Las ruinas de la Universidad Central de Venezuela son el espejo de un país que agoniza

Escrito por: Federico Vegas

Novelista y ensayista venezolano. Egresado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela.

La Ciudad Universitaria de Caracas, campus principal de la Universidad Central de Venezuela (UCV), fue declarada Patrimonio de la Humanidad en diciembre de 2000. Koichiro Matsuura, el entonces director general de la Unesco, resumió las razones de la decisión: “La Ciudad Universitaria es una obra maestra, un ejemplo de realización coherente de los ideales artísticos, arquitectónicos y urbanísticos de principios del siglo XX”.

Dos décadas después, este paradigma de arte, urbanismo y arquitectura va camino de convertirse en una ruina, como si aquel extraordinario reconocimiento, hubiera sido una condena en vez de un premio a la excelencia. Partiendo de la declaración de la Unesco, las implicaciones de semejante decadencia, gestándose en uno de los más importantes símbolos espirituales e intelectuales de Venezuela, conciernen a toda la humanidad. Si la civilización es capaz de disfrutar y nutrirse contemplando sus mejores creaciones, también tiene el deber de protegerlas permitiendo que continúen ofreciendo sus eternas lecciones.

Hace unos ocho meses se fracturó, por falta de mantenimiento, el tramo más importante y neurálgico de la red de pasillos cubiertos que conectan las diferentes facultades de la Ciudad Universitaria. Habían dejado de limpiar los drenajes del techo y la cubierta ondulada se transformó en un enorme pozo cuyo peso produjo el colapso de las columnas. Fue entonces cuando se hizo estrepitosamente evidente lo que todos sabíamos: la Ciudad Universitaria de la UCV se está muriendo y su agonía puede pasar desapercibida en un país donde tanto perece y tan poco nace.

Venezuela está devastada por razones que van de la desidia a una avasallante corrupción. Enfrentamos tragedias silenciosas, telúricas, que pesan en la conciencia y en el alma, como la gradual degradación y destrucción de nuestro sistema educativo. La deserción en la educación media alcanzó el 50 por ciento en 2020 debido al éxodo de más de cinco millones de venezolanos y la pandemia, mientras el 95 por ciento de los planteles educativos están deteriorados. El país ha perdido casi la mitad de sus maestros desde 2015 y los déficits en la calidad educativa se profundizan cada día, de acuerdo con varias estimaciones. La economía venezolana puede reactivarse, pero sin el respaldo de la educación carece de continuidad, orientación y futuro.

En la última década ha tomado cuerpo lo inconcebible: una Ciudad Universitaria que comienza a convertirse en una suerte de ruina arqueológica. Lo que antes era lento comienza a precipitarse. El tiempo en Venezuela ha comenzado a transcurrir a la inversa. La historia fluye hacia atrás, como una corriente que nos debilita, desconcierta y desintegra. Nuestro futuro parece existir sólo en las obras de un pasado que se desvanece.

Tras llegar al poder en 1999, Hugo Chávez intentó seducirla con poemas y citas tomadas de los libros de moda. Al no conseguirlo, buscó doblegarla negándole recursos económicos esenciales para su sobrevivencia. En 2007, los estudiantes de la UCV se levantaron junto con los de universidades privadas en una serie de protestas contra las medidas autoritarias del gobierno contra la libertad de expresión. Y fueron fundamentales para derrotar la reforma constitucional propuesta ese año. Los partidarios de Chávez nunca pudieron ganar en las elecciones universitarias. Al contrario, cuando se hizo evidente el capitalismo salvaje y opresor del chavismo, la UCV renovó su espíritu opositor y ahora, en la óptica del gobierno de Nicolás Maduro, simplemente no existe. No hay represión más hipócrita que la desidia y la asfixia. Estamos hablando de un régimen cuya noción de mantenimiento es mantener a la cultura bajo la lápida de un absoluto abandono, como es patente en el sistema de museos nacionales.

La Ciudad Universitaria fue concebida y diseñada por un padre eterno. Carlos Raúl Villanueva es el arquitecto venezolano con la obra más amplia, influyente y reconocida mundialmente. Los aportes de su evolución creadora abrieron caminos a generaciones y sus propuestas abarcan diferentes escalas y temas.

Sobre terrenos de un antiguo cuartel, Villanueva diseña en pleno centro de Caracas el grupo escolar Gran Colombia, el cual cumple con la visión del arquitecto Leon Battista Alberti en el siglo XV: la ciudad es una gran casa y la casa una pequeña ciudad. Se trata de una arquitectura que mientras la recorres aprendes a ser un ciudadano. A una escala más amplia, la Ciudad Universitaria encarna esta visión que concibe a la ciudad como una experiencia educativa y a la escuela como un hecho urbano.

El proceso de su creación fue sorprendente incluso para el propio Villanueva. Mientras organizaba los volúmenes a lo largo de un eje clásico, propio de su formación en la École des Beaux-Arts de París, su visión da un profundo giro. A su idea original de integrar Ciudad y Educación agrega una tercera dimensión, la del arte. No se trata de un arte expuesto en un museo, sino un protagonista activo en el proceso de crear una nueva concepción del urbanismo y de la educación.

Los murales, mosaicos, vitrales y esculturas de la Ciudad Universitaria son parte integral de la creación de nuevos recorridos y perspectivas a través de rampas, marquesinas, umbráculos y patios, que van desde la Plaza Cubierta (un recinto exterior pleno de sombras) hasta el Aula Magna (un espacio interior lleno de luz y color), donde las grandiosas nubes del escultor Alexander Calder sirven de pantallas acústicas que unifican lo útil y lo puramente bello, elevando la integración de las artes a su más prodigiosa expresión. En la apoteosis del arte que es la Ciudad Universitaria, participan, entre otros, Victor Vasarely, Alejandro Otero, Jesús Soto, Alexander Calder, Jean Arp, Henri Laurens, Fernand Léger, Antoine Pevsner, Mateo Manaure.

Cuando se hicieron públicas las deprimentes imágenes del pasillo fracturado, conocimos también datos que revelan otro tipo de fractura: en la Facultad de Arquitectura, por ejemplo, un profesor a tiempo completo gana cinco dólares al mes. La cifra es difícil de creer y asimilar. Hace falta una profunda pasión de educador para someterse a semejante humillación. Estos hechos ilustran una estrategia que el gobierno chavista de Maduro esgrime sin pudor: “Moral y luces son nuestras últimas necesidades”. Justo el reverso de la frase más venerada de Simón Bolívar (“Moral y luces son nuestras primeras necesidades”).

Es tan fácil dejar volar la imaginación en un ejercicio de futurología distópica: una Ciudad Universitaria vaciada de estudiantes y profesores, abandonada a la indigencia y la rapiña, saqueada de sus obras de arte. Del Aula Magna, sin el aroma de la madera de nogal y las nubes de Calder (vendidas por unidad), solo quedaría el enorme volado de su balcón suspendido. No será fácil arrancar las obras de Vasarely integradas a los muros, pero temo por el vitral de Leger en la biblioteca. Y la UCV no es un caso aislado. Otras universidades públicas del país están siendo arrasadas. 

Tengo buenos amigos entre los estudiantes y profesores de la Facultad de Arquitectura de la UCV y observo con devoción sus intentos de mantenerla viva con sus propios medios, pero temo que este espíritu de autonomía y sacrificio no será suficiente mientras se deteriora la mayor y más universal obra de la arquitectura, el urbanismo y el arte venezolanos. El verso “Esta casa que vence la sombra” inicia la segunda estrofa del himno de la Universidad Central de Venezuela. ¿Podrá resistir una casa cuya única defensa son sus estudiantes y profesores? El Consejo de Preservación y Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela (Copred) ha iniciado la recuperación del techo fracturado. Celebro su lucha por mantener vivo nuestro legado, pero sé que no es suficiente. Quiero creer que el mundo no abandonará a su suerte una herencia que es patrimonio de la humanidad.

Necesitamos la fuerza de estas dos palabras tantas veces pronunciadas con ligereza: “patrimonio” y “humanidad”. Si en el año 2000 la declaración de la Unesco fue motivo de orgullo y celebración, veintiún años después esta misma declaración debe convertirse en un instrumento de guía y sobrevivencia. La tarea de la Unesco no puede limitarse a ponderar las obras del pasado; su principal labor es integrarlas a la cultura viva y la civilización en el presente. La Unesco debe llamar la atención sobre la actual agonía de nuestra Ciudad Universitaria en el siglo XXI con el mismo vigor y la misma relevancia que una vez celebró “un ejemplo de realización coherente de los ideales artísticos, arquitectónicos y urbanísticos de principios del siglo XX”.