César Augusto kanashiro Castañeda
El Metaverso se exhibe en nuestro presente como un imaginario futuro posible que implica la necesidad de pensar en los cambios que deberán instrumentarse en todos los ámbitos institucionales de la sociedad para poder adaptarnos a la nueva experiencia virtual; mientras que, por otro, a las nuevas relaciones que surgirán entre los seres humanos y que constituirán la base política del futuro. Dicha experiencia contendrá, articulará y complementará a la realidad tradicional con la realidad virtual formando un continuum semiótico dentro del cual se perderá la rigidez fronteriza entre ambas realidades.
A partir del siglo XVIII se empezó a utilizar virtual en oposición a real, acompañando en calidad de no existente a la ficción. De esta manera, se pasó a utilizar el término como lo que pasa por algo diferente de lo que es la realidad. Este “pasar por” implicaba un componente de falsificación respecto a lo percibido como real. Así, parecería que la inmersión se da en un ámbito virtual que por el uso desde el siglo XVIII sería un lugar que no corresponde con la realidad. Sin embargo, podemos preguntarnos si la inmersión en el Metaverso sería en un lugar fuera de lo real. De acuerdo, al tercer y cuarto grado de inmersión, así como el lector puede perder la capacidad de discernir entre la realidad textual y la realidad, quien se introduce en el Metaverso podría perder la capacidad de distinguir entre la realidad virtual y la realidad tradicional.
Dependiendo de cuan profunda sea la inmersión, mayor será la posibilidad de confundir la frontera entre ambos mundos. Aquí surge una pregunta: ¿por qué alguien podría llegar a tal nivel de adicción que no querría regresar a la realidad? Y esta pregunta lleva a la siguiente cuestión: si en el Metaverso podremos estudiar, trabajar, ejercitarnos, entretenernos, socializar, ser parte de la creación de un nuevo sistema económico basado en los NFT (tokens no fungibles), etc., ¿no estamos frente a otro tipo de realidad? En el momento que lo virtual como potencia pasa a ser acto, ¿no nos encontraríamos frente a dos realidades ontológicamente discernibles pero complementarias? Una vez el Metaverso en funcionamiento, será un mundo posible al cual podremos acceder y, por lo tanto, la frontera tal vez no se establezca entre un mundo real y uno virtual, sino entre dos realidades diferentes. De esta manera, esta frontera puede pensarse como la división geográfica entre dos países entre los cuales, si bien hay diferencias, ninguno deja de ser pensado como parte de la realidad.
Pensar en el Metaverso significa considerar que se debe producir un cambio en el imaginario social desde el presente hacia el futuro, es decir, un cambio en lo “social – histórico”. Este se define como “la unión y la tensión de la sociedad instituyente y de la sociedad instituida, de la historia hecha y de la historia que se hace”. En el presente accedemos a lo instituido, a lo ya establecido que intenta imponerse como lo determinado, siendo de esta manera antagonista del cambio. Podemos pensar que el uso de internet, redes sociales, y campus virtuales se encuentra establecido en nuestro presente como una actividad normal e indispensable para el desarrollo de nuestra vida social, laboral, educativa, económica, etc.
Las consecuencias políticas de la implementación del Metaverso como una segunda realidad articulada y complementada por la realidad tradicional se hacen presentes en un imaginario futuro posible en el cual las instituciones que estructuran las sociedades deberán adaptarse a los requerimientos de la realidad virtual. Una de las cuestiones que surge es que, si hay una extensión de las Constituciones Nacionales de la realidad tradicional a la realidad virtual, definitivamente estaremos en presencia de la destrucción de la frontera entre ambas realidades. Si el Metaverso nos permite realizar una actividad económica, es posible que nos permita cometer algún tipo de delito. Si el mismo implica incidencias en ambas realidades (podemos imaginar un delito económico con desvío de fondos hacia la realidad tradicional), no es exagerado pensar que una condena judicial puede ejecutarse en una o en ambas realidades. En este punto sería interesante conocer que habría pensado Jeremy Bentham,3 quién teorizó que la ficción estaba basada en la simulación, en el fingimiento.
De implementarse el Metaverso, será necesaria una reestructuración institucional en la cual se deberá decidir si hay transferencia normativa de una realidad a la otra en los ámbitos político, económico, educativo, empresarial, etc.; o si, más allá de su relación simbiótica con la realidad tradicional, Por otro lado, también será fundamental evitar el pensamiento de que la realidad virtual ofrecida por el Metaverso puede ofrecer un Oasis utópico donde las carencias de la realidad tradicional sean superadas.




