La década de 1930 fue un periodo convulso, marcado por el auge del fascismo en Europa y un creciente clima de tensión internacional. En este contexto, Adolf Hitler vislumbró los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 como una plataforma propagandística sin precedentes, un escaparate para exhibir la supuesta superioridad de la raza aria y el poderío del régimen nazi. Esta visión contrastaba drásticamente con los principios olímpicos de igualdad y fraternidad, generando una ola de protestas y llamamientos al boicot a nivel internacional.
Olimpiada Popular: Los Juegos de Berlín se convirtieron en un crisol de tensiones políticas.
En este sentido, según el reportaje de El País, la España republicana del Frente Popular emergió como una voz disidente, rechazando participar en los Juegos oficiales y organizando, en su lugar, la Olimpiada Popular de Barcelona 36, un evento deportivo alternativo que pretendía contraponerse a la propaganda nazi, según la investigación publicada por El País.
La idea de un boicot a los Juegos de Berlín cobró fuerza en diversos países, especialmente en Estados Unidos, donde el debate interno fue intenso. Avery Brundage, entonces presidente del Comité Olímpico Americano, defendió la participación de los atletas estadounidenses argumentando que “los Juegos Olímpicos pertenecen a los atletas y no a los políticos”, minimizando el “altercado judío-nazi”. Esta postura chocó con la del juez Jeremiah Mahoney, presidente de la Unión Atlética Amateur de los Estados Unidos, quien abogó por el boicot al considerar que la discriminación racial y religiosa en Alemania contravenía los principios olímpicos. Finalmente, la postura de Brundage prevaleció, y Estados Unidos envió a su delegación a Berlín.
En paralelo, la Olimpiada Popular de Barcelona se gestaba como un símbolo de resistencia antifascista. Con el respaldo de la Generalitat de Catalunya, liderada por Lluís Companys, la ciudad condal se preparó para acoger a miles de deportistas de todo el mundo, unidos por su rechazo al nazismo y su compromiso con los valores de la igualdad y la fraternidad. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil Española, el 18 de julio de 1936, truncó este proyecto. El golpe de Estado liderado por Francisco Franco sumió al país en un conflicto fratricida, obligando a suspender la Olimpiada Popular y transformando a muchos de sus participantes en combatientes. Entre ellos, se encontraban deportistas de la federación deportiva de Hapoel, en Palestina, que habían llegado a Barcelona con la intención de explicitar su actitud antifascista y su posición sionista en el conflicto entre judíos y árabes en Palestina. Se estima que unos doscientos deportistas de diversos países permanecieron en España.
De acuerdo con el profesor Raanan Rein de la Universidad de Tel Aviv, la delegación judía proveniente de Palestina, integrada por 21 atletas, no buscaba récords ni medallas, sino expresar su rechazo al fascismo. Israel Carmi, un miembro destacado de la delegación, proclamó en un manifiesto su apoyo a los “trabajadores libres de España” y contrastó la Olimpiada Popular con la “Olimpiada que simboliza la esclavitud, la represión y el despotismo” en la Alemania nazi. El manifiesto también expresaba el deseo de construir, junto con los trabajadores árabes, una patria libre para ambos pueblos. Tras la suspensión de la Olimpiada, algunos de estos deportistas se unieron a las milicias republicanas para luchar contra el franquismo. Ckaim Elkon, árbitro de fútbol y ferviente comunista, murió en combate cerca de Madrid, mientras que Imre Jacobi, un futbolista que había destacado en la Copa de Palestina, falleció tras ser herido en el frente del Jarama. Su trágico destino, como el de tantos otros, quedó marcado por la guerra y el olvido. La Olimpiada Popular fue eclipsada por la Guerra Civil, dejando un legado de ideales rotos y sueños truncados.




