursores sentaron las bases para la grabación de imágenes en movimiento, que culminaría con la filmación del Papa León XIII en 1898. Este suceso no solo marcó un avance tecnológico, sino que también representó un punto de encuentro entre la Iglesia Católica y el mundo en constante cambio de la tecnología.
La filmación de León XIII, realizada presumiblemente por William Kennedy Dickson para la compañía Biograph, aunque algunos atribuyen la autoría a Vittorio Calcina en 1896, muestra al sumo pontífice saludando a la cámara y caminando por los jardines del Vaticano. La sencillez de la grabación contrasta con la trascendencia del momento, convirtiendo a León XIII en uno de los personajes más longevos en ser capturados por una cámara en movimiento, dado que nació en 1810.
León XIII, cuyo nombre de nacimiento fue Gioacchino Vincenzo Raffaele Luigi Pecci, no fue el primero en ser grabado, pero su figura destaca por su edad y su posición como líder de la Iglesia Católica. Su aparición en la pantalla no solo documentó su imagen, sino que también ofreció una ventana al mundo de finales del siglo XIX, permitiendo apreciar la vestimenta, los gestos y el entorno de una figura histórica clave.
Más allá de la controversia sobre quién fue la primera persona en ser filmada, el registro de León XIII se erige como un testimonio invaluable de una época en transición, donde la tecnología comenzaba a desafiar los límites del tiempo y el espacio. Su legado perdura como un ejemplo de cómo la innovación puede trascender su propósito original y convertirse en un vehículo para la preservación de la memoria colectiva.




