Jorge Farid Gabino González.
El anuncio de 36 meses de prisión preventiva para Keiko Fujimori ha sorprendido a propios y a extraños. Nadie lo esperaba, a decir verdad. Empezando por quien esto escribe, que hasta ahora (seis días después de conocida la histórica decisión del hoy aplaudido públicamente Richard Concepción Carhuancho) no termina de creerlo. Con la precisión de que nuestra incredulidad obedece no ya, claro, a que no existiera la posibilidad de que el juez encargado de su caso pudiera llegar a fallar en contra de la lideresa de Fuerza Popular, sino porque conocidas son las argucias legales de que se han valido los fujimoristas a lo largo del tiempo para salir librados de cuantos procesos se les ha abierto, que hasta los más optimistas respecto de que se fallaría a favor de la prisión preventiva de la señora Fujimori, al final acabaron igual de sorprendidos que quienes no se la esperaban.
La realidad, no se cansaba de repetir, y con justa razón, un celebrado novelista, supera siempre a la fantasía. Y es cierto: ni en nuestras más delirantes fantasías hubiéramos podido imaginar a la Señora “K” detrás de las rejas, aunque fuere preventivamente. Hoy, sin embargo, lo está. ¿Hasta cuándo? ¡Pues hasta cuándo va a ser! Hasta que convenga. ¿Que a quién? Que a ella. ¡A quién más va a ser sino a ella! Recuérdese que de quien estamos hablando es de la Señora “K”. De nadie más y de nadie menos que de la todopoderosa Keiko Fujimori, ama y señora de la verdad; luchadora indesmayable en contra de la corrupción.
El caso es que tampoco es para ponerse triste (ni, mucho menos, para alegrarse demasiado, sobre todo por parte de quienes creen que es ahí donde tiene que estar), que lo más probable es que dentro de poco la susodicha acabe saliendo libre. De hecho, podríamos apostar, incluso, que más fácil meten preso a Alan García que el que Keiko Fujimori permanezca en prisión hasta fin de año. “La Fuerza” está de su lado. Ella lo sabe mejor que nadie. Y no es, como se sabe, cualquier “fuerza”. Es “La Fuerza Número Uno”. No lo perdamos de vista. Que aunque hoy se encuentre mellada, venida a menos, y todo lo que se quiera, sigue siendo “La Fuerza Número Uno”, lo que es innegable. Además, si pudieron, en su momento, darse el lujo de sacar a un presidente, ¿por qué no podrían, ahora, sacarla a ella de la cárcel? En el país de las maravillas todo es posible. Lo sabe cualquier hijo de vecino. Y ella, claro, no es la excepción.
Como sea, téngase en cuenta que, sea cual fuere el desenlace de la telenovela, a Keiko Fujimori no se la puede subestimar jamás. A ningún Fujimori, en honor a la verdad, se lo puede subestimar jamás. ¡Ay de quienes lo hagan! Si no, pregúntesele a Mario Vargas Llosa, que lo sabe perfectamente. Porque Keiko (para volver a lo que nos interesa) podrá estar presa, su partido podrá estar a punto de irse a la mierda, sus índices de aprobación arrojados por las encuestas podrán estar prácticamente por los suelos; pero derrotada, lo que se dice cagada, cagada, no lo está. Ni hablar. Y no lo está por la simple y sencilla razón de que el Perú, nos guste o no, nos cueste admitirlo o no, es en gran porcentaje fujimorista. Fujimorista asolapado, camuflado, hipócrita, pero fujimorista al fin y al cabo. Es nuestro peor defecto.
De lo que, naturalmente, la señora Keiko tiene clara consciencia. La risa siniestra con que nos obsequió a todos los peruanos durante su detención lo demuestra a cabalidad. Ella nos dice, sin necesidad de que vayan en su auxilio las a veces traicioneras palabras, que se caga en la noticia de que la estén metiendo presa. Sí, eso mismo, se recontracaga en la noticia. ¿Cuesta tanto darse cuenta de ello? Por supuesto que no. Pero cuidado, que al mejor tirador se le escapa la paloma. No le vaya a salir, señora Keiko, el tiro por la culata, y los idiotas que todavía creen que el fujimorismo es una “opción política” terminen dándose cuenta de que lo que es en realidad es un organismo infecto. Aunque lo dudamos. Y es que los peruanos somos, en materia política, miopes de nacimiento. No vemos más allá de nuestras narices. ¿O será, más bien, que preferimos no ver? Da lo mismo. Keiko presa o no presa, el resultado no cambia: la misma porquería.



