LAS GUERRAS DE MARIO MALPARTIDA

Andrés Jara Maylle 

Sombras de la guerra: tres historias, sugestivas y atormentadas, tres historias que al leerlas nos deja sin aliento.

No hay duda de que los sucesos del Perú en los años ochenta y noventa del siglo pasado son hoy, para muchos escritores, una inagotable fuente de historias dramáticas y dolorosas, aun sabiendo que nunca se logrará mostrar la verdadera dimensión de la tragedia, pues somos conscientes de que la realidad siempre superará a la ficción.

Por eso, el que se atreve a describir, literariamente hablando, la violencia de aquellos tiempos aciagos, deberá hilar fino, porque de lo contrario puede sucumbir en el intento. No es el caso de Sombras de la guerra. Y por varias razones. Una de las principales es que su autor posee todos los secretos de un buen narrador, tiene la experiencia cuajada a través de los años y de sus muchos libros publicados, todos de calidad indiscutible; además, sabe sortear las muchas trampas que la literatura de esa temática le puede tender en el camino; en suma, su autor es diestro para transitar con soltura y tranquilidad esas rutas a veces abruptas que le impone el acto de crear un cuento.

Así, Sombras de la guerra se constituye en un libro muy particular toda vez que aborda temas al margen de su nostalgia ya reconocida, al margen de construir historias en base a sus recuerdos de un antaño que a estas alturas, para sus lectores consuetudinarios se ha convertido en elemento mítico de su narrativa.

Pero no se crea que con Sombras de la guerra Mario Malpartida ha cambiado de vereda. Lo que sucede es que, sin renunciar a la nostalgia, al recuerdo, a los acápites de la infancia, en las historias que aquí se narran ya no aparece el personaje alter ego del autor. Pues ahora los personajes han sido desarrollados en base a las experiencias vividas o no vividas por su autor, a la información directa o indirecta sobre el tema.

Sombras de la guerra reúne tres relatos: Flores del campo, Frente interno y El niño y su madre. Los tres tienen que ver de un modo explícito o implícito con la violencia social: esa violencia que viene de todos los bandos y en donde aparentemente no hay inocentes porque todos, de algún modo, son culpables.

En Flores del campo se relata la trágica historia de Margarita, estuprada y humillada primero por los “terrucos” y luego por la soldadesca. De la noche a la mañana la joven e inocente Margarita, coronada como jipash de su pueblo por su belleza sin par, ve transformarse monstruosamente su vida conduciéndola, indeteniblemente, hacia el barranco de la muerte.

Como en muchos de sus relatos, Mario Malpartida, usa admirablemente el dato escondido, técnica con la cual hace que el lector reciba dosificadamente los elementos claves de la historia. También es destacable el final abierto del relato, pues no se llega a saber, ciertamente, si la protagonista usa el barranco como la última solución para su drama o, a último minuto, decide darse una segunda oportunidad, al sentir en sus entrañas un nuevo latido de vida.

Tal vez Frente interno escapa levemente al tema de la violencia social (aunque intrínsecamente se mantiene unida como consecuencia de ella). El hecho es que en este caso la “guerra” se concentra en el alma, el corazón y la mente de los dos protagonistas: dos esposos, ancianos, en la que ella parece que sufre de Alzheimer, pero que en sus arrebatos de oscuridad y lucidez sabe que tiene que hundir el cuchillo homicida que siempre merodea por la casa. Cobra especial importancia la carga sicológica de la historia cuando los ancianos, literalmente, no saben qué hacer con sus gastadas vidas.

En El niño y su madre, el tercer cuento de Sombras de la guerra, se funden los recuerdos dolorosos que atormentan, la sicología justiciera disfrazada de venganza a través del monólogo de un adolescente que no conoce a su padre y que desde su temprana niñez se vio obligado a errar por el mundo junto a su madre, quien esconde una historia secreta, íntima y, por eso mismo, desgarrada que le punza el corazón.

Si hay que señalar animosidades, muy al margen de la indiscutible calidad de los tres relatos, por alguna razón que no logro explicar, tendría que quedarme con El niño y su madre. No porque sea mejor que las anteriores, sino tal vez porque nos identificamos con el dolor de la mujer-madre, con la inocencia de los niños. Tal vez porque muy dentro de nosotros mismos también abrigamos rebelarnos contra todo tipo de injusticia.

Estas tres historias con sus dramas y angustias indecibles, tienen un denominador común: Toda la carga de violencia, sadismo y desprecio hacia la vida se da siempre contra los seres más inermes; las mujeres, los niños, los ancianos. Los que más sufren la violencia son los desposeídos, los pobres sin otro camino que quedarse y soportar las crueles consecuencias. Otro denominador común es que, en cualquiera de los tres relatos, la única posibilidad para salvarse de sus estragos, es la muerte, aunque no se mencione directamente, sino que subyace, a través de los finales abiertos que muy bien maneja el autor.

Y para terminar, un dato curioso, que sirve, quizás, para amainar la carga dolorosa de los personajes o morigerar el alto grado de tragedia que se vive en cada historia, o simplemente para endulzar la amargura de la vida: las protagonistas principales de todas las historias son mujeres; y cada una de estas mujeres tienen nombres de bellas flores: Margarita, Hortensia (Dalia), Camelia (Violeta) y Azucena.