Por: Jacobo Ramírez Mays
El Jueves Santo he visitado siete iglesias. Primero fui a la de Patrocinio, el padre Terry estaba celebrando la misa y, sentado, escuchaba la lectura que un joven hacía desde el atril. Estiré mi pescuezo como gallo atorado y vi su altar arreglado, mientras que cientos de personas ingresaban y otras tantas salían del recinto después de rezar. Levanté mi mano temblorosamente y me persigné sin pensar en nada.
Salí camino a San Francisco, en Huallayco la cuadra 10, me detuve para comer anticuchos, mientras contemplaba la puerta de la casa donde pasé parte de mi infancia. En el parque Cartagena, muchos niños, agarrados de las manos de sus padres, se dirigían a la iglesia al tiempo que unos jóvenes conversaban sentados en las bancas. La iglesia estaba llena de feligreses; algunos prendían sus velas ante la Hostia Consagrada. Miré el confesionario y vi que un rostro se distorsionaba tras la rejilla. Quise arrodillarme en el reclinatorio y contarle mis pecados al sacerdote, pero no lo hice porque todavía tenía el sabor en mi boca de un reciente pecado.
Salí con dirección a la Plaza Mayor, donde está la Catedral; mientras caminaba, pedía a Diosito que ojalá el obispo esta vez no la haya mandado a cerrar y que no solo entren los invitados con ternos y vestidos elegantes, tal como mandó a hacer el día que lo ordenaron. Pedí, también, que ojalá me encuentre con él para conocerlo. Cuando llegué, la puerta estaba abierta de par en par, manteles colgaban de un altar en donde personas arrodilladas alababan a Cristo. Con mis ojos de águila, recorrí cada rincón de dicho centro de oración buscando al obispo, pero no lo vi; pensé que seguramente estaría cenando en ese momento. Pero como también soy mal pensado, me lo imaginé tomándose unos tragos que sacaba de un pequeño bar personal que un diablo amigo mío me dijo que tiene, celebrando así el Día del Sacerdote. Mientras estaba en ese mundo imaginario, una señora me empujo y salí de mi letargo.
Luego me direccioné a la iglesia de San Cristóbal. Allí me encontré con el padre Carlos, que saludaba a uno y otro feligrés. Contemplé el espacio dónde antes estaba la torre de la iglesia más antigua de Huánuco, y pensé que si hubiera habido un poco de precaución ahora todavía estaría ahí. Crucé el parque y arrastrando mis pasos me fui a La Merced.
En esa iglesia, muchos jóvenes entraban y salían. Observé que su torre estaba atuncada para que no se desplome. Recordando la torre caída de San Cristóbal, y viendo a la que estaba por derrumbarse, me puse a pensar en quién sería el responsable de cuidarlas. ¿Será el párroco o tal vez el obispo, que es la máxima autoridad? ¿Será que no tienen dinero? Entonces, mi conciencia, que siempre se mete a donde no la llamo, me respondió en voz alta: «Pelado», me dijo. «El obispado tiene ingresos económicos de las galerías que tiene alquiladas, tiene un colegio particular y otros medios más. ¿Por qué, entonces, no invierte un poco de ese dinero para reconstruir las torres de ambas iglesias?» Mientras estaba perdido oyendo a mi conciencia, escucho que un joven ofrece panchos “proiglesia”. Colaboro y saboreándolo me encamino a Cristo Rey. Ahí, como en todas las demás iglesias que había recorrido, me encontré con unos alumnos que me saludaron y se asombraron al verme en ese lugar, respondo los saludos y me arrodillo en una de las bancas, cierro los ojos y rezo al Dios de todos.
Ya cansado, me voy a San Sebastián, mi amigo Gacho está ajetreado con sus feligreses, no me acerco y me oculto tras de una multitud de personas, ingreso a la iglesia, me siento en la última banca, bostezo, ya no sé qué decirle a Dios, porque creo que todo se lo he dicho en la anterior iglesia; salgo, cruzo la calle y me subo a un ómnibus que me lleva hasta Las Pampas.
Las Pampas, 20 de abril de 2017



