Por: José Medina
¿Por qué cruzamos la pista sin mirar al otro lado cuando el semáforo está verde?
¿Por qué consumimos el pan que compramos en la tienda sin ningún temor?
La respuesta a estas interrogantes es sencilla: “Porque existe confianza en los demás”.
Si analizamos la primera pregunta podemos responder de la siguiente manera: Se cruza la pista sin ningún temor porque confiamos en que el chofer se detendrá en el cruce peatonal; también porque pre suponemos que respetará el color rojo que titila en el semáforo; esa es la sencilla e ineluctable razón por la cual no sentimos temor al momento de cruzar la pista cuando el semáforo nos favorece. En el segundo caso, de igual forma: No sentimos temor de comer el pan que compramos en la esquina del vecindario porque confiamos en que el panadero ha utilizado agua hervida, porque entendemos que lo ha preparado con ingredientes que no son dañinos para nuestra salud. Así de sencillo.
Y siguiendo esa línea lógica del pensamiento humano, llegamos al punto medular del presente artículo: “La teoría de los roles”. ¿Qué es eso? ¿Cómo se come? Pues, no es otra cosa que de los “roles” –valga la redundancia- que asume todo ser humano que vive en sociedad. Ese “papel” que todo ciudadano asume como etiqueta personal y que sirve a los demás para el dinamismo de la ciudad, como por ejemplo: el rol de padre, de profesor, de abogado o de escritor… Los roles que un ciudadano asume pueden ser varios al mismo tiempo: como el de padre y carpintero; es así que este individuo vela por el cuidado y desarrollo de su hija en un nivel holístico, y a su vez, brinda a la sociedad su trabajo, fabricando mesas o confeccionando muebles. Y es precisamente por aquellos roles que todos tenemos un cierto grado de confianza en los demás; como cuando sentimos la seguridad que un médico nos curará, o cuando sabemos que los niños están aprendiendo con las clases impartidas por el profesor.
Excelente, ya adentrados en el meollo de los roles sociales, no podemos pasar desapercibido un acontecimiento social que ha estremecido a Huánuco hasta el tuétano. Sí, estamos hablando del “Monstruo de Huánuco”, aquel brigadier de la PNP que ha violentado su rol social de protector, de guardián de las leyes y las normas de convivencia, y se transformó en un ser deforme y despreciable. Nadie sabe lo que hubo de pasar por la mente de este infame personaje; nadie sabe si ha nacido así o si fue involucionando progresivamente hasta llegar a la materialización de su perversión. No, no lo sabíamos y no lo sabemos. No sabemos desde cuándo se formó el monstruo, ni a cuántas víctimas más ha violentado. Lo que sí sabemos es que ha ultrajado lo más sublime y delicado de nuestra sociedad: los niños. Seres indefensos que cumplen su rol de brindar amor a sus allegados, criaturas inocentes que cumplen el rol de educarse para forjar una mejor sociedad.
Es completamente triste escribir sobre esto. Como persona y como ciudadano, me siento muy afectado en la idea que una de las víctimas de aquel monstruo pudo haber sido algún familiar mío, que pudo ser la hija de un vecino o el hijo de un amigo. No puedo concebir tal grado de degradación que ha hecho mucho daño, tanto a las víctimas y familiares, como a la sociedad en su conjunto. Y es completamente natural que la población nunca se sienta segura en la calle, y a veces ni en su propia casa, porque aquella etiqueta que está superpuesta en una persona, como un rol de maestro, como un rol de profesional en sistemas, como un rol de policía… no es garantía ineludible para la perversión.



