La Serpiente verde… un comentario al libro de Eliseo Talancha*

Escrito por: Susana Aldana

La Serpiente verde. De inmediato viene a la cabeza un animal, reptante, de piel brillante con tonos verduscos; un animal que despierta la imaginación porque remite a un contenido y a una representación en cada uno de nosotros. Para unos, una serpiente es sabiduría; para otros, peligro, para otros más, es belleza. Pero a la vez, tiene color, es verde: un color que denota vida, abundancia, prosperidad. Y todas estas categorías están presentes en el texto que Eliseo Talancha nos ofrece: La Serpiente Verde. Historia de la carretera Huánuco- Tingo María- Pucallpa y otras vías de comunicación en la Región Centro Oriental del Perú (Huánuco, Amarilis Indiana, 2020). Un amplio recorrido en el tiempo que nos narra la construcción de un camino y sus avatares, en una zona tan particular como la que caracteriza a ceja de selva y selva central; un erudito libro que ofrece una detallada información y que, de inmediato, nos remite a la exuberancia y abundancia que ciertamente encontramos en la región de Huánuco, puerto de entrada clave para la selva.

Si seguimos al autor, desde la ciudad de Huánuco sale un camino que repta por los contrafuertes orientales; como él mismo afirma: desde lo alto de las serranías, se observa una cinta, vibrante y fecunda que cruza un territorio, tan amable como complicado. La historia de la carretera se nos presenta en detalles desde 1780, cuando el español Juan Bezares compite con el sacerdote Manuel de Sobreviela por ver quien establece la ruta del camino; el primero, posicionando una carretera más larga, pero más rica en recursos y contactos humanos y, el segundo, más pragmático, buscando una carretera más corta por directa. Finalmente, los franciscanos fueron los que habían estado allí desde hacía mucho, conocían la localidad y habían sido el brazo eclesiástico de la corona española.

Pero la vuelta del siglo XVIII al XIX fue un momento peculiar. La corona comenzaba a desenvolver unas nuevas percepciones que buscaban modernizar las estructuras de control local y se encontraba con la voluntad de empresarios locales y recién llegados que se arriesgaban a buscar cómo y hacia donde ampliar sus zonas de producción y de mercado. Por donde se mirase, la colonización de la ceja de selva se convertía en una necesidad visible y palpitante para 1800; riquezas como la quinina, producto de enorme demanda peninsular, se vinculaban a otras posibles riquezas por descubrir. Materias primas para el desarrollo de los fármacos de una Europa constantemente en guerra. Sin ninguna duda, el colofón a las expectativas locales fue la independencia y la separación para convertirse en parte activa de la naciente república peruana.

El libro recoge esa ondulante cadencia, tan propia del hablar de la zona, y leyendo oímos el suave reptar de una carretera, la de Huánuco a Pucallpa. Con la república, la voluntad de penetración y colonización de la ceja de selva solo se irá profundizando, lento, pero constante. Desde los años de 1830 se nos narra los intentos de revitalizar los ricos contactos mercantiles de la zona, como los del portugués, Sebastián Martins quien busca impulsar la navegación fluvial por el río Huallaga.

Porque en la República, la Serpiente no solo es la carretera, sino que también busca los ríos para expandirse; se convierte en un símbolo de la voluntad regional de (re)construir las vinculaciones de Huánuco en la ceja de selva y se combina con la voluntad a escala nacional de tratar de incorporar las riquezas de este espacio al Perú aprovechando la hidrografía. El gran sueño a lo largo del siglo XIX será llegar al Amazonas y servirse de este río para cruzar el Brasil e incluso proyectarse más allá, al Atlántico y a Europa.

Desde muy temprano, la región concita el interés de gran cantidad de científicos y aventureros, militares y comerciantes, ingleses, portugueses, brasileños y españoles dirigidos siempre por peruanos; una a una el autor, Eliseo Talancha, nos va contando las diversas expediciones y nos enteramos que, por ejemplo, nada más ni nada menos, que el gran estudioso, Mariano Eduardo de Rivero y Ustariz, está en la zona como prefecto de Junín (1847). Buscando siempre conocer y construir conocimiento, este gran sabio peruano ¿habrá buscado conocer y quizás hasta impulsar la explotación de las riquezas de la región?

Tan solo veinte años después, encontramos a la Comisión Hidrográfica del Perú del Amazonas dirigida por el contravertido almirante norteamericano John Tucker quien impulsó la compra de un vapor, Tambo, para poder recorrer todo el sistema fluvial de la selva central: recorrer el Ucayali, el Pachitea, el Huallaga (1867). Pero también fuente de problemas para con el estado nacional en la persona de Miguel Grau (en ese momento, futuro héroe) quien rechazó su nombramiento como cabeza de la armada peruana. Pero regionalmente no se puede negar la labor de este marino en la zona pues sus reconocimientos abundaron lo que se conocía y potenciaron los vínculos existentes. La serpiente verde, ciertamente, se mueve por tierra, pero también flota por el río y el Estado intenta capturarla y con ello, capturar toda la ceja de la selva central para ponerla bajo su control.

Los intentos de colonización se van incrementando de la mano con la consolidación del Estado peruano y la tecnología que acompaña el 900. El inicio del siglo XX recupera el sueño nunca olvidado de los locales por construir una carretera que vincule localidades, producciones, explotaciones y gente; de crear caminos que permitan moverse al otro lado de la montaña y que integren a Huánuco y su región al Perú. Pero para esta época, la tecnología comienza a calar en la vida nacional y la búsqueda de capturar a la Serpiente se focaliza en la construcción de trenes para explotar las riquezas y movilizar productos, con rapidez y en gran volumen. El hombre del Marañón, Manuel Mesones Muro, comparte los sueños con Joaquín Capelo y múltiples ingenieros que marcan la vitalidad de esta época por verdaderamente nacionalizar la selva peruana y llegar al Amazonas. La Serpiente se moderniza y se crean múltiples ferrocarriles de ruta corta que, sin embargo, rápidamente serán superados.

Porque detrás están las múltiples necesidades de un Estado-Nación que se yergue sobre un territorio tan diverso y socialmente tan variopinto. Los hijos de las distintas regiones buscan desarrollarse en el seno del Estado nacional y desde la capital, Lima, la burocracia apuesta por gestionar el conjunto de requerimientos. Y la Serpiente que conecta el espacio de la ceja de selva y la selva intenta ser atrapada desde varios puntos; desde siempre se enfrenta una pregunta, ¿cuál es la ruta más adecuada? Eliseo Talancha nos presenta una a una las posibilidades: la ruta tradicional para atrapar a la Serpiente, por Cajamarca, Jaén, Bagua, pero también está la Transversal del Huancabamba hacia Jaén y Moyobamba hacia allí pero también hacia Tingo María y Pucallpa. E incluso, no faltan posiciones que rescatan puntos de entrada más al sur, no sólo el Marañón, sino el Huallaga, el Ucayali, el Pichis… 

A pesar de que la Nación debió nacionalizar los territorios y privilegiar a los de más simple acceso, jamás se olvidó de las regiones y en particular de esos sueños de construir vínculos con la ceja de selva y la selva. Sobre todo, porque los hijos de estas regiones, como la de Huánuco, nunca permitieron que se olvidara el sueño. Y Eliseo Talancha, uno de esos hijos de la región, recuerda el esfuerzo de muchos locales y nacionales en la búsqueda de construir un camino, terrestre, fluvial o por tren. Desde Seteno Bolívar o Simón Bolívar Odicio, el cacique cashibo ccataibo (1933), los esfuerzos de ingeniero como Hermann Baumann, pasando por los intereses norteamericanos por el caucho y otros productos, pero sobre todo por geopolítica, durante la segunda guerra mundial y el apoyo del presidente Manuel Prado (1941-43) a este país en pleno conflicto con el Ecuador hasta la definitiva construcción de la carretera Lima- Huánuco- Pucallpa en 1943 y sus mejoras y sus ampliaciones en la década de 1950 y 1960.

La Serpiente repta, viva, muy viva, junto con el tiempo y el vivir de las personas, hijos locales, regionales y nacionales. Y Eliseo Talancha nos va contando lenta, pero suavemente, la aventura de la Serpiente verde en un libro denso, pero fácil de leer; un libro de lectura obligatoria.