LA LETRA HOY NO ENTRA CON SANGRE

Por Arlindo Luciano Guillermo

La décima A cocachos aprendí de Nicomedes Santacruz, que alegremente se recitaba de paporreta (a veces sin entender el trasfondo del tema) y aplaudía con entusiasmo en las fechas cívicas, advertía que el aprendizaje se lograba con castigo físico. Este método obsoleto era avalado por los padres de familia. Mi madre personalmente en una oportunidad autorizó a mi profesor de primaria que me corrigiera a latigazos si mi comportamiento era inadecuado o no cumplía con las tareas y lecturas; nadie discutía la decisión ni objetaba la palabra del docente, era ley y sentencia. Él tenía una correa gruesa de cuero con hebilla de Túpac Amaru y la uña del dedo pulgar derecho puntiaguda que penetraba, como cuchillo en la mantequilla, en el lóbulo del infractor. Fui travieso, juguetón, fastidioso, un bandido ingenuo, también estudioso y lector en ciernes. Había bullying, broncas célebres, jamás escuchamos a un psicólogo; nos castigaban primero, luego preguntaba por qué. Así era la pedagogía en la década del 70 del siglo pasado. La pedagogía moderna ha derogado socialmente ese modelo autoritario, pedagocentrismo, abusivo, “falsamente educador”. Nadie aprende con castigo, amenaza, extorsión emocional ni intimidación, sino con procedimientos democráticos, profesionales, afecto, persuasión y pedagogía. El castigo no educa, provoca resentimiento, rebeldía y curtimiento del carácter y actitud.     

A los versos octosílabos de Nicomedes Santacruz se sumaba la tradición “¡Al rincón! ¡Quita calzón! de Ricardo Palma. La picardía de un cleriguillo indulta del castigo físico a sus condiscípulos que habían descuidado el estudio. En 1796, en el seminario de Arequipa, regía la doctrina de la letra con sangre entra; en los colegios había un empleado o bedel que aplicaba hasta 12 azotes sobre las posaderas del estudiante desaplicado. El cuento Paco Yunque (César Vallejo), La ciudad y los perros (MVLl), Los ríos profundos (JMA), El viejo saurio se retira (Miguel Gutiérrez), Los inocentes (Oswaldo Reinoso) y El gran desafío (Andrés Cloud) tienen en común la violencia física, la agresión y la humillación entre pares, de profesor a estudiante y viceversa. El bullying no es novedad en la escuela; no se justifica, no hay razón para practicarlo ni permitirlo. El niño Paco Yunque tiene que aguantar los abusos de Humberto Grieve, el hijo del patrón. El Jaguar (de quien no se sabe su identidad civil) se defiende como una fiera del maltrato de otros cadetes, mientras que el Esclavo es objeto de brutales abusos y vejaciones. Todos tenemos experiencias de maltrato físico y humillaciones en la escuela, en la universidad, en el trabajo, en la familia que han dejado secuela en la autoestima, las emociones y la personalidad. 

Es necesario leer y actuar según la ley 30403 y su reglamento (DS N°. 003-2018-MIMP) que prohíbe el uso del castigo físico y humillante contra niños y adolescentes en la escuela, el entorno familiar y escenarios sociales. Se entiende por “castigo físico” al uso de la fuerza, en ejercicio de las potestades de crianza o educación, con la intención de causar algún grado de dolor o incomodidad corporal, con el fin de corregir, controlar o cambiar el comportamiento de niños y adolescentes, siempre que no constituya un hecho punible. El “castigo humillante” es cualquier trato ofensivo, denigrante, desvalorizador, estigmatizante o ridiculizador. Según esta ley nadie debe ser castigado ni humillado; sin embargo, la realidad diaria es reveladora y cruel. Se sabe de casos de castigos a estudiantes: “hacer ranas”, “planchas”, correr como un demente el patio, exponerlos a la hilaridad, poner apodos y desacreditar con adjetivos. El artículo 10 del reglamento dice: “En la escuela el castigo físico y humillante es incompatible con la educación, el respeto a la dignidad humana de niños y adolescente y los límites estrictos de la disciplina escolar”.     

Hoy todo acto de indisciplina, desmotivación para el aprendizaje o conducta inadecuada se resuelve con protocolo, norma técnica del Minedu, respeto a la integridad moral, derechos civiles y leyes que protegen a niños y adolescentes; es decir, como decía una gerenta pública de Servir, “dentro del marco legal”. Algo que se haga fuera de él tiene consecuencias legales. Los tiempos de “la letra con sangre entra” es un ominoso antecedente de la educación escolar. Actualmente se enseña con otra perspectiva y estilo donde prima la paciencia, la estrategia y el estudiante como eje del quehacer educativo, con mediación, negociación y arbitraje si fuera necesario. Enseñar a estudiantes con alta tecnología, monitoreo técnico-pedagógico, protegidos por la ley y posición fiscalizadora de los padres de familia es un desafío profesional y gran responsabilidad; en la escuela se educan ciudadanos, no sabios ni cerebros enciclopédicos. El maltrato es vía equivocada.    

La decisión de los estudiantes no anula ni margina las decisiones de los padres ni de los docentes. Saber escuchar, tolerar y resolver conflictos son habilidades blandas que urgen aprender y practicar. Sin normas ni habilidades viviríamos en la jungla donde “triunfa” el más fuerte, el villano o el más pendejo. Una educación realmente por competencias bloquea la pendejocracia. Las universidades piden conocimiento en el examen de admisión; hay que adaptarse a esas exigencias y reglas de juego, no queda otra ruta. Un ensayo académico con redacción coherente y funcional, lenguaje pulcro y sujeto a las normas de la sintaxis, la cohesión lógica y exposición fluida y elocuente que escrute competencias y contextualización de expectativas no es negocio ni atracción; están totalmente proscritas del filtro universitario. Quien no tenga paciencia ni valoración social de la docencia ni vocación verdadera de servicio ni sabe qué se hace en una escuela frente a estudiantes no debe asumir la tarea responsable de educar ciudadanos. No es lo mismo enseñar (como muchos lo hacen) que educar (como pocos lo hacen). ¿Cómo nos recordarán los estudiantes cuando estén en la universidad, en la vida cotidiana o ejerciendo una carrera profesional? Cuando vemos violencia entre escolares, de docente entre estudiantes y viceversa me pregunto: en qué hemos fallado. ¿Les hemos enseñado a vivir con normas colectivamente aceptadas, a tener tolerancia ante la frustración, a actuar correctamente, a vivir en la pluralidad y la diferencia, a utilizar el conocimiento para resolver problemas de distinto calibre? Se enseña, sin duda, para la vida, El ingreso a la universidad solo es un tramo y una meta; cómo les irá cuando estudiantes universitarios. En la escuela a diario resolvemos problemas académicos, de conducta y relaciones interpersonales de estudiantes. Siempre los inducimos hacia la reflexión, la toma decisiones, acciones reparadoras y convivencia democrática. Los estudiantes de hoy no son los de ayer; por tanto, el docente tiene que ser idóneo y renovador. Ellos tienen tecnología y manejan redes sociales con asombrosa experticia.