LECCIONES APRENDIDAS

Arlindo Luciano

En la experiencia, en el trajinar diario o en otro escenario donde se actúa con decisiones y responsabilidad, se fortalece (siempre que haya razonabilidad y apertura) el aprendizaje, se acumulan habilidades, se afina la inteligencia emocional, que, finalmente, sirven para mejorar el desempeño profesional y la actividad que se realiza. A eso se podría llamar “lecciones aprendidas”.  En todo lo que hacemos siempre habrá algo que aprender, siempre van a existir “lecciones aprendidas”. Quien aprende esas “lecciones aprendidas” abre los ojos como platos y le da apertura a la razón y la lucidez. No todo se aprende en los libros ni en la universidad. El necio desperdiciará las “lecciones aprendidas”; quien obra con ecuanimidad y apertura las tomará como perfeccionamiento de destrezas y oportunidad de aprendizaje vivencial.  

Aquí o allá, adentro o afuera, jamás hay que tener vergüenza para preguntar lo que no sabemos. Quien pregunta tiene una necesidad. La ignorancia es un estamento momentáneo del conocimiento que se aclara leyendo o preguntando. Nadie nace sabiendo. Los “saberes previos” son apenas los insumos básicos. Preguntar algo que no sabemos es una actitud visible de humildad y deseo urgente por aprender. La meritocracia profesional y académica para desempañarse con eficiencia y practicidad no son suficientes, pues todo cambia de un día para otro, nada se mantiene intacto. Aprender nuevas fórmulas, leyes y normas técnicas exige preguntar, estudiar, leer. Preguntar para aprender no es delito; al contrario, representa el deseo de aprender para tomar decisiones correctas.    

Las decisiones políticas e institucionales siempre se toman pensando en el desarrollo de los pueblos y en el bienestar de los ciudadanos. No hay gestión perfecta ni servidores público perfectos. En esa dirección, no todo es posible cumplir, siempre quedará una agenda pendiente y tareas urgentes. Ahí está el esfuerzo, el empeño indoblegable, las razones objetivas y las limitaciones legales y de tiempo. El resultado que no se ha logrado, en el marco de las disculpas explicadas didácticamente, la comprensión y la tolerancia democráticas, conserva la confianza, que siempre será el capital más importante, más preciado, de un gobernante, de un líder social y político. La verdad siempre por delante, aunque duela y cause fastidio prolongado.  

Es imposible contentar a todos. Hagas lo que hagas siempre van a comentar a favor o en contra, aunque más en contra. Una cosa es ver el partido de fútbol desde la tribuna, cómodamente; otra muy distinta, totalmente diferente, es jugar el partido de fútbol en la cancha, incluso con el árbitro en contra, la presión de la hinchada que, como barra brava, quiere que metas goles y el comentario desde la cabina de los periodistas deportivos. Es casi tan natural, como el aire que respiramos, como una expresión legítima de la pluralidad democrática, la discrepancia, el debate, la divergencia de ideas y propuestas, la inmensa heterogeneidad de criterios (todos válidos) ante un hecho social concreto, un conflicto social y político, en la toma de decisiones y en la colegiatura para resolver problemas. Ahí aparece la capacidad de deliberación y negociación. Siempre habrá un punto intermedio y concertado de entendimiento.

Quien no aprende de sus experiencias (y de los demás), de lo que ha hace y de lo que ha hecho no avanzará con pasos firmes, siempre tendrá en el camino una piedra grande o pequeña que no verá y, sin duda, tropezará. La soberbia enceguece y obnubila. Despreciar las “cosas buenas” que hacemos no contribuye con el crecimiento personal ni profesional. Quien ya no aprende es un “muerto civil”. El ciudadano sabio aprende de todas las circunstancias (de lo que hace, ve y siente) para mejorar la calidad de vida social y emocional, el desempeño profesional, la productividad intelectual y la comprensión holística (en los hechos, no desde el discurso puramente especulativo) de la realidad donde vive y quiere intervenir.  

Tiene más autoridad quien hace algo, incluida la posibilidad de equivocarse; quien ensucia sus zapatos al caminar sabe cómo es el camino, qué hay al borde y quiénes transitan; quien no aprende de los errores (de sus propios errores) persistirá equivocado, haciendo daño a los demás y a sí mismo. Siempre la actitud visible, antes que la inteligencia, el talento intelectual, los libros leídos o los títulos académicos adquiridos, definirá quiénes somos y cómo nos conducimos en el servicio público y en el poder político.  La actitud muestra fehacientemente de qué material estamos hechos cuando hay situaciones altamente críticas, cargadas de presión social y exigencia extrema de emociones, donde es necesario tomar decisiones inmediatas y correctas.

Las “lecciones aprendidas” sirven para replantear la vida personal y profesional. Después de haber asimilado las “lecciones aprendidas” ya no somos los mismos. Es muy parecido cuando leemos un libro que nos impacta y deja impresionados. Somos diferentes, listos otra vez para emprender la aventura de servir a un pueblo y al prójimo.