Un 23,6% de peruanos votaría blanco o nulo en segunda vuelta, según IEP

LECCIONES DEL VECINO SUREÑO

 Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

 No aprender las lecciones de la historia es una necedad. No podemos vivir en estado de enajenación social y solipsismo político, que permiten el auge infame de la intolerancia, el fanatismo, la grosería en el debate, la impunidad y la indiferencia por el destino histórico del Perú. En esta segunda vuelta está en juego la democracia, la libertad, el respeto a las instituciones, la coherencia entre el modelo económico y la calidad de vida de los ciudadanos. Ambas opciones (Keiko y Pedro) constituyen serios riesgos para vivir en paz, tranquilidad y con escasas posibilidades de fortalecer la institucionalidad, el ejercicio transparente del poder, la descentralización con mayor amplitud política, administrativa y, fundamentalmente, económica y la observancia no negociable del Estado de derecho y la defensa del régimen constitucional. Alberto Vergara, docente de la Universidad del Pacífico, sostiene, con lucidez y visión trascendental de nación, una tesis político-histórica significativa, en el prólogo-ensayo, incluido en el libro Ciudadanos sin república. De la precariedad institucional al descalabro político (Planeta, 2020. Págs. 302): “… el país estaba definido por la distancia media entre el éxito del proyecto liberal y el fracaso del proyecto republicano. Y abogaba por reducir la brecha entre uno y otro, pues sin una agenda republicana -que brinde prioridad a las instituciones, el Estado de derecho y el ciudadano como agente político-, el crecimiento económico conseguido y alentado por el proyecto liberal jamás nos llevaría por sí solo al desarrollo”. (Pág. 13)

 El pueblo chileno acaba de darnos una lección de democracia, dignidad nacional y memoria histórica. En Chile hay tantos pobres, desigualdad y brechas sociales como en el Perú o en las favelas de Brasil. Primero, en elecciones legítimas decidieron cambiar la Constitución hecha a la medida de la dictadura de Augusto Pinochet. Una carta magna no es el decálogo recibido por Moisés en el monte Sinaí, ni los evangelios canónicos. Una Constitución caduca, se hace inaplicable cuando el contexto histórico cambia y se vuelve más exigente y asume otros retos políticos y sociales. Segundo, ha elegido a sus representantes, con mayoría de izquierda, para redactar una nueva Constitución que regirá a Chile y los chilenos sin dictadura ni Pinochet.

 Chile, el país del sur, esa franja que va desde Arica hasta la Patagonia, con quien tuvimos una guerra sangrienta en 1879 por razones estrictamente económicas y geopolíticas. Es el Chile de Colocolo, Caupolicán y Lautaro, la resistencia indígena contra la conquista española escrita por Alonso de Ercilla, en octavas reales, en la Araucana; el de los dos premios nobel de literatura (Pablo Neruda y Gabriela Mistral); del poeta irreverente Nicanor Parra, de los cantantes populares como Víctor Jara y Violeta Parra, grupos de trova y la nueva canción como Illapu, Inti Illimani y Quilapayún, grupos de rock como Los Jaivas, Los Prisioneros y La ley, cantantes como Fernando Ubiergo y Alberto Plaza. Ese Chile de ayer y de hoy, advierte que el destino del pueblo solo es posible en democracia, con voluntad popular y respeto a la soberanía. Ese Chile, con paradigmas de libertad y dignidad, hoy está empeñado en redactar una nueva Constitución porque así lo decidió el pueblo. La dictadura de Pinochet, la cúpula militar y los partidos de ultraderecha es un episodio infame, brutal y doloroso cuyas heridas se cerrarán con justicia y destino merecido para los chilenos. La actual Constitución de Chile tiene 40 años de promulgada. En el Perú, la izquierda jamás ha gobernado, excepto la alcaldía de Lima por Alfonso Barrantes Lingán, algunas alcaldías y gobiernos regionales. Pero sí la derecha que convirtió la “economía social de mercado”, contemplado en la Constitución del 93, en mercantilista, sin límites para la voracidad de utilidades e injerencia directa en el poder político para beneficio de intereses monopólicos.  

 El 19 de mayo de 2021, en el New York Times, el escritor chileno-estadounidense Ariel Dorfman publicó un artículo titulado Los progresistas ganaron en Chile. Y ganaron en grande. Resaltó cuatro asuntos aleccionadores que podrían servirnos para tomar decisiones correctas. 1. La coalición política de derecha y centro derecha Chile Vamos solo obtuvo 37 escaños de los 155 que integrarán la Convención Constitucional; son solo el 23,8%, no tiene mayoría. Tiene 3 caminos democráticos: unirse a la mayoría, oponerse a todo o autoexiliarse del debate político. 2. La coalición de izquierda Apruebo Dignidad tiene 28 representantes (18%). Los independientes, la izquierda y centroizquierda tienen 101 representantes (65%); o sea, dos terceras partes de la Convención Constitucional. ¿Esto significa el retorno del comunismo o el socialismo de Salvador Allende o la lucha armada desde el poder? En Chile, movimientos políticos de oposición lucharon para cambiar la Constitución y a favor de reformas de la educación, salud, pensiones dignas y bajarle la cruz al modelo neoliberal. 3. En la Convención Constitucional, 77 mujeres demuestran la paridad de género; por otro lado, 17 convencionistas serán de los pueblos indígenas como los mapuches, quienes batallan (como aquí en el Perú los pueblos nativos) por respeto al territorio, cultura, educación intercultural y lengua dentro del sistema democrático chileno. 4. La izquierda chilena, esa que padeció persecuciones, exilios, torturas, muertes y desapariciones durante Pinochet, se unió estratégicamente y triunfó en las elecciones derrotando a una derecha que gobernó Chile desde el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.

Los ciudadanos peruanos estamos en una encrucijada existencial: votar por la K o por el lápiz, ambas opciones son insatisfactorias e indeseables porque las consideramos un riesgo político para la democracia, la institucionalidad y el destino del Perú. El debate del 30 de mayo -eso esperamos- echará luces para tomar la mejor decisión en las ánforas el 6 de junio. Finalmente, dice Ariel Dorfman: “… la tentación del autoritarismo va creciendo en estos tiempos en que la humanidad enfrenta su propia terrible crisis existencial; lo que necesitamos no es menos democracia, sino más democracia, más participación, más personas que se atrevan a creer que otro mundo es posible”.