Por: Jacobo Ramírez Mayz
Después de algunos años, ingresé a la Unidad de Admisión. Trece personas me dieron la bienvenida. Un bloque de papeles me esperaba sobre el escritorio para ser revisado. A primera hojeada, leí sobre competencias y capacidades. Recordando a Nicolás Guillén, mentalmente dije: “Ya se acabó, Baldomero: ¡zumba, canalla y rumbero!”.
La directora era la doctora Violeta. La vi risueña y, como en mi casa mi esposa también tiene los mismos gestos, me persigné y volví a repetir otro verso del mismo poema: “¡Ahora sí te rompieron, papá Montero!”. Pero como chamba es chamba, esperé su orientación. La escuché atentamente, sus conocimientos de temas legales, administración, gestión y liderazgo han hecho, y siguen haciendo, que esta unidad esté dando pasos firmes durante su gestión. No se le escapa nada ni nadie: recuerda todo. Y como buena enfermera, a veces saca su jeringa e inyecta 100 miligramos de actividad; a algunos se lo aplica de forma intravenosa y a otros en las nalgas. Cuando esto sucede, nos deja cojeando.
Algunas veces quiero llamar a Ramón Castilla para que me libere de la esclavitud. Entonces me doy cuenta de que soy blanco, y shucapeando un huayno ayacuchano, sigo cumpliendo con mi deber.
Jesús, que lleva el nombre del hombre más importante de la historia, enseña con el ejemplo que la mejor manera de vivir es no hacer nada. Nos hace entender que hay dos clases de problemas: unos que se solucionan solos y otros que no se solucionan. Ennis, quien recuerda a su padre con lágrimas en los ojos, me ofreció hace algún tiempo leche materna, que es muy buena para restablecer el hígado. Creo que no sabe cómo fabricarla, y estoy pensando seriamente decirle a Víctor, quien se encarga de asuntos virtuales, que le dé lecciones sobre cómo hacer para que las mujeres produzcan leche.
La profesora Isabel, sonriendo y hablando pausadamente, nos da a entender que una vida así es la mejor que podemos vivir. Por otro lado, está la señora Irma; ella trabaja seriamente porque es la encargada de ver planillas. Será por eso que nosotros la miramos de reojo, ya que, si no cumplimos, sabemos lo que nos espera. A su costado está Carlos, quien de rato en rato saca su hamburguesa, la muerde, y el placer en sus ojos es enorme. Piensa que nadie se da cuenta de ello, pero Carito, desde el otro lado, lo mira y sonríe: sabe que no puede hacer nada ante el hambre voraz de su compañero.
Hernán es el que sabe y domina toda la data informática. Conoce tanto de tecnología, que a veces me desespera cuando no puede solucionar algo en su computadora. Sin embargo, sonriendo, y con la serenidad que lo caracteriza, me dice que me tranquilice, que todo tiene solución.
Noelia es la que está luchando con su sobrepeso; el doctor le ha dicho que tiene que bajar esos 20 kilos de más, y ella, con su dieta de causas, panes y papas rellenas, está segura de que lo logrará. Milagritos es “mano de piedra”. Con su yeso en la mano, no sé cómo logra digitar las teclas de la computadora, pero veo que lo hace mejor que cuando está sin yeso.
Paty, creo que tiene rayos láser en sus ojos, porque puede descubrir si uno tiene el calzoncillo roto, y el día de tu cumpleaños seguro que te llega uno nuevo. Nada se le escapa; es una gran observadora.
Milagros, sin diminutivo, es la secretaria. Desde su escritorio, mira a todas partes y está pendiente de todo. Es la que tiene que lidiar con quienes buscan algo prestado y, lamentablemente, después nos lo devuelven malogrado. Martita corretea como chichiwua, y es quien calma la sed de todos los que laboran en esta unidad, que está conformada por un grupo de personas que trabajan arduamente porque saben que su granito de arena ayuda a que la institución siga creciendo.
P.D. Esta nota la escribí en el primer semestre de este año.
Las Pampas, 14 de noviembre de 2024




