Escrito Por: Marcos Cancho Peña
El último lunes, Lima cumplió 486 años de fundación. Pero la capital no es solo mazamorra y Plaza de Armas, aunque insistan las agencias de turismo.
En Lima, la fragmentación por clases económicas es notoria. No es lo mismo pasar un domingo disfrutando en “Los Inkas Golf Club” que pasarlo vendiendo caramelos en los buses para llevar un pan a casa. Por eso me resulta tan incómodo el aviso de “Lávate las manos para prevenir el COVID-19”. El lavado de manos es un lujo en los cerros donde cada balde de agua tiene un costo. Urge que se realice un análisis profundo de dicha situación dispareja, no que se le romantice con películas como “Asu Mare”. Y no me cuenten el chiste de “el pobre es pobre porque quiere”, porque ya lo he escuchado antes y no me causa gracia.
El caos vehicular también es una de las falencias. Atropellos, intervenciones, fugas. En la capital, los autos no se detienen, aunque arrastren papeletas por millones de soles. Y cuando son intervenidos, se dan a la fuga, atropellando a todo lo que esté a su paso (incluye personas). Es así como pasamos el día entre puteadas por parte de los choferes y el clásico “baja, baja, pie derecho” de los cobradores. Existe tanto tráfico que es imposible calcular con exactitud el tiempo que nos toma dirigirnos de un distrito a otro. Y el caos, debido a la costumbre, ya hasta nos parece normal. Formamos parte de una jungla perdida de neumáticos en movimiento.
Otro problema de la capital son las huacas olvidadas. Estas suelen parecer basurales antes que monumentos arqueológicos. El Estado no se preocupa por recuperar y conservar la historia que aún está entre nosotros. Pero cuando hay quienes sí lo hacen, prefieren darles la espalda. Un claro ejemplo es el caso del investigador autodidacta Enrique Niquin Castillo y su “Museo de los Colli”. Don Niquin posee miles de restos arqueológicos en su centro; sin embargo, las autoridades no han brindado financiamiento. El Ministerio de Cultura pierde una gran oportunidad de exponer la riqueza de los Colli a los niños de la zona y generar identidad cultural a temprana edad.
Es fácil apagar velas en nombre de Lima cada 18 de enero; lo verdaderamente complicado es identificar los problemas de la capital y exigir que sean resueltos. Queda claro que no necesitamos alcaldes mudos, ni caperuzas, ni holgazanes. Necesitamos gente activa, que le devuelva el color a la ciudad. Lima no nació gris.




