Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo
¿Qué hemos aprendido durante la pandemia en el 2020 y los primeros días de enero de 2021? Hasta el más lerdo de inteligencia aprende algo. No hay aprendizaje cero. Sin duda, nuestra vida no es igual. El Covid-19 llegó para alterar la existencia de los ciudadanos en todo el mundo. Hemos incorporado al vocabulario personal y social términos de uso diario: Wuhan, virus chino, Covid-19, SARS-CoV-2, confinamiento, distanciamiento social, lavado de manos, mascarilla, protector facial, oxígeno medicinal, pandemia, hospitales Covid-19, etc. Miles de muertes, entierros virtuales, pacientes en UCI, los que vencieron al virus y fueron dados de alta. Los que quedamos vivos, los que heroicamente sobrevivimos por “generosidad de la naturaleza”, somos testigos excepcionales de un año durísimo, instintivo, retador, de penurias, escasez, desafíos y reinvenciones ingeniosas.
Siempre ha sido una regla de la sociedad aprender después de una desgracia, tragedia o perdida de algo valioso. La prevención es aún una norma cultural que se implementa tardíamente. La gripe española diezmó a millones de ciudadanos en las primeras décadas del siglo XX. El cólera mató a miles de peruanos de extrema pobreza. Las endemias paludismo, dengue, zika o chikungunya se van y regresan según las condiciones climáticas. El Covid-19 llegó y empezó a matar, crear zozobra y pánico.
La lección más importante es habernos autodescubierto para saber quiénes somos en realidad. En tiempos de bonanza y “tranquilidad social”, no hay mayor preocupación. Durante la pandemia sacamos a relucir lo mejor y peor de nosotros. Muchos acataron radicalmente la cuarentena, sin salir ni a la puerta de su casa, todo lo resolvieron vía online. Otros, más flexibles, solo para lo necesario. A una gran mayoría le interesa aún un bledo. El Covid-19, el contagiar o contagiarse no está en su agenda personal. Le da lo mismo estar vivo, muerto, sano o en UCI. Esto representa la irresponsabilidad e indisciplina sociales y nula empatía. El relajo está por doquier. Hemos comprobado que somos un país sin responsabilidad ni disciplina. Mucha gente cree que vive en la más total normalidad, que nada terrible está ocurriendo en Perú y en Huánuco. ¿El rebrote? ¿Una segunda ola? No interesa. Viajes, recreación, celebraciones, visitas innecesarias, aglomeraciones fatales, caminar en la calle sin mascarilla, comer en carretillas ambulantes, etc.
Conozco a trabajadores públicos y docentes que estuvieron al borde del colapso emocional y la frustración por el “home office” o el “trabajo remoto” para dar clases en colegios y universidades. Se evidenció el “analfabetismo digital o tecnológico” o manejo limitado de las decenas de opciones y aplicativos del smartphone. No bastaba encender y usar los programas básicos de la laptop o en el monitor con CPU. Por necesidad laboral tuvimos que aprender a usar plataformas virtuales para las clases. Una vez aprendidas se hizo rutina y terminamos el año exitosamente, aunque los aprendizajes, sin duda, no tienen la calidad que podría obtenerse con las clases presenciales. Aprendo en casa del Minedu surgió de emergencia como remedio inmediato, pero, en la práctica, cumplió la finalidad a medias.
La vanidad, la vida sibarita y el deseo de diversión en fiestas, con hacinamiento y licor están por encima de la vida y el respeto. Los medios de comunicación muestran centros comerciales atiborrados de compradores, mercado de abastos repleto, reuniones sociales sin mascarilla, Año Nuevo con riesgo de contagio. Las actuaciones emocionales están yuxtapuestas al respeto y la empatía. ¿Por qué ciertos ciudadanos organizan fiestas clandestinas? Quisiéramos entender esas razones. Sin embargo, podríamos afirmar que se trata de un desprecio por la vida propia y la de los demás, una total marginalidad y el desacato a las normas establecidas. En Año Nuevo, el cielo de la ciudad parecía iluminado por los fuegos artificiales durante unos 20 minutos. Si la gente sabe que los fuegos artificiales es un poderoso contaminante del medio ambiente, causa estrés en los animales y la molestia de vecinos, por qué los usan. ¿Qué no está funcionando bien? ¿Acaso la bienvenida del Año Nuevo es mejor y auspicioso con pólvora y detonaciones descomunales y ensordecedores?
El Covid-19 sigue haciendo estragos. Es un verdugo con la guadaña lista para cortar el pescuezo de cualquiera. Sigue entre nosotros en todas partes. Nadie mejor que uno mismo para cuidarse. Tenemos que seguir respetando las normas de bioseguridad. Las clases presenciales tendrán que esperar unos meses más o quizá todo el 2021. Con rebrote o segunda ola, el cuidado es personal y solidario. Mientras haya gente irresponsable, que transita oronda por la calle sin mascarilla y sin respetar el distanciamiento social, las posibilidades de infección son altas y letales. Los hospitales colapsarán, faltará oxígeno, no habrá camas en UCI. Así las cifras de contagios y muertes engordarán. Y de eso no tiene la culpa el gobierno ni el Presidente de la república. Hay una responsabilidad individual.




