Por Arlindo Luciano Guillermo
Me hice lector a pesar de cuestionamientos, intolerancias, insolencias y adversidades, pero me impuse obstinadamente. Leí a Julio Ramón Ribeyro poco a poco. Cuando alguien me preguntaba si había leído tal cuento de Riberyo respondía que no, entonces, tan pronto llegaba a casa, cogía el libro y buscaba en el índice el título. Lo leía y así aumentaba mi lectoría sobre Ribeyro. Fue en el colegio donde leí el primer cuento de Ribeyro: “Los gallinazos sin plumas” en mi libro escolar. No leía por obligación ni propina. No había plan lector. Leía porque sentía necesidad de poseer un libro y leerlo. Paco Yunque ahora conformaba la familia de mis personajes literarios junto a Efraín, Enrique y don Santos. En ese libro también estaban “Warma kuyay”, “El trompo” y “El niño de Junto al Cielo”. Así tuve contacto con la narrativa urbana, de gente pobre bajo la tiranía de la injusticia social.
No sabía si Ribeyro estaba vivo o muerto. Leí “Los gallinazos sin plumas” con lágrimas en los ojos, lloraba desconsoladamente como si un pariente cercano hubiese fallecido. El impacto emocional en aquel lector adolescente, huraño y marginal, fue decisivo. Efraín y Enrique, huérfanos, víctimas del autoritarismo del abuelo Santos y del cerdo Pascual, personajes del cuento, éramos nosotros, los de mi barrio de Abancay, niños de barriada que trabajábamos para contribuir con la economía familiar. Mi madre, con súbita clarividencia, dijo: “Vas a ser escritor”. Yo tenía 12 años. Me hice devoto de la lectura y fetichista supersticioso del libro.
No fue difícil entender el relato porque Ribeyro lo contaba con sencillez, con intención de conmover la sensibilidad y la emoción de un lector principiante. Ahí estaban esos personajes “sin voz”, pero vivos, sobreviviendo en una ciudad de migrantes, hostil, egoísta, sin compasión, convertida en una “selva de cemento”.
Una prima mía, de ascendencia japonesa, me preguntó si había leído “El banquete”. Léelo, no te lo pierdas. Así llegué a saber que en la literatura también podía hablarse de poder político e intereses mezquinos. He releído varias veces, sin cansancio ni bostezo, cuatros cuentos extraordinarios de Ribeyro: “Al pie del acantilado”, “La juventud en la otra ribera”, “Solo para fumadores” y “Silvio en El Rosedal”, donde se constata la maestría para escribir cuento y el hilo del relato que atrapa al lector sin concesiones.
En la universidad, Mario Malpartida, gran admirador de Julio Ramón, me prestó Sólo para fumadores. Ahí pude comprobar que Riberyo era más que “Los gallinazos sin plumas”. Me enteraba que la biografía, las vivencias personales y las manías podían servir para crear ficciones literarias. Eso lo podía comprobar en Pecos Bill y otros recuerdos. “Los otros” cuenta cómo los amigos van muriendo sucesivamente. “Alienación” me recordada a un amigo del colegio que odiaba su nombre y su apellido quechua. Quería llamarse Solís, Ramírez, Sánchez o Figueroa o tener un nombre inglés como Peter, Frank o John. Bob, un muchacho negro de callejón, quiere ser un gringo americano y con ese propósito va a la guerra de Corea donde muere sin alcanzar la ciudadanía estadounidense.
Leí en tres libros distintos los cuentos de Ribeyro. El primero fue la antología publicada por Peisa que disfruté infatigablemente. Ese ejemplar, subrayado, con anotaciones en el borde del texto, resaltado y con claves de lector empedernido, desapareció de la “biblioteca familiar”. Al cabo de unos meses, lo vi en el estante de un librero ambulante en la plazuela Santo Domingo. ¿Cómo llegó hasta ahí Ribeyro? Alguien debe haberlo cogido y vendido para cubrir alguna necesidad urgente. Tuve que comprarlo otra vez sin hacer ningún comentario. Así rescaté a Ribeyro. Luego vinieron los cuatro tomos de la editorial Jaime Campodónico. Venía con una introducción y los “diez preceptos” de Ribeyro. De estos han sobrevivido los tomos I y IV; los demás se extraviaron en las numerosas mudanzas que hice. Con esta colección amplíe la lectura y el conocimiento sobre el estilo y la estrategia poco complicada que utilizaba JRR para escribir cuentos extraordinarios que fascinan y encandilan de principio a fin. Ningún lector comprometido se mantiene incólume, inmutable e indiferente con “La insignia”, “Los otros”, “Los gallinazos sin plumas”, “La botella de chicha”, “El polvo del saber”, “La señorita Fabiola”, “Los merengues”, “El jefe”, “Dirección equivocada” o “El profesor suplente”. No leer a Ribeyro es como no leer El Caballero Carmelo, Los heraldos negros o La ciudad y los perros. Hace un par de años compré en Crisol La palabra del mudo I, II de la editorial Seix Barral Biblioteca Breve. Aparecen cuentos olvidados (6), cuento inédito (1) y cuentos desconocidos (3). Esta edición conservo y cojo siempre para releer a Ribeyro. Ahora, lector maduro y con años trajinados en la ciudad y en la docencia, sé que para escribir un cuento hay que leer el decálogo de Julio Ramón Ribeyro, Julio Cortázar y Horacio Quiroga. Escribir literatura es un trabajo testarudo, de elevada paciencia, dedicación y creatividad prescrita por el talento y la vida intensa.
Julio Ramón Ribeyro Zúñiga murió el domingo 4 de diciembre, a las 9 a.m., de 1994; tenía 65 años. Durante los días siguientes preparé un reportaje radial sobre Ribeyro que se difundió en Prisma de Studio 5, el sábado 10. Fue un homenaje al cuentista genial, idolatrado e influyente desde Huánuco donde ya habían publicado importantes libros de cuentos los “tres en raya”. La edición del reportaje duró hasta la madrugada. Lino Campos calibraba la calidad del volumen del micrófono y adecuaba el fondo musical para mi voz que leía, muy emocionado, comentarios, fechas, títulos de libros, personajes emblemáticos y apreciaciones sobre Ribeyro. Iniciamos y terminamos el reportaje con el bolero En el mar de Carlos Argentino y la Sonora Matancera. Poco antes de fallecer se le otorgó el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo de 100 mil dólares que no fue a recibir. Fue la consagración internacional de Julio Ramón Ribeyro cuya obra cuentística, principalmente, perdura en el tiempo, el aprecio de los lectores y el interés de los estudiosos e investigadores.




