LAS VACACIONES DE DIOS

Por: Jacobo Ramírez Mays

El otro día me encontré con P. Estaba en la Plaza Mayor contemplando algo por entre los ficus. Lo reconocí porque casi siempre lleva puesto un pantalón crema, polo negro y su eterna chompa amarrada al cuello, recordando la moda de los ochenta.
Cuando me vio, me llamó. Luego de saludarme con el cariño de siempre, y como deseando que nadie más escuche lo que me iba a decir, se acercó a mi oído y me manifestó: «El papa (Pedro Apóstol por Antonomasia) ha llamado hoy a las tres de la madrugada a todos los obispos y cardenales del mundo y les ha dicho que Dios ha hablado con su representante en la tierra a las dos y media de la madrugada y le ha pedido que comunique a todas sus autoridades que se irá de vacaciones durante cuatro semanas». Al oírle, me quedé pensando en sus palabras.
Él, bajando el tono de su voz, continuó diciéndome: «Los obispos y los curas no quieren que los feligreses se enteren de las pequeñas vacaciones divinas». «¿Por qué?», le interrogué siguiéndole el hilo de la conversación. «Porque si los seres humanos se dan cuenta de que Dios está descansando, van a comenzar a hacer desmanes y a vivir, aunque algunos digan que no es así, con libertad». Lo miré sorprendido, me quedé callado y le dejé que siguiera hablando.
Me aclaró: «Estoy seguro de que durante ese tiempo la moral morirá. Desaparecerán por esas cuatro semanas las condenas, las culpas, el mirar la astilla en el ojo de los demás, el criticar, el envidiar, el odiar; incluso los narcisistas y los ególatras se olvidarán de sí mismos por esos días. Nada estará prohibido, ni el sexo. Durante esas cuatro semanas, los seres humanos comenzarán a vivir de verdad y no estarán muertos por lo prohibido. Se sentirán libres de la cadena del qué dirán, implantada en nuestro cerebro desde hace alguno miles de años. Se romperá el fierro de la moral que llevamos puesto en nuestros cuellos y que creemos que es un gran adorno. Estaremos vivos, no con libertinaje; y como las aves del campo volaremos, como el viento surcaremos y acariciaremos todo lo que deseemos, como el agua, saciaremos muchos deseos; seremos día y no estaremos en la noche».
Mientras seguía con su discurso, me di cuenta de que temblaba con cada palabra que pronunciaba, que su mirada quería encontrar algo en medio de la nada, que no era él quien hablaba y sentí que comenzaba a vivir, que nacía a este mundo y comencé a contemplarla, me di cuenta de que no es fácil nacer, que alguien te tiene que ayudar a salir del vientre materno, reflexioné con cada una de sus palabras y deseé con toda mi alma que me siga hablando.
Él se dio cuenta de que estaba perdido y, soltando una sonrisa que solo los sanos tienen y que nosotros los locos no entendemos, me dijo: «Ahora, si tú no estás de acuerdo con lo que te acabo de decir, qué me importa. Porque debes saber que la flor crece y sigue siendo flor estando tú de acuerdo con ella o no. Que el cielo estará lleno de estrellas estando tú de acuerdo o no».
Y para terminar, me aclaró: «Lo único que te pido es que el gran secreto de los miembros de la iglesia, el cual yo he jaqueado estratégicamente gracias a mis artes de pirata, tú lo difundas, porque mi deseo es vivir en medio de vivos y no de muertos». Luego, tragando saliva, aclaró: «Aprecia la belleza de la rosa, valora el cielo estrellado o sin estrellas, considera un milagro que estés respirando, usa la palabra aunque sea mal, pero úsala, libérate de los escrúpulos y del qué dirán».
Al verme como idiotizado después de haberle escuchado, se despidió parafraseando unas palabras que Friedrich Nietzsche, de su libro Así habló Zaratustra: «Mejor me voy para no llevarme tu nada».

Las Pampas, 14 de julio de 2016