La madre de todos los vicios

Jorge Farid Gabino González

Una de las frases que sin lugar a dudas hemos de haber oído con más asiduidad durante nuestra infancia, e incluso también algún tiempo después de finalizada esta (aunque hoy, valgan verdades, haya caído más bien en desuso), es aquella que, como en el título de esta nota, afirma que “la ociosidad es la madre de todos los vicios”. Se la oímos a nuestra madre, a más de un maestro de escuela y a cuantas personas mayores se sentían, y a veces con justa razón, con el derecho de espetárnosla; convencidas, seguramente, de que solo recordándonosla a la menor ocasión que se les presentara, nos pondrían a buen recaudo de sucumbir ante sus tentaciones.

Así, se nos argumentaba, por ejemplo, que si éramos ociosos, esto es, desocupados, gentes que a los ojos de los demás, y también, por supuesto, a los de cualquiera que tuviese dos dedos de frente para advertirlo, no hacían absolutamente nada; carentes, las más de las veces, de obligaciones que cumplir; individuos, en definitiva, sin oficio ni beneficio; tarde o temprano acabaríamos convirtiéndonos en poco menos que delincuentes. De ahí que, movidos por el temor de acabar como se nos auguraba que terminaríamos, si no nos ocupábamos en hacer algo que cuando menos valiera la pena, hacíamos cuanto pudiera ser tomado por beneficioso para nosotros mismos, y también, y tanto mejor si ese era el caso, para la sociedad.    

Ignoramos si al final de cuentas tanta diligencia por evitar convertirnos en aquello que tanto temíamos haya servido en realidad para algo. Y lo cierto es que ya ni siquiera importa. Diríase, incluso, que casi da lo mismo. Como sea, viene a cuento la susodicha frasecita de marras habida cuenta de que hoy nuestra vida parece estar cada vez más supeditada al imperio de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, vuelve a tener vigencia aquello de que “la ociosidad es la madre de todos los vicios”; y sí, efectivamente, ¡vaya que lo es!, por lo menos de aquellos “vicios” resultantes del uso (pero, sobre todo, del abuso) de la llamada informatización. Aquí algunos de los más recurrentes:

Pérdida de la capacidad de memorización

Hasta antes de la llegada de los teléfonos inteligentes, para nadie era un secreto que, a menos que se contara con una libreta de notas donde se consignaran los nombres y números telefónicos de nuestros amigos, familiares y demás personas cuya referida información nos interesara tener a la mano, no nos quedaba más opción que memorizarla. Lo que hacíamos sin mayor dificultad. Movidos por la necesidad, quizá, de contar con dicha información, pero el caso es que lo hacíamos. Hoy, sin embargo, hemos llegado al punto de que en muchos casos ni siquiera somos capaces de recordar nuestros propios números telefónicos, y ni que se diga de las fechas importantes de nuestra vida, a menos que acudan en nuestro auxilio las nuevas tecnologías. Así de jodidos estamos.

Ultradependencia de lo que se diga de nosotros

Pues sí, es esta otra de las taras que son también el resultado del imperio de las nuevas tecnologías; particularmente, de las relacionadas con el uso de los entornos virtuales, de las redes sociales. Y es que nos hemos vuelto tan ultradependientes de lo que se “comente” de nosotros en estas plataformas, que cuando dichos comentarios nos son adversos o, lo que para el caso resulta incluso peor, cuando estos comentarios ni siquiera se ocupan de nosotros, esto es, cuando para los demás ni siquiera existimos, llegamos a caer en tales grados de depresión, que más nos valdría no haber nacido. Así de jodidos estamos.

Sedentarismo extremo

Pasamos tantas horas sentados a la computadora o utilizando el teléfono móvil, que sin ánimos de resultar exagerados, llegamos hasta a perder la noción del tiempo cuando nos encontramos haciendo uso de los antedichos aparatos. Lo que resulta particularmente nocivo cuando de quienes se trata es de niños, que de un tiempo a esta parte han comenzado a sufrir de casos de obesidad, relacionados a no dudarlo con la vida sedentaria a la que este tipo de herramientas tecnológicas los vienen empujando cada vez más.    

Vicios o no, las realidades que hasta aquí nos hemos ocupado de ventilar son en gran medida, hay que reconocerlo, el resultado de nuestra ociosidad por realizar actividades que hasta no hace mucho tiempo atrás, no teníamos ningún reparo en poder hacer. Que las nuevas tecnologías han llegado para hacernos más fácil la vida, está fuera de toda discusión. No deberíamos perder de vista, sin embargo, que la vida, para ser realmente vida, requiere de vez en cuando de cierta dosis de complejidad. Compliquémonosla un poco, aunque solo sea memorizando nuestro propio número telefónico. Nos podría sacar de más de un apuro. Que así como en el cuento “Me alquilo para soñar” de García Márquez, algún día no muy lejano podríamos ganarnos la vida con un simple pero necesario: Me alquilo para memorizar.