sad child sitting alone at the lake on a cloudy day

LÁGRIMAS

Escrito por: Jacobo Ramírez Mays

Después de un buen rato buscándolo, al fin lo encontré. Estaba sentado al borde del arroyo, con los pies sumergidos en el agua, observando su recorrido. Me acerqué con la intención de decirle algo para consolarlo. Cuando estuve muy cerca de él, levantó los ojos enrojecidos por las lágrimas, me miró, suspiró y volvió a adoptar la misma posición en que lo había encontrado.

Le toqué el hombro, tratando de consolarlo. Levantó la mano, la puso sobre la mía, y me dijo: «¿Por qué a mí me tienen que suceder todas estas cosas?» Quise responderle, pero el nudo de mi garganta no me lo permitió. Continuó hablando: «La quería mucho. Recuerdo cuando me la trajiste; te esperé en la puerta de la casa con media hora de anticipación, y ni bien estacionaste tu motocicleta, fui al encuentro de ustedes. Ahí estaba ella, metida en tu mochila, mirando un poco asustada a todos lados; sus orejas largas y casi encrespadas y su color caramelo se quedaron desde ese momento en mi cabeza, en mis sueños. Entonces me la entregaste; y la acaricié y la besé y le puse su nombre».  

Por un momento pareció perderse en sus recuerdos; al cabo de unos segundos, prosiguió: «La educamos como correspondía; y casi nunca te dio cólera, excepto, claro, las veces que, saltando, lograba jalar la ropa que tú lavabas, y, después de jugar con ella, la dejaba inservible». Dijo esto último, y soltó una sonrisa torciendo su boca un poco. Me miró y vi que una lágrima surcaba su tierno rostro; comenzó a correr a gran velocidad, como si quisiera escapar de alguien; una vez que llegó al borde de su quijada, saltó rápidamente y se perdió en la nada. Entendí entonces que las lágrimas tienen vida, y que una vez que salen de los ojos de uno, tienen dos opciones: quedarse en el rostro, disfrutando, masoquistamente, el dolor; o saltar sin temor, suicidándose, para ya no sufrir más. Las lágrimas que salían de los ojos tiernos de mi pequeño eran, desde luego, de las segundas.

Me senté a su lado, lo abracé, le quise decir algo, pero esas mis lágrimas toscas, que surcaban mi piel curtida, avejentada y con barba, no me lo permitieron. Él, con su tierna voz, continuó hablando. «¿Quién me lamerá ahora las manos después de que les haya echado azúcar, disimuladamente? ¿Sobre quién pondré mis pies desnudos mientras desayunemos, almorcemos o cenemos? ¿Quién perseguirá, junto a mí, la pelota en el patio? ¿Quién me esperará en la puerta, moviendo su colita, ladrando de alegría y dando brincos cada vez que llegue del colegio o salga contigo o con mamá a la calle?».

Cuando terminó de hablar, ya no era una lágrima la que salía de sus ojos tiernos, sino muchas, que comenzaron a formar un pequeño arroyo en su cara, la misma que parecían tener un cauce por donde surcaban todas juntas. Escuchando los lamentos y sintiendo el dolor del desafortunado, se abalanzaban al abismo; algunas se ahogaban en el momento, otras quedaban suspendidas por un instante, para después de volver a ver al niño, soltarse y dejarse morir en silencio.

Entonces se paró, me abrazó fuerte, sentí su rostro mojado, me dio un beso y me dijo al oído: «Papá, prendamos una vela para que el alma de mi adorada California llegue al cielo; para que ahí San Pedro descanse sus pies sobre su lomo; para que le lama las manos ensangrentadas a Cristo, que ya no está crucificado; para que cuando el tío Shata vaya a buscar a algún familiar, le ladre tan fuerte que suene como si fueran los truenos». Escuchándolo hablar así, nos fuimos a la casa, le entregué la vela que me pidió, la puso en el suelo, la prendió, juntó sus manitos y, en silencio, le vi rezar y llorar por última vez.

Las Pampas, 22 de octubre de 2020