Cuento de Augusto Leguía
Miles de años antes del rey Cinto y la dinastía muchik, en los tiempos cuando los primeros hombres habitaron el norte y la tierra dejó de ser hostil tras la colosal explosión y favoreció la subsistencia de un pequeño grupo que descubrió una lengua que ya nadie recuerda y que llamó atín, un territorio que los más viejos llamaron Maezhak o “pueblo nacido de la nada”, en esos primeros tiempos, surgió una bestia de las profundidades del mar que sembró calamidades y muerte por años.
Maezhak eran varios grupos de indios pacíficos, nómades y sin pasado, su subsistencia se basaba en la agricultura y la recolección, sin embargo, al ver que la tierra había enfriado y daba paso a la vida, sobreentendieron que las largas penurias finiquitaban y también su interminable marcha, así que decidieron establecerse y esperar el regreso de su dios en las costas.
Hasta que un día, cuando el sol estaba en su cúspide, una criatura emergió lentamente de las espumosas aguas del mar. La criatura era colosal, tenía la piel de reptil, con garras y colmillos filosos, ojos escarlatas y una reluciente armadura metálica, con un sistema tecnológico resplandeciente en el centro. En medio del aturdimiento y terror de la gente, que a esa hora pescaba en la orilla del mar, la bestia caminó dejando huellas de fuego entre la aldea y desapareció adentrándose entre los cerros y montes.

Los sabios recordaron la leyenda del dios Morrok y al cabo de un tiempo las mujeres más tiernas comenzaron a desaparecer.
En las noches más calurosas eran cuando las mujeres desaparecían. Nadie las veía salir, ni mucho menos veían al monstruo asomarse a las chozas, pero una a una empezaron a desaparecer inexplicablemente de sus chozas en las penumbras del amanecer, ante la consternación de la población, el jefe indio Llen Pisan ordenó que cuatro hombres vigilaran la aldea, sin embargo, los hombres terminaban profundamente dormidos todas las noches y las mujeres siguieron desapareciendo sin que nadie viera nada.
Con la llegada del frío, las desapariciones cesaron y regresó la calma. Pero, cuando pensaron que Morrok se había marchado, el calor regresó y las mujeres volvieron a desaparecer, no tardaron los niños y los bebés en tener similar destino, fue cuando los hombres más fuertes del pueblo se reunieron en la choza de Llen Pisan y decidieron matar al demonio que se escondía entre los cerros que nadie frecuentaba y que se decía albergaba criaturas del cielo.

Ocho hombres, liderado por Colque, un recio indio que poseía una fuerza descomunal, marcharon al monte con lanzas y cuchillos, anduvieron y anduvieron buscando a Morrok pero sólo encontraron algarrobos y breves desiertos, también montones de nidos de lagartos, no obstante, no tardaron en descubrir unas rocas destellantes abriendo una puerta en el cerro.
Sólo un indio de los ocho regresó al pueblo. Llegó arrastrándose y ciego, con la piel chamuscada, aunque pudo sobrevivir, un poderoso terror se apoderó de su mente de por vida, que terminó subsistiendo de los excrementos de las aves.
Las desapariciones siguieron por un largo tiempo. Hasta que Muchak, una de las hijas mayores de Llen Pisan, se alejó del pueblo y rezó por cuarenta y tres días a una diosa con cola de serpiente, su madre lo llamaba Pon Youting y era madre de la humanidad, la diosa había reparado el pilar del cielo con cristales y creado unas tortugas gigantes, decía la tradición.

Bajo las sombras de unos algarrobos, Muchak rogó que Pon Youting ayudara a su pueblo y detuviera la voracidad de Morrok, entonces una noche, mientras dormía al pie de los árboles, una luz azul encendió un follaje seco y una mano tocó la mejilla de Muchak que dormía en el suelo. La mujer se sorprendió al ver que el hombre tenía el cabello púrpura, la piel amarilla, los ojos levemente rasgados y un traje triangular.
-¿Coalechec in ciamo az?-, preguntó Muchak.
El hombre púrpura señaló el este y dijo que venía del otro lado del mar. Sonriendo le dijo que era hijo de su diosa; la había dado una orden mientras soñaba y fue trasladado por un soplido de Pon Youting, dijo.
-Liñ aez poc?
-Yi
Yi se quedó en Maezhak y se confundió con su gente, mientras esperada la aparición de Morrok. En esos días de fatigoso calor, el forastero le enseñó sus conocimientos, la guerra y el gobierno de su país a Muchak, no tardó en sacar de su traje un arco y una flecha, le dijo que había herido con su fecha a la luna que una vez secuestró a Shang E, su esposa.
Una noche, Yi se despertó y salió raudamente de la choza de Muchak, vio a una niña caminando desnuda mirando el cielo, mientras todos dormían. La niña llevaba los ojos cubiertos por una nube blanca, no tardó en alejarse y ganar el pavoroso monte, Yi empezó a seguir a la niña escondiéndose entre los algarrobos, de pronto, vio que la india se introdujo en un cerro y algo se asomó, el guerrero dio unos pasos sigilosos y se refugió en las sombras de un algarrobo, a pesar que la noche era espesamente oscura, estiró lo más que pudo su macizo arco y la fecha salió disparada velozmente y atravesó las tinieblas y el gran hocico de Morrok, que estaba abierto de par en par, a punto de engullirse a la niña que permanecía encogida e inmóvil a sus pies, el reptil dio un graznido sordo, pero aún estaba vivo, quiso conocer a su cazador y movió sus ojos escarlatas en la oscuridad, pero Yi rápidamente le volvió a disparar dos fechas más que lo remataron, una atravesó la cabeza del monstruo y la otra flecha destruyó un artefacto de forma de cuña que tenía en el centro de su pecho, el chispeante dispositivo despertó a la niña, quien salió corriendo y gritando tras ver al gigantesco reptil muerto en la tierra lacustre, de pronto llegaron los pobladores, pero Yi jamás volvió a aparecer.
Soy Mei Chien, bisnieto de Muchak y cumplo el deber de contar la historia del hombre púrpura que salvó a mi pueblo hace muchos años, tantos años que ya no hay testigos. Al igual que mi padre, mi piel es amarilla, y desde entonces mi pueblo comete una perfecta venganza: comer la carne semicruda de los largatos.




