LA VENDEDORA

Por Jacobo Ramírez Mayz

Se me acerca, es gordita, está puesta su mascarilla, un pantalón negro y una blusa blanca. Me saluda con mis nombres y apellidos completos. Me sorprende, porque el único que me saludaba así era el profesor Andrés Cloud, y lo hacía para cochinearme. La miro y, casi gritando, para poder oírla, me dice: «Usted es el escritor, ¿verdad?». Afirmo con la cabeza, sin decirle nada. «Yo leí su libro y me gustó mucho», me dice. «Qué bueno», le respondo, y le agradezco por su deferencia.

«¿Por qué está andando así con su barba recrecida, todo mishicara?», me dice y sonríe. Felizmente, estoy con mi mascarilla y no puede leer mis labios, con los que le estoy respondiendo. Saca su mochila, la pone al suelo, la abre y saca un paquete que contiene unos rasuradores. «Estoy vendiendo este producto, que estoy segura que si usted se afeita con esto su carita quedará tan suave como potito de bebé, y rejuvenecerá unos 30 años más o menos, ¿qué dice? Anímese, y de esa manera colabora conmigo», aclara.

Me saca una sonrisa y me convence para comprarle. Mientras busco mi billete para pagarle, la observo y la noto cansada. Estamos en el ingreso a Las Pampas, son las 5 y 30 de la tarde y su compañero, un joven también vestido de la misma manera y con corbata está buscando otra víctima unos pasos más adelante. Le ofrezco una gaseosa y, emocionada, me acepta. Se sienta en la banca del paradero de carros y la veo tomar los primeros sorbos con una emoción propia de un niño que come un chocolate. Le pregunto si estudia, me responde afirmativamente y me menciona el nombre de su instituto. La felicito porque es una señorita que estudia y trabaja, ella me aclara que sí, aunque eso que está haciendo no es un trabajo propiamente dicho. Le pido que me aclare eso. Y me dice: «Lo que pasa es que yo estudio Marketing y estoy en la práctica del curso, el profe nos manda hacer nuestras prácticas para vender estos y otros productos y, de acuerdo a cómo convencemos y vendemos, nos pone una nota». 

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«Y cuánto ganas por vender estos productos», «Casi nada, profesor, es una propina, nos dan un sol por cada producto que vendemos; si somos buenos vendedores, podemos ganar hasta 30 soles al día». Y como en la ciudad casi todos mis colegas están vendiendo yo con mi amigo preferimos salir y nos fuimos hasta Tomayquichua; de ahí estamos regresando caminando para poder terminar con todos los productos que el profesor nos entregó para venderlos, porque no está buena la venta y lo que queremos nosotros es aprobar el curso como sea; si me jalo, estoy fregada, es nota de práctica y hay que hacer un esfuerzo por aprobar. Lo que quiero es ser ya profesional para trabajar y ayudar a mi mamita que está en la sierra».

Miro sus zapatillas. Están rotas, por un lado, y siento pena por ella y recuerdo a muchos  jóvenes a quienes los he visto vender productos parecidos por las calles de Huánuco, todos con sus mochilas y con ganas de querer hacer realidad sus sueños: el ser profesionales. Pero también me pregunto cómo puede haber profesionales que aprovechan la situación para llevar agua a su molino, y pido al tío Shata que apunte en su tarjeta el nombre de ese profesor, para que cuando muera como castigo lo envíe a vender cosas al purgatorio o, mejor, al infierno.

Las Pampas, 19 de mayo de 2022