Israel Tolentino
“La tierra, último refugio del hombre”, es el nuevo libro de Julio Orbezo, ciudadano del mundo visitando el centro del país con su libro bajo el brazo. El título nos indica algo que consideramos obvio: la tierra, refugio del hombre. Ante ello preguntamos: ¿siempre la tierra ha sido nuestro refugio? Yendo más allá, antes de estar en la tierra, ¿habremos tenido otro refugio?, porque al decirnos el autor: último refugio del hombre, la posibilidad en pensar que antes hemos estado en otra vivienda queda abierta.
Partiendo de tomar el planeta tierra como hábitat y sobre todo, en función del universo, último refugio, quizás el único desde siempre. Vienen más preguntas: ¿quiénes deciden los dueños de este refugio? Todos cuidan su casa, uno más que otro; bajo eso, cada habitante debe cuidar su pueblo, su región, su país. Paradójicamente, si esta premisa se cumpliera, no habría necesidad de concientizarnos. Sin embargo, existe este hermoso libro, que desde la otra orilla, interroga, pregunta si todos quieren y aprecian su casa; ¿será porque hay algo que se está dejando de hacer y el autor observado? en detrimento de la tierra en esta parte de la Reserva de Biósfera Oxapampa – Asháninka – Yánesha (BIOAY). Un área de importancia para la conservación de la biodiversidad y el desarrollo sostenible.

A partir del libro, nos toca mantener una mentalidad autosostenible y de conciencia ambiental, erradicar la visión extractivista del pensamiento colonial que moldea el país y Latinoamérica, un confronto con la responsabilidad que tenemos hoy, y no es una distinción geográfica simplemente, sino mental: ¿cómo estamos siendo moldeados como ciudadanos, como personas? Pozuzo es un lugar equilibrado en orden para cualquier peruano y su limpieza es una excepción de la imagen que se tiene del Perú en cuanto se sale del aeropuerto Jorge Chávez en Lima.
Julio Orbezo presenta “La tierra, último refugio del hombre” en la Institución Educativa Túpac Amaru, en su “Biblioteca Escolar maestra Carolina Egg”, con la presencia de jóvenes estudiantes, todos haciendo preguntas. Norita Bottger cuenta que es la primera vez que se presenta un libro en la biblioteca. La despedida concluye con un punto aparte. Al llegar la noche, se realiza una siguiente presentación, para adultos, en “La Posada de Egg” café emblemático del distrito de Pozuzo, con la compañía de sus dueños don Luis y doña Carmen y con la presentación de la maestra Silvia Pomachagua. Llovieron los autógrafos.

Cada libro contiene a un autor, una compañía, claro, también a varios, pero piensa en un autor, imagina que Mario Vargas Llosa, te regala o le compras un libro en una feria y le pides un autógrafo; cada vez que te acerques al estante donde se guarda ese libro, (lugar especial), al abrirlo, la imagen de Vargas Llosa escribiendo tu nombre en una de las páginas regresará. Esa es una de las cualidades de este objeto, acercarte al autor, quien se quedará contigo y estará presente siempre que abras ese libro. Lo que llamó el filósofo francés Jacques Derrida, la presencia en la ausencia. En el libro, cada lector, se lleva al autor y dialoga con él. Ese encuentro nunca más será ausencia.

“La tierra, último refugio del hombre” es un mensaje sobre la conciencia ecológica, esa relación entre la naturaleza y la vida. El artista alemán Joseph Beuys, quien, viendo los desastres dejados por la Segunda Guerra Mundial en su país, en vez de ponerse a pintar, decidió plantar 7.000 árboles de roble durante varios años en la ciudad de Kassel. Hay momentos donde otras son las urgencias. “La Tierra, último refugio del hombre”, es la conciencia en forma de libro; cada lector, con la edad que carga encima, es desde su encuentro con el título y el autor un instrumento portador del mensaje. Tendrá la labor pedagógica, cívica, humana, de transmitirlo con cada persona con quien se encuentre.

Por práctica y experiencia, enseñar con las palabras es la primera parte; la otra será con la acción. Cuando se plantea el problema de la lectura, el primer método para enseñar a leer a los niños es el contagio, que te vean leyendo; esa práctica, por incompleta que parezca, da frutos; se complementa teniendo una biblioteca pequeña, donde, al tomar un libro, abrirlo y descubrir su contenido, si ese libro no congenia contigo, encontrarás otra oportunidad en otro título, en otro autor.
No se lee para saber o conocer, aunque ello esté implícito en la lectura; se lee sobre todo para sensibilizarse y concientizarse. Un buen lector no lee para guardarse todo esperando el olvido, lee para contar lo vivido, para mantener la memoria (Pozuzo, noviembre 2025).




