La pista para descifrar el Parkinson podría estar a nuestro alrededor

Por Nicholas Kristof

Este ensayo forma parte de una serie sobre salud ambiental.
En 1958, una compañía química descubrió por primera vez que su nuevo herbicida parecía tóxico para los humanos, “principalmente al afectar el sistema nervioso central”, según documentó un científico de la empresa en ese momento.


La compañía guardó sus preocupaciones para sí misma, al igual que posteriores investigaciones que indicaban que dosis elevadas provocaban temblores en ratones y ratas. La razón era simple: el herbicida, llamado paraquat, resultaba extraordinariamente eficaz contra las malezas. Y rentable. Con el paso de las décadas, un ejecutivo llegó a declarar con orgullo que era un “éxito de taquilla”. Para 2018, se usaban alrededor de 17 millones de libras de este químico en Estados Unidos, el doble que seis años antes.


Mientras la industria crecía y los tóxicos agrícolas e industriales como el paraquat proliferaban en la posguerra, también lo hacía otra cosa: la enfermedad de Parkinson. Casi desconocida en sus inicios, fue identificada por primera vez en 1817, cuando el médico británico James Parkinson describió a algunos ancianos con lo que llamó “parálisis agitante”. Aquello ocurrió en el contaminado Londres de la época, y hoy se sabe que la polución del aire es un factor de riesgo para la enfermedad.


Actualmente, se diagnostican unos 90.000 casos de Parkinson cada año en Estados Unidos, lo que equivale a uno cada seis minutos en promedio. Es la enfermedad neurodegenerativa de más rápido crecimiento en el mundo, caracterizada por temblores, rigidez y problemas de equilibrio. También es la 13.ª causa principal de muerte en el país. Una de las razones de su incremento podría estar en nuestro modo de vida: hay cada vez más evidencias que la vinculan con pesticidas y químicos industriales, entre ellos el paraquat y sustancias empleadas en tintorerías.


“Los químicos en nuestra comida, agua y aire han creado en gran medida esta enfermedad de origen humano”, escriben los especialistas en Parkinson Ray Dorsey y Michael S. Okun en su nuevo libro The Parkinson’s Plan. “Estos químicos están en todas partes y ninguno es necesario”.


Dorsey y Okun, que entre ambos han publicado más de mil artículos científicos y atendido a más de 10.000 pacientes con Parkinson, describen la dolencia como una pandemia, aunque no causada por un virus, sino por “una nueva clase de vectores: pesticidas en nuestros alimentos, solventes industriales en el agua y polución en el aire”.


El actor Michael J. Fox, quien desarrolló Parkinson y luego creó una fundación dedicada a combatir la enfermedad, considera que probablemente lo contrajo por la exposición a “algún tipo de químico”, según declaró.


Sin embargo, en el caso de Fox y la mayoría de pacientes, la causa exacta sigue siendo incierta y los mecanismos aún no se comprenden del todo. La genética parece tener un papel en solo un pequeño porcentaje de casos, mientras que los factores ambientales son predominantes. Investigadores y reguladores discuten hasta qué punto los pesticidas son responsables, y la Agencia de Protección Ambiental (EPA) sigue permitiendo el uso de paraquat en Estados Unidos, aunque decenas de países ya lo han prohibido.


En ese sentido, el paraquat se ha convertido en símbolo de los desafíos de la salud ambiental y la regulación de químicos. La evidencia se acumula, pero siempre con vacíos y contradicciones. Las compañías, siguiendo la estrategia de la industria tabacalera, contratan lobistas y destacan las incertidumbres. Y con frecuencia, el proceso regulatorio se dilata mientras las empresas obtienen ganancias y las personas enferman.


Entretanto, se multiplica la evidencia inquietante, aunque imperfecta. Este mismo año, un estudio reveló que vivir a menos de un kilómetro de un campo de golf duplica la probabilidad de desarrollar Parkinson, posiblemente porque estos espacios emplean pesticidas.


Surge entonces la pregunta: ¿cómo protegernos a nosotros y a nuestros hijos? ¿Cómo evitar casos como el de Steve Phillips, consultor de liderazgo que a los 56 años organizaba un banquete para ejecutivos cuando notó que su mano izquierda no respondía con normalidad? Pensó que era cansancio, pero luego observó que su pie izquierdo a veces parecía trabarse. Eventualmente recibió el diagnóstico de Parkinson.


“Prácticamente acabó con mi carrera”, me dijo Phillips, hoy de 73 años. “Y diría que básicamente destruyó mi matrimonio”. Al inicio no entendía cómo podía haber contraído la enfermedad, hasta que leyó las investigaciones científicas que la relacionaban con el paraquat.


LEYENDA
Foto, NYT.