Jacobo Ramírez Mays
Fermín entró al lugar con cara de curioso, pero también medio acojudado. Las luces rosadas parpadeaban al ritmo de una música pegajosa que le pegaba en el pecho. Un montón de chicas se movían por todos lados, como vectores buscando su resultado.
Fermín, fiel a su rollo, activó la mirada de matemático: “Aquí todo es geometría”, se dijo. Se puso a escanear, buscaba la que tuviera más senos, más cosenos, más tangentes y, por qué no, más cotangentes. Su daimón interior le susurraba: «Las curvas son generosas, pero ¿cuál será la perfecta?» Y Fermín se sintió atrapado en un problema matemático imposible.
Entonces la vio. Una mujer que era una ecuación diferencial de segundo grado caminando. Poderosa, desafiante, con una sonrisa que hacía que toda probabilidad se fuera a la basura. Fermín tragó saliva, sacó un lápiz imaginario y empezó a hacer cálculos mentales. Su perímetro estaba impecable, el área de su interés crecía y el volumen, bueno, ese volumen era una integral que Fermín jamás podría resolver.
Se acercó, pero con cada paso sentía que sus teoremas se tambaleaban, era como intentar dividir por cero. Cuando finalmente estuvo frente a ella, su cerebro dijo «basta». Todas las fórmulas se derrumbaron como castillos de naipes en un terremoto. Su pastilla azul ya estaba haciendo efecto, y Fermín supo que había perdido no solo la partida, sino también su dignidad matemática.
¿Qué buscas, profe?, le preguntó ella con voz casi virginal. Fermín quiso responder, pero las palabras se le ahogaron. Solo atinó a murmurar: «3.1416». Ella arqueó una ceja. ¿Qué? «Creo que el valor de pi no quiere funcionar», balbuceó él.
Ella soltó una carcajada que retumbó en todo el local. Fermín entendió que había perdido, otra vez contra el universo femenino. Dio media vuelta y se fue murmurando que abandonaría las matemáticas aplicadas para siempre.
Desde ese día, Fermín nunca más entró a un lugar donde las curvas no fueran graficadas en un plano cartesiano. Aunque algunos dicen que en sus sueños todavía trata de resolver el misterio de esa mujer, pero siempre se queda con un número irracional.
Con el tiempo, la noche no se le borró de la cabeza. Fermín se refugió en las matemáticas puras, intentando poner orden a la confusión que aquella experiencia le había dejado. En sueños, la mujer reaparecía como sombra, sus curvas imposibles representadas por funciones que Fermín no podía tocar. Él quería descifrarla, convencido de que era una ecuación que tenía que resolver.
—Tal vez ya no sirvo para estas andanzas —se dijo, mientras llenaba hojas de números. Cada día buscaba una solución a lo que sentía: emociones como variables, atracción como constante, rechazo como función discontinua, pero nada encajaba. Sus alumnos empezaron a notar cambios en sus clases.
Profe, ¿por qué estudiamos objetos geométricos?, preguntó uno, medio confundido.Porque, muchacho, esas estructuras son como la vida misma: complejas, infinitas y llenas de misterio, respondió Fermín, con una sonrisa que solo él entendía.
Una noche, ya harto de la duda, decidió volver al lugar. Caminó directo hasta la quinta puerta, pero esta vez dejó la mente matemática en casa y llevó el corazón inquieto. La música era la misma, las luces titilaban igual, buscó a la mujer y no apareció.
«La ecuación imposible no aparece dos veces para el mismo hombre, profe», le dijo el mozo, sonriendo. Fermín frunció el ceño, pero algo en lo que dijo el mozo le quedó dando vueltas. Se quedó un rato mirando el caos del local y luego salió con una calma que no sentía desde hace años.
Al salir se topó con Rupico entrando al local donde era más famoso que en el aula. Se saludaron con sonrisas maliciosas y complicidad de colegas, sintiendo que, a veces, la vida era tan loca como esas curvas imposibles




