Las recientes lluvias torrenciales en diversas regiones del país han puesto en evidencia una realidad innegable: la naturaleza está pasando factura a la humanidad. La intensidad de las precipitaciones ha aumentado de manera preocupante, afectando principalmente a los pueblos de la alta serranía y a las zonas ribereñas de los ríos costeros. Fenómenos climáticos extremos están alterando el equilibrio del ecosistema y, como consecuencia, afectan la vida cotidiana de miles de personas.
El cambio en los patrones climáticos ya no es un tema de debate, sino una urgencia que se vive en cada rincón del territorio. En la costa, el frío inusual está perjudicando la pesca y complicando el tránsito, mientras que las lluvias han comenzado a generar hundimientos y erosión en los valles. Los ríos como el Rímac, el Chillón y otros afluentes están incrementando su caudal de forma alarmante, poniendo en riesgo a quienes viven en sus riberas. En la sierra, pequeños ríos como el Higueras han crecido de manera peligrosa, reactivando quebradas y causando estragos en los asentamientos humanos cercanos.
Además del peligro inmediato para la vida humana, la destrucción de las carreteras representa una amenaza para la economía local. En regiones como Huánuco, los campesinos ven imposibilitada la comercialización de sus productos agrícolas debido a caminos intransitables. Los pasajeros quedan varados y las rutas de abastecimiento se ven interrumpidas, afectando no solo a quienes viven en estas zonas, sino a todos los mercados que dependen de su producción.
No es la primera vez que se advierte sobre estos cambios. Los informes del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (SENAMHI) han alertado con anticipación sobre lluvias, granizadas y alteraciones climáticas en costa, sierra y selva. Sin embargo, la respuesta sigue siendo insuficiente. Las medidas preventivas no se implementan con la urgencia que la situación requiere, y el costo lo pagan los más vulnerables.
Un claro ejemplo del peligro inminente se vivió el pasado miércoles, cuando el río Huallaga y Higueras, alcanzaron niveles históricos, amenazando con desbordar sus respectivos causes. En el caso del primero puso en riesgo al puente Calicanto, un símbolo arquitectónico que podría haber sido arrasado por la fuerza del agua. Este tipo de eventos no solo ponen en peligro el patrimonio cultural, sino que también demuestran lo frágil que es nuestra infraestructura ante los embates de la naturaleza.
La negligencia y la falta de planificación adecuada agravan los efectos de las lluvias y convierten lo previsible en desastre. La naturaleza está enviando señales claras.




