LA LUNA ES EL ESPEJO DEL TIEMPO 

Por: Arlindo Luciano Guillermo

También se siente nostalgia por la poesía. Mientras esté vivo Joaquín Sabina, la poesía estará tan lozana como la rosa de Neruda. El viejo, borracho, irreverente e irascible Charles Bukowski, en el poema “A la puta que me robó los poemas”, escribe: “La próxima vez quítame el brazo izquierdo o uno de cincuenta / pero no los poemas: / no soy Shakespeare / y llegará el momento / en que no habrá más, ni abstractos ni de ningún tipo; / siempre habrá dinero y putas y borrachos / hasta el fin de los tiempos, / pero como dijo Dios / mientras cruzaba las piernas, / he creado muchos poetas / pero poca / poesía”. Para ese “yo lírico”, la creación poética es un hecho artístico invalorable. El poeta no necesariamente produce poesía. Alguna vezle mostré a un amigo mío los siguientes versos: “Poesía, confesionario de los poetas / altar de la palabra / testículo de titanes”. Estalló en risa. Desde entonces dejé de escribir poesía, renuncié totalmente a ser un creador literario. Para poeta Cárdich y Jara. ¿Poeta yo? No dispongo de talento. Prefiero ser lector de poesía. Siempre dije que no servía para escribir poesía, que exige genio, lograr un verso que concentrehistoria, alegato, argumento, relato, palabra que dice más de lo que le permite el diccionario, imagen que vale más que las páginas del Quijote o El amor en los tiempos del cólera. Dice Pablo Neruda: “Juntos, Poesía, / fuimos / al combate, a la huelga, / al desfile, a los puertos, / a la mina, / y me reí cuando saliste / con la frente manchada de carbón / o coronada de aserrín fragante / de los aserraderos. / Ya no dormíamos en los caminos. / Nos esperaban grupos / de obreros con camisas / recién lavadas y banderas rojas” (“Oda a la poesía”). Jamás renunciaría a ser lector de poesía; a eso me dedico como un proletario, es mi oficio ad honorem

El sábado 8 de febrero caminamos con Diego Álvarez bajo la lluvia por las calles de Huánuco. Uno de los itinerarios fue la librería Santo Domingo. Ingresamos, recorrimos estantes y tableros. “Esos cuestan cinco soles”, me ofrecen. Diego hojeaba revistas antiguas. Mis ojos de viejo lector se clavaron como dardos en dos libros que reconocí ipso facto: Los titanes de la poesía popular (Editorial Ariel) y Poesías (Editorial Losada) de Garcilaso de la Vega. Los acaricié, sentí el olor de otros dueños; fueron los que me hicieron “gozar de la poesía”. Eran los lejanos años de mi juventud cuando creía que yo era capaz, junto a mis amigos, de transformar la sociedad. Eran poemas amorosos que exaltaban el corazón y avivaban los sentimientos. En el prólogo de Los titanes de la poesía popular, el editor escribe puntual: “La poesía es, al mismo tiempo, el más elemental y complejo de los géneros literarios. Ningún terreno es vedado para ella: entra y sale como en casa propia por la historia, la sociología, el folklore, la filosofía, la psicología…”. Leí entonces Nocturno (¡Pues bien, yo necesito decirte que te adoro, / decirte que te quiero con todo el corazón,”); El albatros de Charles Baudelaire (“Y el alado viajero toda gracia ha perdido, / y como antes hermoso, ahora es torpe y simiesco:”; Marcha triunfal, Lo fatal y Los motivos del lobo de Rubén Darío; La casada infiel, La monja gitana, Muerte de Antoñito el Camborio y Prendimiento de Antoñito el Camborio (“Tres golpes de sangre tuvo / y se murió de perfil. / Viva moneda que nunca / se volverá a repetir.”; Penas y alegrías de amor, La profecía y Toito te lo consiento de Rafael de León. Fue cuando entré en contacto más cercano con Neruda, Vallejo, Francisco de Quevedo, Gabriela Mistral, fray Luis de León, santa Teresa de Jesús. Cuando había algún despecho leía en voz alta: “Cómo me dan pena las abandonadas / que amaron creyendo también ser amadas, / y van por la vida llorando un cariño, / recordando un hombre y arrastrando un niño” (Julio Sesto). El poeta Garcilaso de la Vega precedió al Siglo de Oro de la literatura española; su contribución fue aclimatar a la lengua española los sonetos endecasílabos de Petrarca, escritos en italiano. Compuso églogas (relatos pastoriles), elegías, una epístola, canciones y 38sonetos, 532 versos en total. Leí con especial preferencia tres sonetos: V, X, XVII; estos concentran sentimiento amoroso. Los sonetos tienen un destinatario: Elisa, seudónimo de Isabel Freyre, dama portuguesa de quien se enamoró Garcilaso de la Vega. “Yo no nací sino para quereros; / mi alma os ha cortado a su medida; / por hábito del alma misma os quiero. / cuanto tengo confieso yo deberos; / por vos nací, por vos tengo la vida /, por vos he de morir y por vos muero”. 

Nostalgia siento cuando releo viejos libros de poesía. Tengo respeto sagrado a la palabra en el verso. La poesía fue mi sostén para sobrevivir en las adversidades; hizo que no cayera el avión que cruzaba el océano Atlántico. La poesía es dulce, agria, afectuosa, pan, aire, reflexión, elíxir, militancia, agua en el desierto. Escucho en mi memoria a Rimbaud: “Una noche senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga. — Y la injurié”. Poesía, categóricamente estética por encima del relato y la descripción. Si fuera poeta hubiera escrito los versos de Cárdich: “Lo imagino: un solista en una casa rústica / un poco apartada del mundo / para saber más del mundo, tocando, / como en un piano, / las teclas de la vieja máquina de escribir” (“Casa para escribir). Le hablaría a la poesía: “Todos nos abandonaron, incluso mi propia sombra, pero tú estás aquí, firme como una montaña tutelar, debajo del cañón. Será que no tienes pies para correr cuando se abren las puertas o perdiste la billetera porque ya no te importan las monedas de oro. Estás aquí conmigo, caminando por la sala como una fiera hambrienta. Nosotros somos el ciego y el cojo: tú sin mí duermes el sueño de los justos; yo sin ti soy como las hojas que arrastra el viento. Antes de cerrar los ojos, tú y yo, nos cogeremos de las manos, como dos hermanitos, para no perder la ruta de la ribera del río”. Nadie es inmortal ni detiene el tiempo; el poeta Jorge Manrique escribe: Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando”. Y se acabó la historia nuestra en la faz de la Tierra. “Juntos hemos llorado por un pariente, por mis sueños, por los amores esquivos, la existencia al borde de la cornisa. Ni el destino hizo tanto como tú por mí; yo te debo la vida. Me salvaste del fuego de la inquisición, de batallas inútiles por la justicia, de terminar en una fosa común, de vivir como un apátrida desarrapado, de vivir con un trozo de piedra en el corazón. Jamás me permitiste beber de tus labios, descubrir tus encantos que ocultan palabras y colores. Tú hiciste -pisé tierra firme, acepté mi realidad- que no me siguiera engañando a jugar a ser poeta. Me aseveraste que yo soy adjetivo, relato e historia”. Escrito en mi lápida quisiera cuatro versos de Francisco de Quevedo: “Lloraron sus envidias una a una / con las propias naciones las extrañas; / su tumba son de Flandes las campanas, / y su epitafio la sangrienta luna”. “Poesía, cuántos secretos míos conoces, pero yo aún no sé mucho de ti, solo sé que estás hecha de palabras”. Si no existieran lectores, la poesía sería cadáver, monumento al desprecio, caja de juguetes abandonada, carta sin destinatario.