LA PALABRA DEBE SER ACCIÓN

Por Arlindo Luciano Guillermo

Del dicho al hecho hay mucho trecho. Aplica preciso a la política y las elecciones. ¿Las actuales autoridades cumplirán la oferta electoral? Si fuera así cuándo terminarán las obras de impacto social. El anuncio de inversión en obras públicas es esperanzador y “calma los nervios”, pero angustia saber que pueden truncarse en el trayecto no solo por vicios ocultos o arbitraje, sino también por actos de corrupción y nublosas licitaciones. No conozco una autoridad que haya concretado, hecho realidad, todo lo que ofreció en campaña electoral. Una cosa es con guitarra y otra con cajón. El período acaba y los problemas de la sociedad quedan ilesos o, en el mejor de casos, se han hecho obras de mediana envergadura: un hospital, instituciones educativas o conexión vial. En política todo es posible; no hay cadáveres políticos. Lo que sí va a ocurrir es que las expectativas sociales se conviertan en desilusión, desencanto y frustración colectiva. En cuatro o cinco años tenemos que elegir, con el mismo escepticismo hamletiano, nuevas autoridades.    

La política se ha convertido en una cortesana codiciosa, lujuriosa e insaciable que se entrega al mejor postor. En la gestión pública, la política es el termómetro para medir resultados, productividad, competencia, resolución de conflictos y problemas. La política se ennoblece con el acatamiento democrático y consciente de normas éticas claras de actuación correcta. Lo normal es que ciertas autoridades incurren en apropiación de bienes y recursos del Estado. Si la política no transforma su palabra en acciones concretas seguirá desacreditada, sin levantar cabeza, sumergida en el lodo, incapaz de salir de su propio callejón sin salida. Algún día la política será el más atractivo oficio donde se evidencie la vocación de servicio, la transparencia y la honradez para respetar el bien ajeno e inspirar confianza. El congreso tiene altísima desaprobación porque la práctica de los parlamentarios no es coherente, decente ni políticamente responsable. La caída de Pedro Castillo no ha resuelto la crisis política, que hoy administra la presidenta Boluarte, que gobierna colgada del saco del congreso, sin representación parlamentaria, con vaivenes riesgosos y sin ideología. La política es digna, admirable y mal necesario a la vez.  

Borrar con el codo lo que se ha escrito con la mano es otra perla de la política. La presidente Boluarte dijo que se iría con Pedro Castillo si a este lo vacaban. ¡Palabra de político! ¿Se fue después del fallido golpe de Estado? No se fue ni se irá. Político que prueba la miel del poder se prende como ácaro hasta saciar su avaricia. La política es la habilidad de sobrevivir en la adversidad y dar saltos según la coyuntura y las alianzas pactadas. En política no existen lobos esteparios, sino clanes que se unen para defenderse como cavernícolas y custodiar intereses personales. Nada es casual en las decisiones políticas. Un político es diestro ajedrecista, sabe cuándo atacar, perder la reina, un peón o alfil, en qué momento hace una jugada maestra o jaque mate. No actuar así es ingenuidad, poco adiestrado para las lides políticas. Meterse en política es participar de un juego de voluntades, inteligencia, grandeza moral, ruindad y el descubrimiento de miserias y genuflexiones. La política, como el dinero, compra prestigios, ablanda rebeldías, somete honras. El maquiavelismo político pervierte la nobleza y cotiza el pensamiento crítico. La política está infectada por la venalidad, la megalomanía y la codicia; política sin ética es sordidez.            

Es sumamente importante que los ciudadanos tengamos opinión, reflexión y participación política. Participación política no es pertenecer a un partido o movimiento político, con ideología y símbolo. Si no lo hacemos, los mismos de siempre seguirán en la contienda electoral. Tener opinión política no convierte a nadie en político, dirigente, líder ni opinólogo. Solo es opinión en uso legítimo de la libertad de expresión. Una ciudadanía sin opiniones políticas, sin interés por la política, que la rechaza, como una enfermedad viral, corre el riesgo de ser gobernada por bribones, bandidos, depredadores vestidos de cordero, vendedores de humo y sebo de culebra, charlatanes, gente sin vocación de servicio. Adecentar la política y su práctica en el poder es una urgencia, una necesidad social, una tarea pendiente de la educación. Es comprensible la actitud de rechazo a la política y la ojeriza a los políticos, son los que tenemos y representan legalmente, aunque no tengan legitimidad; a ellos los ha elegido el electorado libremente. Solo hay que pedirles resultados y coherencia. Si aprendiéramos la lección, cada cuatro o cinco años no elegiríamos erróneamente. Llorar sobre la leche derramada no tiene caso; el daño a la democracia ya está hecho. Sarna con gusto no pica.  

A mi oficio de lector de poesía y literatura siempre he añadido historia, periodismo, cultura política, crítica y ensayo literarios. Desde la literaria la percepción es aérea y superficial; se mira la periferia, pero no el meollo ni el cogollo de la hortaliza. No basta disfrutar del sublime lenguaje de la poesía, la metáfora y la sutileza, de las ficciones, sino también leer, analizar e interpretar la realidad movediza y compleja, verla con ojos escrutadores y cuestionarla con postura y convicción. Dar un salto de la opinión y la crítica a la propuesta es un logro democrático. Criticar no es ver solo los defectos, sino advertir virtudes y fortalezas. Si la palabra se convierte en acción, entonces las posibilidades de hacer política son inminentes. Los vicios de la política, tal como la conocemos, son monumentales: demagogia, populismo, hipocresía, apariencia, pose fotográfica, verborrea, analfabetismo cultural y social.      

Mientras que la política sea vista como un engendro social, un estercolero, una ocupación alérgica, una práctica amoral de pícaros e inescrupulosos, la sociedad seguirá lamentándose, acrecentando su desilusión del accionar de los políticos. El desempeño político transparente e íntegro permitiría recuperar la confianza de los ciudadanos y en las instituciones. Se podrán hacer obras públicas de calidad y utilidad, pero eso de nada vale cuando hay fragilidad institucional y cuestionamiento de funcionarios. Al gato no se le pone de despensero. Un gobernador regional o un alcalde pasará a la historia y a la memoria colectiva cuando sea sincero y contextual en su actuación diaria; decir objetivamente lo que va a hacer. ¿Cuánto tiempo tomará la construcción de un terminal terrestre, el ordenamiento del comercio ambulatorio, la gestión técnica de los residuos sólidos, la descongestión vehicular de la ciudad y pavimentación de cientos de kilómetros para mejorar la calidad de vida de los vecinos y fluidez del transporte urbano? Solo el tiempo, el más implacable juez, el que siempre da la razón, el que ejerce absoluta justicia, lo dirá.