La población está harta

Jorge Farid Gabino González

Ipsos acaba de hacer pública su última encuesta realizada para El Comercio y América Televisión, sondeo cuya pregunta principal (“¿Está a favor o en contra de la propuesta del presidente Vizcarra de adelantar las elecciones presidenciales y parlamentarias para el 2020?”), sustentada, como se sabe, en la propuesta hecha por nuestro primer mandatario durante los últimos minutos de su Mensaje a la Nación del pasado 28 de julio, ha arrojado que un aplastante 75 % de peruanos se encuentra a favor de tal iniciativa. Los resultados de dicha encuesta, naturalmente, han sido presentados a la ciudadanía con bombos y platillos, como si de una buena nueva se tratara, como si, en virtud de esta, la población en su conjunto se hubiese recién percatado de algo de lo que nadie, hasta ese bienaventurado momento, se había dado cuenta en absoluto.

Pues no, no es así. En tal sentido, no perdamos de vista que lo que las encuestas indican, si se aplican, claro, con las respectivas rigurosidad y responsabilidad del caso, es el estado de cosas en que se encuentra un determinado fenómeno, que para el caso es materia de medición. Vale decir, una encuesta “objetiviza”, o, si se prefiere, y como por lo demás de propende a decir hoy en día, “visibiliza”, aquello que es por sí mismo observable, verificable, contrastable, a los ojos de quienquiera que tenga dos dedos de frente.

De ahí a pretender, como pretenden ciertas empresas encuestadoras, ciertos medios de comunicación, ciertas luminarias de nuestra política, que para que algo sea cierto, para que algo posea carta de ciudadanía, tenga necesariamente que contar con la validación de una encuesta, hay un verdadero abismo. Las encuestas (las verdaderas encuestas; no las financiadas por oscuros y siniestros intereses particulares) no crean una realidad, solo la representan, la documentan, la reflejan. Es su función la de meros y humildes notarios populares cuya tarea no es otra, no puede ser otra, que la de dar fe del estado en que se encuentra un hecho.

Los peruanos nos hemos acostumbrado tanto, sin embargo, a contar con esta suerte de “padrinaje” de las susodichas encuestas, que por más que tengamos ante nuestros ojos una determinada verdad, e incluso siendo esta casi tan grande como nuestra dependencia de este tipo de cosas, no nos animamos a proclamarla como tal, hasta que haya recibido la “bendición” de una casa encuestadora.

Así, da lástima comprobar el grado de mezquindad en que, por ejemplo, y a raíz del pedido del presidente de adelantar las elecciones, han venido demostrando muchas de las más importantes figuras de la política y el periodismo peruanos, al no haber tenido el coraje de darle la importancia del caso a reconocer el sentir de la población (sentir que era más que evidente que iba en sintonía con la propuesta planteada por Martín Vizcarra), aun cuando no resultaba ninguna novedad el que casi todo el Perú era de la misma opinión. Ya que tuvo que aparecer la dichosa encuesta de marras, para que se animaran a gritar a los cuatro vientos que sí, efectivamente, los peruanos estábamos en total acuerdo con que se adelantaran las elecciones generales para el 2020. Y la razón era tan simple como conocida:

La población está harta de mantener a congresistas a los que, paradojas de la vida, no les alcanza su altísimo sueldo; de aguantar a congresistas que cobran diezmos a sus trabajadores, a quienes injusta y delictivamente recortan sus haberes a vista y paciencia de todo el mundo; de tolerar a congresistas que plantean proyectos de ley solo “por cumplir”, y que en el fondo no son más que soberanas burlas a la inteligencia de la población, amén de monumentos al mal gusto; de soportar a congresistas que violentan los derechos de las mujeres, humillándolas públicamente, sin que aquí pase nada; de sobrellevar a congresistas que llevan lustros enclaustrados en el Parlamento, como si de su chacra se tratase, haciendo desde su privilegiada posición lo que les da su puta gana con el país.

Al punto de que, si fuera posible (que, lamentablemente, no lo es) que el país caminase sin sus desastrosas, calamitosas, autoridades políticas, pues que mandaría a todos (perdón, a casi todos) a la mismísima mierda, y los mandaría sin boleto de regreso. De modo que, señores encuestadores, no vengan a contarnos el cuento de su palabra es ley; de que, cual si de un dios menor se tratase, nuestra realidad existe (¿o deberíamos decir, más bien, se crea?) solo en la medida en que ustedes la ponen ante nuestros ojos, que no es así. La casi totalidad de la población desea que la bazofia en que se ha convertido este Congreso termine de una vez por todas, y eso es algo que no necesita de su confirmación para ser cierto.