Por: Jorge Farid Gabino González
Incorporado a finales de 2017 en la primera actualización del Diccionario de la lengua española, el neologismo “posverdad” registra la siguiente inquietante definición: «Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales».
Acertada inclusión desde todo punto de vista, la incorporación de la voz en cuestión realizada por la Academia, al igual que la de otras tantas relacionadas con el auge de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (hacker, cracker, clic…, por citar unos ejemplos), viene a llenar un vacío que hace ya no pocos años andaba requiriendo llenarse. ¿La razón? Los cambios vertiginosos a que se ha visto sometida nuestra sociedad en las últimas dos décadas, que en gran parte no son otra cosa que la consecuencia natural, según se apuntó arriba, del indiscutible apogeo de lo antedicho. Hecho de lo que la Corporación y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) han demostrado tener clara conciencia. Muy al contrario de lo que usualmente suele decirse: que la RAE, lejos de incorporar las nuevas palabras a su Diccionario cuando es menester hacerlo, acaba haciéndolo, con incomprensible desidia, cuando estas han caído ya en desuso.
En fin. Lo cierto es que “posverdad”, término con que hoy reconocemos a leguas la acción de marras a la que alude su significado cada vez que la encontramos en boca de nuestros políticos, pone sobre la mesa un tema que en el caso de los peruanos viene a cobrar una indiscutible y preocupante contemporaneidad. Hablamos, desde luego, de la manera en que hoy se ha pasado a asumir la peruanidad, esto es, «El carácter o condición de peruano» (RAE, 2014).
Pues bien, todo hace indicar que atrás quedaron los tiempos en que, por ejemplo, nuestra “peruanidad” (como bien indicó Víctor Andrés Belaunde en su ensayo epónimo) se evidenciaba a través del afecto que le brindábamos a nuestras tradiciones, del respeto que le profesábamos a nuestro milenario pasado, de la defensa irrestricta que hacíamos de nuestro suelo patrio. Hoy esto ha cambiado, o, si se prefiere, y como reza la definición de “posverdad”, ha sufrido una distorsión deliberada. De hecho, ya a pocos les importa, por decir algo, saber por qué rayos cada 7 de junio se conmemora el Día de la Bandera. ¡Qué Francisco de Bolognesi ni qué Alfonso Ugarte! ¡Si nuestros héroes son una reverenda huevada comparados con los “héroes” de nuestros días! Ni siquiera hace falta tener dos dedos de frente para saber que nuestros referentes patrióticos, según se nos quiere hacer creer ahora, hoy son otros. ¿Los nombres Paolo Guerrero y Jefferson Farfán les dicen algo? Así de jodidos estamos. Porque esa es hoy nuestra realidad, nuestra verdad, nuestra posverdad.
Hoy el Perú asiste a una de las peores crisis políticas, morales y sociales que ha sufrido jamás, pero a nadie parece importarle un maldito carajo. Salvo una que otra honrosa excepción, a la mayoría de los peruanos les interesa más lo que sucede dentro de una puta cancha de futbol, que en la mayoría de los casos se halla a kilómetros de distancia, que lo que acontece en sus propias narices. Puede estar el Perú desangrándose por la delincuencia y los feminicidios, pueden haber aumentado los índices de pobreza, puede nuestra clase política estar levantándose en peso el erario público, puede el Perú, en definitiva, estar yéndose a la mierda; pero la gente prefiere promover multitudinarias marchas en favor de la inocencia de un tal Paolo Guerrero… Y aunque suene trillado decirlo: ¿En qué momento se jodió el Perú?
Ojalá nomás que cuando pase la fiebre del futbol, y vuelvan por fin las aguas a su cauce, este pobre país nuestro no haya terminado de irse a la mierda. Ojalá.



