superioridad moral

La superioridad moral de las minorías extremistas

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Sabido es que la superioridad moral por la que dicen distinguirse en la actualidad ciertas minorías extremistas (y hablamos no ya de las del tipo de las que se distinguían antaño por vandalizar comercios o arrojar bombas molotov a instituciones públicas; hablamos, sobre todo, de aquellas que llevan pañuelos verdes o visten prendas multicolores, por poner un par de ilustrativos ejemplos) las ha llevado al extremo de creerse su propio cuento, al punto de haber llegado a autoconsiderarse como las dueñas totales y absolutas de la verdad, como las únicas capaces de merecer el respeto y la consideración de la ciudadanía, como las víctimas por antonomasia de todos los rufianes y canallas que no encuentran mejor manera de pasar el tiempo que ensañándose impune y vilmente con ellas.

Así, para hablar en primera instancia del caso de las feministas (no hacerlo de ese modo sería riesgoso: podría acusársenos de estar discriminándolas, y eso sí que sería imperdonable), no es raro encontrarse hoy en día entre quienes conforman esta suerte de secta, con individuos total y absolutamente convencidos de que todo cuanto los rodea conspira desde tiempos inmemoriales para atacar, para afectar, para perjudicar a las mujeres, por el solo hecho de serlo. Situación la señalada en la que, naturalmente, actuarían en condenable acuerdo todos y cada uno de los hombres que alguna vez hayan pisado la faz de la tierra, y esto también por el solo hecho de serlo.

Y es que para estas minorías extremistas (que no lo son todas, es preciso decirlo, pues las hay también muy valiosas, sobre todo si son de las que luchan legítimamente por causas por las que sí vale la pena luchar; sobre todo si son, por tanto, de las que hacen un uso efectivo de su cerebro, antes que de cualquier otra parte de su cuerpo para llamar la atención) todo aquel que sea de sexo masculino es ya de por sí un enemigo en ciernes, si no declarado, alguien a quien por consiguiente hay que mantener en constante y rigurosa vigilancia, alguien de quien siempre hay que desconfiar y a quien nunca hay que darle ni tan siquiera la posibilidad de poder sorprenderlas, de cogerlas (el verbo, por si las moscas, no está usado aquí en mala parte) desprevenidas.

¿Hace falta decir que esto no solo no es así, sino que, encima, pretender señalar lo contrario es muestra patente de una clara y notoria pobreza mental, de una peligrosa y temible cortedad de miras? Pues lo cierto es que no. Que ni siquiera tendríamos por qué andar ocupándonos de afirmar algo que a todas luces debería resultar más que obvio: que ni las mujeres son siempre víctimas ni los hombres son siempre victimarios. Ya que tanto unos como otros podrían, si las circunstancias así lo determinasen, asumir tal o cual condición, y esto independientemente de lo que en términos sexuales tuviesen entre las piernas.

Otro tanto sucede también con cierto sector marginal, pero sector, al fin y al cabo, de la llamada comunidad LGTB, que de un tiempo a esta parte se ha “empoderado” (para utilizar un verbo que nos es particularmente odioso, pero que a los individuos en cuestión parece serles de sumo agrado) de tal modo que se cree con todo el derecho del mundo a exigir, por ejemplo, que, en competencias deportivas internacionales, un hombre transexual (esto es, un sujeto nacido con el sexo masculino que se asume, sin embargo, del sexo contrario) compita en “igualdad” de condiciones que una mujer, a pesar de que, como es de amplio y evidente conocimiento, los hombres poseen una mayor capacidad de resistencia física que una mujer.

Pero claro, decir esto último públicamente es garantía absoluta de que quien lo haga será tildado de homofóbico para abajo. Aun cuando no existe nada, pero absolutamente nada, de homofobia en lo antedicho, ya que todo lo referido líneas arriba se ajusta total y cabalmente a la realidad: un hombre transexual (que tiene todo el derecho del mundo de serlo, ¡faltaba más!) jamás será una mujer (por lo que, dicho sea de paso, resulta completamente fuera de lugar aquello de “mujer trans”), de ahí que pretender comparar, equiparar, a unos y otros resulte descabellado se lo mire por donde se lo mire.

Como sea, es esta la hora en que el mundo se encuentra completamente al revés. Que las sociedades de hoy en día han terminado por sucumbir por completo a la dictadura de las minorías. Mandan estas en casi todas las partes del globo, y lo hacen sin que nadie, o casi nadie, atine a levantar la voz para decir ni media palabra. Y esto último en gran medida porque el monopolio que poseen de gran parte de los medios de comunicación convencionales y, sobre todo, de las redes sociales, les da la seguridad de que cualquiera que se atreva a cuestionarlo será pronto acallado. Pasa todos los días. Y pasa sin que nadie se anime a comprarse el pleito. Ya va siendo hora de que nos compremos el pleito.