LA TEMIBLE BUROCRACIA

Andrés Jara Maylle

En estos días, Gabriel Eligio, como tantos ciudadanos, ha sido víctima de las espantosas peripecias, ante la eventualidad de realizar un trámite que muy bien puede hacerse en menos de veinticuatro horas. Sin exagerar.

Sucede que Gabriel Eligio está tramitando el cambio de uso de su vehículo (de servicio público a uso particular) lo que implica también el cambio de placa de rodaje, toda vez que el que actualmente posee, tiene en la parte superior una franja amarilla que le indica dicha condición. Y como él solo lo utiliza de modo particular para trasladar a su familia o trasladarse él mismo a su centro de trabajo, y como no quiere ser molestado innecesariamente, ya ha pasado muchas veces, por algunos desadaptados miembros de la Policía Nacional, ha decidido realizar las diligencias necesarias sin saber en lo que se metía; sin sospechar que entraría a una vorágine alucinante de colas, indicaciones, solicitudes, esperas y tantos chanchullos más.

Para comenzar con su misión, se fue a la Sunarp. El vigilante le indicó que tenía que hacer una cola en la ventanilla tres, que es la de las consultas. Una cola larga, lenta y tediosa que duró unas dos horas. Todo eso y solo para que la atenta señorita le diga que antes debía tramitar ante la municipalidad una constancia de que su vehículo no se encuentra registrado en ninguna empresa de automóviles que presta servicios en nuestra región; y luego tramitar ante un notario una certificación de cambio de uso del vehículo (Gabriel Eligio no sabe hasta ahora para qué sirve ese documento).

Con esas indicaciones se va con prisa hacia la municipalidad. En mesa de partes, hace nuevamente cola, explica el motivo de su presencia y la señora gorda que atiende le dice que esos trámites no se hacen allí, sino en la cuadra diez del jirón Tarapacá, en la gerencia de transportes. Abrumado, se va mascullando lisuras, camino a la última de Tarapacá. Llega y una gran cantidad de jóvenes, casi todos bayateros, están que se pelean en otra cola interminable.

No le queda otra alternativa y él también se pone en la última ubicación esperando su turno, mientras que el sol sofoca su cerebro y piensa, alucinadamente, que han vuelto aquellos tiempos del primer gobierno aprista. Dos horas más y ya está frente a la ventanilla. Una señorita flaquita, casi esquelética, le entrega un formato de solicitud, le dice que rellene con sus datos, que pague en caja la suma de doce soles y con esos documentos presente su solicitud, esta vez sí, en mesa de partes del municipio. Así que vuelva usted a la Plaza de Armas, señor.

Papeles en manos ahora está aguardando su turno para presentar, por fin, la solicitud de cambio de uso vehicular. La que atiende recibe y revisa sus documentos, le hace firmar  en unos recuadros, le toma su huella digital (su índice derecho) y, casi a la pasada, le dice que en tres días, se vaya a la gerencia de transportes (la última de Tarapacá) para recoger su constancia. ¿Tres días para una simple constancia?

Como sospechando, Gabriel Eligio se va al cuarto día. Hace otra vez su bendita cola, escalera arriba, solo para que le digan, vuelva mañana, señor, pues la susodicha constancia aún no está lista, Al día siguiente, igual: falta la firma del gerente que no se encuentra. Y así, siete días después, por fin le entregan ese inverosímil documento, que él lo guarda como si se tratara de un tesoro conseguido después de mucho esfuerzo.

Ahora, ir al notario para la certificación del cambio vehicular. Allí, otra señorita lo recibe con amabilidad, chequea los documentos, lo mira con sorpresa y le dice que ese trámite no puede realizarlo porque en la gerencia de transportes digitaron mal el número de la placa. ¡Maldita sea!, grita para sus adentros, Gabriel Eligio. Indignado vuelve a la gerencia de transportes a increparle a la secretaria incompetente que no saber escribir bien las letras y los números. En el camino le pasa su cólera, pero debe esperar un día más para tener un documento bien hecho.

Con todo ello, ha vuelto a la Sunarp, ha hecho su larga cola, ha entregado sus documentos completos en mesa de partes y le han dicho que debe esperar entre diez a quince días útiles…

Una pregunta ha estado rondando la cabeza de Gabriel Eligio, en estas semanas: ¿Tanto tiempo, tantos papeles, tantas colas, tantas semanas, para un trámite que puede durar escasos días? Que Dios nos coja confesados antes que ese lento elefante que es la burocracia nos aplaste definitivamente.

Y pensar que en la municipalidad y en el gobierno regional hay testaferros que siguen ofreciendo cargos para pagar clientelismo y para atestar las oficinas públicas de ineptos e ineficaces.