Por Arlindo Luciano Guillermo
Niños personajes, primer amor, bolero, barrio popular, corralón, colegio, fiesta de promoción, muerte trágica, resistencia ante un desalojo, contexto social y político; monólogo como estrategia narrativa y roles de pronombres en espacios y tiempos definidos. El primer libro de cuentos de Mario Malpartida Pecos Bill y otros recuerdos fue publicado hace 37 años. Yo era estudiante universitario, amigo de tertulia, café y bares de los miembros de la Agrupación Cultural Convergencia, lector de los “tres en raya”. Recibí la primera edición autografiada por el propio autor cuando vivía en el barrio de Izcuchaca. Los seis cuentos encandilan por la ternura, la nostalgia, la evocación de tiempos que nunca regresarán y la novedad de narrar ficciones literarias. Mario Malpartida tenía 39 años, hacía 17 que decidió vivir en Huánuco. Los personajes de Pecos Bill, el lenguaje dinámico, claro y rítmico y la nostalgia convertida en fuente de creación literaria están frescos y vigentes en los lectores.
Un profesor con gusto literario ha pedido a mi hija la lectura de Una melena dorada en la tribuna y Pecos Bill y otros recuerdos. El primero lo conseguimos fácilmente; el segundo está agotado. Buscamos Pecos Bill en vano. La respuesta era la misma: “Ya no se edita”. Ante esta situación tuve que tomar decisiones: darle la primera edición con la firma de Mario Malpartida, que conservo en la biblioteca familiar, la segunda o tercera edición; opté por la tercera. Convenimos encontrarnos en su academia de baile moderno. Cuando quise entregarle el libro caí en la cuenta que lo había olvidado en el Bajaj. Ahora solo me queda la primera y segunda edición. Willy Garrido insiste que no hay, Hervert Laos me dice lo mismo. La esperanza es Mario; tampoco tiene un ejemplar. Repito mil veces: “¡Mi libro, maldita sea! Me duele mi libro”. Elisa me mira y se ríe. Pienso, mientras como distraído mi ensalada de frutas y ella un sánguche vegetariano y jugo de papaya, en Beto Núñez, experto en encontrar libros agotados, sin reediciones; tiene olfato para ubicar libros. Mi hija ya está en su casa. Lo llamo. Me devuelve la llamada a los 20 minutos y me dice, ya lo tengo. Nos encontramos frente a la iglesia San Sebastián. Me apresuro antes que el libro desaparezca. ¡Doce soles! Es la segunda edición de 2008 en buen estado de conservación. Lo encontró en el vendedor de libros del puente Sebastián. Cojo el libro y me voy a casa sereno porque ya tengo otra vez Pecos Bill y otros recuerdos. Esa misma noche lo leí como la primera vez.
En “Ese mal viento otra vez”, el niño narrador y personaje, a través del monólogo, ha terminado la primaria y ha confesado sus sentimientos amorosos a su profesora; en “Los colores de la vida”, otro monólogo, se relata el reencuentro de exestudiantes de la secundaria y las perspectivas giran en torno a una muchacha a quien llaman Momposina o Merenguita. “¿Te acuerdas de Pecos Bill?”, es el cuento emblemático. El narrador se dirige a un interlocutor que no responde y le interpela constantemente sobre Pecos Bill. El final del relato queda abierto para la especulación y la ambigüedad. ¿La mujer con quien conversa el narrador estuvo junto a Pecos cuando fue intervenido por la policía? Este cuento es un paradigma de uso del monólogo, lenguaje con acelerador controlado, alternancia de tiempos y espacios, tono evocador y nostálgico, la incorporación pertinente del referente social y político. “La Cruz de la Esperanza” es la resistencia heroica de gente pobre a un desalojo que provoca enfrentamiento y violencia. Un niño, cuyo nombre nunca conocemos, cuenta los sucesos a un policía. “Ritmo y sabor” es un elogio al bolero en el contexto de un romance donde Katia Benavente prefiere a un cobrador solvente y no a Colorete Piqueras, un vecino del corralón y precario como ella. “La oscuridad de adentro” es el único cuento, aunque se mantiene el monólogo, donde el personaje o el narrador es un niño. El Negro Efraín Ramírez muere trágicamente. Es una historia paralela: juego del cuy y la concurrencia al burdel. El narrador testigo cuenta cómo un amigo suyo fallece calcinado, cuya causa está entrelíneas en el relato. ¿Por qué lo hizo la prostituta Ivonne?
Pecos Bill y otros recuerdos se editó para la posteridad; ha cumplido tres requisitos que exige la trascendencia de un libro: supera las exigencias del tiempo, reediciones agotadas y preferencia de lectores. Lo lee el niño, el adolescente, el adulto, el veterano de biblioteca o el lector zahorí. La identidad del narrador de “La Cruz de la Esperanza” se revela en el último párrafo del cuento. Ahí sabemos que es un niño testigo quien cuenta la historia a un policía en la comisaría. Eso no se había leído en la literatura de Huánuco, excepto en los cuentos de Adalberto Varallanos: “La muerte a los 21 años” y “En Chaulán no hay sagrado”. Mi hija leerá el libro y, seguramente, conversaremos. Los libros que impactan la sensibilidad del lector y afectan la serenidad emocional son aquellos que retratan realidades afines y personajes empáticos. El lenguaje literario es apenas vehículo efectivo y el ropaje estético. Regreso cada cierto tiempo a Pecos Bill para embriagarme con la nostalgia y no olvidar que los tiempos felices de la infancia son dignos de recordación.
El inicio de “¿Te acuerdas de Pecos Bill?”, es una epifanía de la narrativa de Malpartida: “Era el que cabalgaba siempre a mi lado y al que tú recriminabas tanto por no haber aprendido a disparar, a matar en los asaltos a la diligencia de la Wells Fargo, cuando el viejito que la conducía atravesaba de canto a canto el largo cañón que era el corralón donde vivíamos. El viejito hacía como que sacaba su escopeta y se escapaba disparándonos con uno de sus periódicos mientras iba gritando a voz en cuello los titulares más escalofriantes de la Última Hora, que en esa época sí podía jactarse de saber decir las cosas en la forma como lo entendía más fácilmente el vecindario” (Pág. 21). Aquí aparece el yo, el tú y el nosotros. ¿Quién narra la historia? El suspenso es relevante; es un monólogo. Los personajes son gente pobre, pero con derecho a la fantasía. Los verbos están en pretérito y se advierte que el narrador va a evocar tiempos idos, que se reconstruirá con la memoria y la imaginación. El nombre de Pecos Bill nunca se sabe. Ahí está un gran acierto (como recomienda Flaubert y Vargas Llosa): el narrador es apenas identificable como uno de los niños que vivió en una barriada con apremios económicos. Otra particularidad es el diestro manejo del dato escondido, que insinúa, que desconcierta al lector. Los libros que motivan la relectura han sido escritos para la memoria colectiva. Hay libros que se publican y no tienen lectores. No son generosas mis opiniones, sino sentimientos y emociones de lector obsesivo que disfruta de la literatura. Los libros publicados para la vanidad y el currículo no tienen lectores ni relectura. Pronto Pecos Bill llegará a su destinatario idóneo para su lectura. Pecos Bill es eterno.




